Seguramente que el 99 por ciento de la población mundial come ajo y existen personas y hasta naciones enteras que huelen a ajo. Yo estoy entre el extraño 1 por ciento que deplora el ajo, que sólo lo puedo pasar muy bien guisado, sin verlo ni sentirlo; así y todo quedo enfermo por unas horas o intento de matarlo con vino. Pero que me guste o no me guste el ajo a mí, no es el problema. Además, el olor del ajo es inmortal.
La cuestión es otra y se trata de las propiedades medicinales que se le atribuyen a ese condimento endiablado. Propiedades que vienen de antaño y que una publicación procedente de Madrid —aparecida hace poco en un matutino paceño— echa por los suelos. Se trata de un estudio científico de la universidad de Stanford (EEUU) que publicó la revista Archives of Internal Medicine, donde se desmiente que el ajo crudo o las pastillitas de ajo bajen significativamente el colesterol, ni los triglicéridos, ni que sea antiséptico, ni antioxidante, fungicida, o que prevenga tumores.
Así que para quienes se han pasado años masticando ajos en el desayuno, el almuerzo y la cena, pensando vivir un siglo, lo único que han conseguido es espantar a la gente con un aliento diabólico que no pasa con nada; que se expele por los poros; que trasmina la ropa, que huele a difunto. Ahora bien, si se come ajos porque gusta es otra cosa y eso sucede mundialmente; no existe cocina que no utilice el ajo como condimento, aunque todo depende de cuánto y cómo.
Mi admirado Julio Camba, siendo españolísimo, en su “Casa de Lúculo” dice que la cocina española está llena de ajos y de preocupaciones religiosas, y que las mujeres de su tierra suelen llevar ajos en la faltriquera para espantar a las brujas. No está lejos, Julio Camba, de la leyenda —o de la verdad— de que el ajo espanta a los vampiros al extremo de que el célebre Conde Drácula —vampiro humano— odiaba y huía de ese bulbo maloliente.
Julio Camba dice que “aderezado con ajo, todo sabe a ajo”. Y de ahí que deplora algunos platos porque en vez del arte de guisar el ajo, los españoles se cauterizan el paladar con ajo. Pero, en suma, el ajo, dependiendo de la cantidad, “puede hacer pasable un alimento mediocre … o se puede destruir un manjar de primera clase”. Yo he sido testigo de la destrucción del pescado, cerdo, aves, arroces, a los que les han puesto ajo por libras.
Toda exageración con los condimentos es mala. Y vaya como ejemplo para nosotros los bolivianos también. Cuántas veces hemos oído decir que el locoto cura las úlceras y que es un cicatrizante de primera. Olvidemos sus propiedades curativas y disfrutemos de su sabor. Pero no al extremo de oír: “este picante está tan bueno que te hace lagrimear”. El picante debe ser equilibrado, para que no provoque ardores de entrada y salida.
*Manfredo Kempff es escritor y diplomático.
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