Robert Larsen llegó a la zona chaqueña de Santa Cruz en 1968, donde inició una familia. Hoy, se preocupa de repoblar la zona con piyos, cría búfalos y alberga a animales silvestres. Su hijo Duston continúa su obra.
Texto: Miguel Vargas Saldías • Fotos: Pedro Laguna
Parece sacado de un western. Sus 1,94 metros de altura y los 27 años de vida están ataviados para montar. A pesar de una prometedora carrera de modelo luego de ser Mister Bolivia en 2004 y de participar en el filme ¿Quién mató a la llamita blanca?, Duston Larsen prefiere la vida del campo. De padres estadounidenses, en cuanto el atlético joven trepa a su camioneta, los parlantes sueltan música country. Todo un cowboy boliviano.
Caraparicito es la hacienda a la que Robert Larsen —padre de Duston— llegó en 1968 para emprender una aventura a 280 kilómetros de Santa Cruz. El clima del Chaco envuelve de verdor y ofrece un lugar propicio para la reserva de vida silvestre controlada en la serranía del Incahuasi.
La ganadería y el cultivo de la pipoca son las principales actividades. A éstas se les suma una iniciativa más reciente: abrirse al turismo con el proyecto Haciendas del Chaco, que la vincula a otras cinco casas campestres en que se respira la vida rural.
A 22 kilómetros de Lagunillas y 57 de Camiri, los cactus caraparí, que son los que le dan el nombre a la zona, marcan el ingreso. El guía de la travesía es Duston, quien ni bien llega es recibido por sus monos, Harley y Tuto. Desde el ingreso, la hacienda muestra el esplendor de antaño que se recupera gracias a las nuevas infraestructuras para los turistas.
La primera visita es al corral, donde urinas, piyos, gallinas, conejos y patos reciben a los turistas. Tucanes y parabas pasean por los árboles, mientras una de las urinas empieza a llorar. ´Tiene hambre´, comenta Duston con su marcado acento norteamericano. Acto seguido, el hombre se acerca a un waso y lo alimenta con una mamadera con leche y maicena hervida.
En esta zona poblada de águilas, zorros, pumas, tigres, ocelotes y gatos de monte, la reinserción de los piyos en su hábitat natural es uno de los principales compromisos. Estas aves que corren a velocidades entre los 50 y 60 kilómetros por hora, fueron prácticamente aniquiladas durante la Guerra del Chaco, por lo que repoblar la región es una tarea de Caraparicito. ´Los piyos no tienen problemas para volver al monte porque no tienen buena memoria. Se pueden acostumbrar a la libertad´, expresa Duston mientras las alimenta con un balanceado de pescado.
Han terminado los lamentos. Muy bien alimentados, Beep y Emma —las urinas—, se acercan a los visitantes en busca de caricias.
El temido Octavio Padilla
Una orquesta de sonidos animales anoticia del amanecer. La lluvia difumina el paisaje antes de una breve caminata de cinco minutos. Desde el mirador se ve la hacienda chaqueña en todo su esplendor. El verdor se pierde en el horizonte y se ofrece un paisaje relajante. Eso hasta que empieza a escucharse a lo lejos el relinchar de caballos y los motores de tractores que muestran la intensa actividad de la zona.
Descendiendo del mirador, aparecen dos trabajadores de Caraparicito. Ramón Romero Padilla tiene 53 años y vive en Moreviti, mientras Óscar Robles Padilla (51), nacido en Caraparicito, cuenta las historias de la zona. ´Esta hacienda antes era del doctor Octavio Padilla, que tenía 32 haciendas. Era abogado y cuñado de Juana Azurduy de Padilla. Mi abuelo me contaba que él tenía mucha plata, pero eso era porque tenía un pacto con el diablo´. La leyenda cuenta que cuando murió lo enterraron dentro de su capilla, donde ingresó un remolino y se llevó el cuerpo, dejando en su lugar un ataúd lleno de plata. También cuentan que durante las fiestas, el hombre lanzaba monedas al aire para regocijo de los trabajadores.
La lápida de Padilla es de piedra tallada y está en la oficina Larsen. ´Era el que más tierras tenía y las mantenía porque era un hombre bueno que las visitaba sólo una vez al año´, reflexiona Robert.
Las leyendas también hablaban de brujería y cuando llegaron los Larsen se rumoreó que la practicaban, todo esto porque trajeron una semilla de pasto que permite que ese verde adorne el paisaje hasta el día de hoy.
Robert Larsen llegó en 1968 acompañado de un amigo suyo, ex Cuerpo de Paz, que había sido su colega en la Universidad de Montana, Estados Unidos. Atendiendo a una invitación del Gobierno de Bolivia a inversores extranjeros, Larsen llegó en un coche en tres meses de viaje hasta Santa Cruz. Para arribar a Caraparicito tardó más de tres días.
Larsen encontró un lugar abandonado, donde se necesitaba mucho trabajo. Pero antes que nada, se reunió con la gente de la región y empezó a construir casas para los trabajadores. Para 1971, ya contaba con cocina y chimenea dentro de la casa, para preservar la tradición guaraní de reunirse en torno al fuego para compartir historias.
´Los vecinos me criticaban y me decían por qué invierto tanto en ellos. Yo quiero que la gente viva sana. Aquí no hay mal de Chagas, todos saben trabajar y tenemos una pulpería donde se puede comprar los productos a precios muy bajos´, dice Larsen.
Una opción para el turista
Caraparicito siempre fue un lugar atractivo. Cuando Robert era soltero, invitaba a sus amigos. Entre ellos apareció una joven estadounidense que trabajaba en el Cuerpo de Paz en Paraguay. Fue en 1975 que conoció Debora Metendren. Para 1979 había nacido Duston, quien hoy guía a los visitantes por las atracciones de la zona.
A la sombra del cupesí se inicia el viaje en coche. A unos kilómetros de camino, Duston detiene la camioneta en la Angostura, donde se hallan paredes de roca rodeadas de plantas aéreas que trepan hasta 20 metros de altura. Siguiendo el camino se llega a una senda que permite coronar en media hora un monte desde donde se domina la serranía de Incahuasi.
De retorno a la hacienda, es menester presenciar las tareas cotidianas, como la marca del ganado. Los animales jóvenes son soltados dentro del corral mientras los vaqueros usan diestramente la soga e inmovilizan a un ejemplar por las patas. Duston calienta el hierro en la brasa y marca cerca del cuello de la res el número 69, año en que se compró Caraparicito. Luego se imprime en el cuero el número de ejemplar. Para evitar las infecciones, se aplica yodo líquido.
Cerca de allí está la iglesia bautista Estrella de Belén, una construcción levantada en 1991 en memoria de Travis Larsen, el menor de los hijos de Robert, quien murió en un accidente de tren. Allí se ve a Travis peseando con Jesús.
Caraparicito no sólo ofrece atractivos naturales y actividades de la vida rural, cuenta también con gimnasio, sala de juegos, comedor, sala de reuniones, biblioteca, sauna e hidromasaje. Se tendrá en breve la capacidad para albergar a 30 personas. Robert Larsen, con 62 años, está orgulloso de trabajar en Bolivia y de que su hijo viva en el campo. ´Bolivia es un paraíso para trabajar´. Así parece demostrarlo la manada de búfalos que a paso cansino se sumerge en una laguna para refrescarse.
Llega la noche y, en una fogata, los visitantes comparten la experiencia al son de una guitarra. Duston toma entonces el instrumento y se pone a tocar. Es todo un cowboy boliviano, pero no sabe cantar. Informes: 3-9524155 y e-mail: haciendasdelchaco.cidis.ws