Chorolque, a 6.000 metros de altura en Potosí, es un campamento en el que las mujeres ingresan a las entrañas del cerro para extraer el estaño. Dos de ellas comparten su historia.
El diminuto cuerpo de Carmen Calla Llanos, con no más de 1,60 metros de estatura, trata de sostener con sus 58 años el taladro que ingresa a las entrañas del cerro Chorolque, para robarle un trozo de metal. En cuanto la máquina empieza a funcionar, el cuerpo de Carmen tiembla, mientras el polvo llena el paraje y el olor a diesel requemado se esparce por las otras galerías del cerro más rico en estaño, en el sudeste potosino.
Metros más allá, otros mineros, hombres y mujeres, se aprestan a tomar un descanso en un espacio readecuado para el pijcheo (mascar la coca). Allí conversan sobre la empresa y la familia. Ese momento es aprovechado por Carmen, quien deja la máquina luego de dos horas de taladrar y se encamina por el oscuro socavón, al encuentro de sus compañeros.
A la luz de las seis lámparas colocadas en los guardatojos (cascos) de los mineros, las facciones de Carmen se hacen más visibles. Alrededor de los diminutos ojos y los labios delgados surcan las arrugas, mas ningún cabello plata se desliza por sus negras trenzas.
Al verla ingresar al ambiente de dos por dos metros, los mineros la miran con respeto y le hacen un espacio. Ella saca una bolsa de coca y, amontonando sus hojas, la desliza hasta su boca para luego desenvolver el ovillo de su vida.
Desde su infancia, las minas fueron su hogar. Su padre atendía el comedor de la Empresa Minera Sala Sala, pero cuando murió, su madre la llevó a conocer sus ancestros, en la comunidad de Río Blanco. De ahí salió casada con Tomás Huayta Flores, rumbo al campamento minero de Tasna. Años después de la relocalización, en 1991, se fueron a Chorolque.
Desde hace más de 10 años que viste de negro. Al quedar viuda y con cuatro hijos, fue contratada por la Cooperativa Minera Chorolque para recuperar el mineral de los desmontes, y desde hace tres años que recorre socavones y sube y baja los niveles para extraer estaño. “Mi jornada empieza a las 5.00. Limpio la casa, cocino, y a modo de desayuno comparto con mis dos hijos el almuerzo. Llego al trabajo a las 8.00 y no salgo hasta las 17.30 ó 18.00. La coca nos mantiene dentro de la mina, porque está prohibido comer y peor tomar bebidas alcohólicas”.
En las casi 10 horas que pasa en las entrañas del cerro, Carmen trabaja pendiente de su prole, aunque dos de sus hijas se casaron y, al igual que ella, quedaron viudas y buscan mineral. Pero aún debe velar por dos de sus retoños.
Pascuala, la dirigente
El ruido de la perforadora queda atrás. Dos mineros experimentados, Óscar Vega y Willy Choque, guían por escaleras que suben y bajan para llegar hasta las mujeres que trabajan codo a codo con los varones. “Chorolque es la cooperativa pionera que dio la oportunidad a las mujeres para que trabajen dentro de la mina. Evitamos la discriminación y acabamos con el mito de que el mineral se acaba cuando una mujer ingresa hasta las galerías”, afirma Vega.
Cada nivel tiene un supervisor que se encarga de que todos trabajen con su equipo completo para evitar accidentes. También vigilan que nadie consuma alcohol ni ingrese ebrio al socavón.
Después de haber subido las escaleras, se descienden tres niveles. Unos 100 metros y allí está Pascuala Batallanos Rodríguez. Concentrada en su trabajo, busca sola el mineral en las galerías explotadas por otros mineros. Con un combo hace saltar en mil pedazos la piedra y rescata el estaño para depositarlo en una bolsa.
Sube y baja por entre las montañas de rocas de la galería. Cada bocanada de aire que exhala la minera se convierte en vapor. Al estrechar sus delgadas y callosas manos, se tiene la sensación de haber cogido un pedazo de metal.
Luego de casi nueve horas de jornada, Pascuala se detiene para contar su historia y la de las otras 48 mujeres que se entierran a diario en el cerro. La mayoría son viudas y ocupan el puesto de sus esposos que fallecieron con el “mal de mina” (tuberculosis, desnutrición o en accidente). Otras fueron abandonadas por sus compañeros, cuando vieron que el trabajo era muy sacrificado.
“Mi vida es triste, como la de todos los mineros. Mi marido, Isidro Rivera, trabajó en la Comibol 14 años, pero luego de la relocalización me abandonó con mis tres hijos y con otrita que estaba por venir. Por eso maldigo al 21060. Dicen que él murió en Tasna, porque bebía mucho. ¿Sabe?, la botella jode a los mineros, muchos mueren ahogados en el alcohol. Pocos son los que lo apartan de su vida, pero esos pocos mueren en accidentes o en el hospital”.
Pascuala es dirigente y voz de las mujeres que trabajan dentro de la mina. Ella, al igual que sus compañeras, hace el mismo trabajo que los varones. Fue ayudante de perforista, pero su edad (59) la obligó a buscar el mineral de otra forma. Sin embargo, otras bajan y suben escaleras o se deslizan por cuerdas entre niveles. “Somos más cuidadosas, porque afuera están nuestros hijos”, opina ella.
Su trabajo sindical le permitió aprender a leer. “Mi madre no quiso, pero me doy cuenta de que el estudio es un orgullo y superación, ahora en mi vejez estoy alfabetizándome y ya aprendí a firmar”.
Huérfana de padre, nació en Vichacla (comunidad de la provincia potosina Sud Chichas), donde vivió hasta sus 12 años. De ahí salió, se casó y nunca más dejó los centros mineros. Al abandonarla su esposo, sobrevivió vendiendo comida y refrescos en Atocha, población civil cercana a Chorolque. De ahí saltó al campamento.
Entre anécdotas, recuerdos y lágrimas, Pascuala habla de sus hijos, quienes se fueron en busca de otros horizontes para sentir que están “enterrados en vida”.
Media hora para salir. La mujer alista sus cosas en el aguayo donde guarda su ropa de trabajo. Se saca un momento el guardatojo y acomoda las trenzas, sacude su pollera y empieza la caminata.
El cielo azul y la brisa de la tarde reciben a los trabajadores. A plena luz, las facciones de Pascuala son más notorias. Lejos del socavón, aparenta más edad. Ahora se ve a una mujer, igual a las muchas que caminan por el campamento. La diferencia es que ella, luego de sufrir la mina, debe ir a casa, ordenarla y hacer la cena.