El jocheo de toros, la pelea de gallos y la carrera de caballos son algunas de las costumbres que estos benianos buscan reforzar cada 2 de febrero. Un visitante retrata las vivencias del festejo.
Texto: Javier Badani • Fotos: David Guzmán
Un par de caballos pasta en la pista de aterrizaje de Rurrenabaque. ¡Click! La cámara captura la pasividad de los equinos que en instantes más competirán por el honor de los porteños. Es 1 de febrero del 2007. El municipio beniano está a un día de celebrar su 163 aniversario. Y como todos los años, sus habitantes han preparado un programa de festejos que busca recuperar las tradiciones orientales. Una de ellas es la carrera de caballos que, como otras actividades, pondrá al frente a los rivales históricos de Rurrenabaque, los vecinos de Reyes.
Los 37 grados centígrados no parecen opacar la curiosidad del recién llegado. La pista del aeropuerto se transformó en un improvisado hipódromo. Una gruesa cadena de oro destaca entre la multitud de apostadores y curiosos que han poblado el campo. La joya pertenece al reyesano Feisar Salas Escalante (27 años), quien apuesta 1.000 bolivianos a su mejor cuadrero, el Choco.
Los dos jinetes —de Rurrenabaque y de Reyes— golpean con violencia el muslo de los caballos. Los animales disparan enardecidos y entre la multitud se desata la euforia. “¡Van 50 pesos al Amarillo! ¡Yo pago!” “¡Dále!” “¡Vamos, Choco, no seás panada, oí!” La cabeza del equino local sobrepasa la meta. “¡Tablas!” (empate), aseguran los de Reyes. “Nada, ganó el Amarillo con el coto (cuello)”, garantizan los demás. Al final, la discusión se salda con un grito desde las oficinas del aeropuerto: “¡Levantarse cambas, ya viene el avión!”. Por ahora, Feisar salvó su dinero.
La “gringa” sembradora
Alfredo Tudela es amigable. Mientras espera el inicio de la entrada folklórica en honor de la Virgen de la Candelaria, el anciano de 77 años aprovecha la oportunidad para dar a conocer su mayor secreto. “Aquí tenemos la cura para el glaucoma”, asegura entre susurros. Curioso, el visitante anota la receta en su guía turística: “Se machaca el retoño del árbol del Penoco con una piedra porosa, se extrae tres gotas y se las introduce rápido en el ojo afectado”. De pronto, el canto de flautas hechas con hueso de ala de pato acalla a Tudela. La danza de Las Macheteras irrumpe en la plaza. La entrada comenzó.
El entusiasmo de tsimanes, mosetenes, tacanas y esse ejjas prende a los espectadores. Ataviados con coloridas vestimentas elaboradas con plumas y palmas, y adornados con dientes de caimán, cocodrilo y semillas de plantas amazónicas, los danzarines muestran la tradición de la zona.
La mirada del visitante se clava en unos cabellos rubios que sobresalen en la danza El Sembrador. Es la antropóloga Gunilla Sommes. Nacida hace 29 años en Dinamarca, “la gringuita” —como la llaman— llegó como voluntaria de una ONG a la comunidad San Miguel del Bala. Bastó un año para que Sommes se encandilara con el baile en que se resume su labor agrícola. Así, mientras el varón simula abrir un hueco en la tierra con una varilla, Sommes lanza maíz y arroz desde una tutuma.
¡Chas! El rumor de los platillos de la banda Espectacular Illimani Orgullo de La Paz sorprende al visitante. Los habitantes del occidente del país —la gran mayoría comerciantes— cierran la entrada de Rurrenabaque bailando morenada. Los aplausos escasean. ¿Será por los tiempos que corren?
Avioneta, el “mala traza”
Madrugada del 2 de febrero. Los ritmos orientales y mexicanos se fusionan en el sueño del visitante. No es para menos. Desde su llegada —y sin pausa— al menos una decena de grupos musicales han competido en la plaza por atraer a la mayor cantidad de clientes a los improvisados bares construidos con hule de todo color.
El programa oficial anuncia que es hora de visitar a Capullo, miembro del Club de Galleros de Rurrenabaque Generación 2006. A sus 55 años, Capullo —Luis Durán Díaz— está emocionado. “Se está perdiendo la tradición de las peleas de gallos. Por eso esperamos con ansias el día de la fiesta de Rurre, cuando se manda invitación a galleros de varias poblaciones de Beni y La Paz”, aclara.
La alegría de Capullo confunde. Recién perdió 27 gallos por la peste del moquillo. Sólo le quedan cuatro. Entre ellos está Avioneta, el “mala traza”. Sus menos de dos kilos de peso y su desgarbada figura no atraen a los apostadores. Su rival, un esbelto gallo sevillano de 2,5 kilos, representa a Reyes, ubicada a 40 minutos de Rurrenabaque. Cada año, en las fiestas patronales de ambas poblaciones benianas se desata una competencia no oficial entre sus habitantes. Fútbol, jocheo de toros, carrera de caballos, concursos de belleza... Todo es excusa para demostrar la valía de su terruño. “Varias peleas de gallo han terminado en balaceras”, recuerda Capullo, antes de soltar en el ruedo a Avioneta.
“¡Brinque, m\'hijo!” “¡Mate, carajo!”, se escucha desde las graderías donde las apuestas suman miles de bolivianos. Un minuto después, Avioneta ensarta sus afilados puñones de metal, amarrados a sus patas, en el cuello de su adversario. La competencia terminó. Capullo recibe los 2.000 bolivianos del rival.
La hora de los valientes
Rafael Rodríguez Roca se presenta: “Me dicen el gallito, porque hembras no me faltan. Tengo cinco mujeres y dos maricas de yapa, por si acaso”, dice sonriente, mientras ofrece al turista un sorbo de whisky de su sobaquera.
A los 63 años, este reyesano no se pierde jocheo alguno. Hoy, el espectáculo será en la Base Naval Ballivián de Rurrenabaque. “Aquí, durante la fiesta nomás se hacen a los bravos. No hay ganadería en este pueblo. En Reyes, cada mes hay jocheo de toros. Somos verdaderos vaqueros, oiga”. En ese momento llegan los camiones de la Alcaldía de Rurrenabaque con los toros prestados por hacendados de Reyes. Participarán 10 bestias.
Las graderías son de madera y debajo de ellas esperan los “valientes con trago”; jóvenes y adultos que, entonados por el alcohol, esperan enfrentar a los bravos toros.
Se abre la cerca de madera y un cebú de media tonelada ingresa al campo. En su cuello cuelga una pañoleta roja con 100 bolivianos, el premio para quien se anime a montarlo. La meta es cansar al toro para, al final, poder montarse en su lomo. Los “valientes” le tuercen la cola, le patean los genitales, le escupen... Todo vale a la hora de enfurecer al animal. Los más borrachos sufren las consecuencias.
Las bandas animan la fiesta por 100 bolivianos la hora. Entre los músicos se arma un combate por hacer bailar a la mayor cantidad de personas. Los pies del visitante adquieren el ritmo oriental, pero su atención se centra en el ruedo.
Una esposa furiosa ingresó al ruedo. De la oreja, la mujer arrastra a uno de los “valientes”, su esposo, fuera del campo. Risas y burlas inundan el lugar. Este hecho pone fin al programa del día. Para el visitante llegó la hora de degustar un surubí asado y el refresco de tamarindo en la ruidosa plaza y al ritmo de “Trinidad, Trinidad, Trinidad...”.