Jóvenes de El Alto y La Paz toman lugares públicos por las noches para emprender duras batallas de danza donde triunfa el más hábil.
Texto: Patricia Cruzado • Fotos: Eric Bauer
Desafían a la gravedad. El peso de sus cuerpos se desvanece para transformarse en un cable vivo de corriente eléctrica. Sus extremidades ganan flexibilidad, brincan y se enmarañan en el aire. El zumbido de los parlantes vibra en cada resquicio de paredes y suelo al tiempo que las letras de Abel animan a sus compañeros a aumentar la intensidad de sus movimientos.
Un conjunto desordenado de jóvenes de ropas holgadas observa atento las destrezas de Gacela sobre el pavimento liso y helado. Se preparan para intervenir. Matamba, Moscú, Vaca, Chagui y Bubaa son algunos de los apodos de los componentes del grupo de breakdance Movimiento Urbano, de la ciudad de El Alto. Al caer la noche, estos chicos se reúnen para practicar el airetrack, el reloj o el body pooping, e inventar nuevas piruetas.
El escenario: el porche lateral de la parroquia San Lucas, respaldado por una escalera que se parte en dos y se encamina a una sala de paredes desnudas y modesto mobiliario. Desde el camino sin asfaltar se divisa una nívea iglesia de la que sobresale una torre rematada en punta. El joven párroco Enrique permite al grupo ensayar por las noches y fines de semana en este púlpito de acrobacias con la condición de que participen en algunas actividades de la iglesia.
Tras la puesta de sol, el frío agudiza los sentidos. Sin embargo, los movimientos gimnásticos del breakdance abrigan el cuerpo, enrojeciendo las mejillas de los jóvenes. Varias chicas, como Georgina, han decidido unirse al grupo que, a pesar de su reciente reencarnación (antes era un conjunto de capoeira), ya cuenta con 30 miembros.
“Llevo el breakdance en la sangre”, cuenta Gina tratando de desviar la mirada y esconderla bajo la gorra que cubre su cabellera.
Un semillero de amigos
“Para mí, el breakdance es una forma de escapar de la monotonía, de sentirme diferente, especial”. José, más conocido como Vaca, relata así lo que siente cuando se encuentra con sus compañeros de baile, quienes se han convertido en su gran apoyo. En torno a su cabeza ata un grueso pañuelo que se esconde bajo la capucha de una sudadera ancha, ocultando la parte superior de los jeans holgados. “Muchas veces la gente nos mira mal por cómo vestimos. Las bandas callejeras violentas emplean también esta indumentaria, pero nosotros no tenemos nada que ver con ellos. Además, yo me siento muy cómodo vistiendo así, ancho”.
Para sus 19 años, haberse involucrado con Movimiento Urbano y desarrollar su afición por el breakdance le permitió desvincularse de su pasado. “Ya terminé el colegio. Ahora trabajo en una microempresa, es un taller de zapatos. Antes me la pasaba en la calle con mis amigos, caminaba mal. Entre nosotros nos apoyamos, nos contamos nuestros problemas. Para mí, esto supone una nueva vida”.
Junto a una columna, bajo la luz fluorescente del porche que hace las veces de escenario y sala de reuniones improvisada, Abel y Eber entonan un estribillo entrecortado por el ritmo innato del breakdance. Se mezclan quechua, aymara y español en sus letras, que reivindican los derechos de “el pueblo, Bolivia” y denuncian aquello que les preocupa. Eber es delgado, de ojos redondeados con cierto rasgo achinado. Al hablar no se termina de desprender del ritmo parpadeante que su mente le marca cuando canta. “Yo estudio idiomas nativos en la universidad. Me gustaría que nuestras lenguas pudieran incorporarse al breakdance boliviano de manera que recogiese una parte de nuestra identidad. Este baile se va desarrollando de forma diferente en cada uno de nosotros, porque se nutre de la creatividad”, explica el veinteañero mientras esculpe figuras en el aire con la expresividad nerviosa de sus manos.
La guerra de bailarines
Se inicia la batalla. El resquicio de un ojo almendrado dedica una mirada retadora al contrincante. Se balancean sobre sus pies, lo que puede interpretarse como un ejercicio de calentamiento o una señal de nerviosismo y, por tanto, de debilidad. Sin aviso, el ritmo de la música electrónica se enzarza con la vibración de unas cuerdas de guitarra, al tiempo que un bajo escolta al resto de las notas subordinadas al grave sonido.
A cada equipo lo precede un líder. Una vez que se inicie la batalla, se conformará una lucha de uno contra uno que cesará cuando quede clara la superioridad de uno de los grupos. El que demuestre mayor habilidad se ganará el respeto del otro. “Es una competición sana, en la que todos somos amigos y nos damos la mano una vez terminada. No tiene nada que ver con las luchas callejeras del breakdance en los años 70, en Estados Unidos”, explica Yunyaro Santalla (21 años), estudiante de Publicidad y miembro de Kolla Supa Crew, una formación de la zona Sur de La Paz.
El origen del breakdance data de 1969. James Brown, “el padrino del soul”, es considerado el forjador de este estilo que nació con el tema Get on the good foot, con el que el cantante estadounidense creó una nueva forma de mover el esqueleto. En los años 70, esta danza fue reproducida por multitud de jóvenes residentes en las zonas marginadas de las grandes ciudades, y en 1983 se popularizó con el filme Flash dance, sobre todo en Europa y Estados Unidos.
El barrio neoyorquino del Bronx fue el primero en sustituir las violentas luchas callejeras que se gestaban entre las bandas con el fin de ganarse el respeto y, sobre todo, ampliar su territorio, por las batallas de “breakeros”.
La nueva Flava es el programa que desde hace cinco años presenta Sdenka Suxo. Desde éste trata de difundir la cultura hip hop en la que se enmarca el breakdance. Cada domingo, desde las 14.00, Suxo se pone los auriculares y se sienta frente al micrófono del estudio de la emisora de radio Constelación.
El éter permite que el mensaje de la joven rapera llegue a cientos de personas en La Paz. “La idea es transmitir la verdadera expresión del breakdance. Tratamos de desmitificar ese estereotipo que vincula este movimiento con las bandas, las drogas o el alcohol, y dar a conocer cómo de positivo puede ser para los chicos y chicas que se aficionan a esta danza”.
Y es que, practicar breakdance, no sólo constituye una forma de ejercitar la forma física, sino que además promueve la creación de espacios de socialización al margen de las calles, lo que constituye una alternativa para los jóvenes de encontrar una forma de identificación con su cultura.
“Puedes hacer todo sin nada”, explica Sdenka. Por otra parte, “el breakdance reduce la brecha comunicativa que muchas veces existe entre los jóvenes de El Alto, La Paz, la zona Sur, etc., porque los une una misma cosa: el baile. No necesitas nada más que tu cuerpo, el piso y tu motivación para practicarlo”. La chica de sonrisa generosa ha creado junto con otros amigos aficionados al hip hop una organización llamada Komunidad Raperista Urbana (O-KRU) donde se imparten talleres de breakdance y graffiti, entre otros, e inculcan una sana filosofía de vida.
El compromiso social
A través del programa de Sdenka se nutren los festivales bolivianos de breakdance. El más relevante hasta ahora se llama Masacre, de los que se han celebrado dos convocatorias y se prepara la edición 2007. Rodolfo Alarcón es uno de los organizadores. Su objetivo es lograr que el breakdance boliviano se tome más en serio, crezca el número de aficionados y desarrolle una creciente presencia a nivel mundial a través de su participación en festivales internacionales.
“La esencia de esta expresión es el pensar urbano”. Así lo define Yunyaro, que hoy ensaya en el Castillo de la Avenida del Poeta con Sergio, Rodolfo y Jaime, este último integrante del grupo Estampida. “Es una vanguardia, pero necesita de recursos económicos para sobrevivir”. Tras seis años practicando breakdance, Yunyaro es uno de los bailarines más experimentados de la ciudad.
Sin escuela, sin barreras en la fusión de estilos y con muchos años de dedicación se puede alcanzar un verdadero desparpajo en la pista, donde las influencias de la capoeira, el soul, el funky, el electrofunk o el jazz han marcado la evolución de esta manifestación artística. Se puede hablar de numerosos estilos de pasos como el body popping, locking o electric boggie. Según todos los breakeros, el estilo propio es lo más difícil de conseguir, y debe crearlo uno mismo mediante el autoaprendizaje.
“Amor, ritmo y poesía” son, según sus seguidores, los componentes del breakdance, que lentamente, pero con buen rumbo, se va popularizando en Bolivia y cautiva a los jóvenes que encuentran en esta danza la mejor forma de comunicarse con el mundo.