La especie humana, el planeta y las sociedades saben ahora que pueden perecer. La crisis ecológica que padece la humanidad no es, evidentemente, la primera de su historia, pero sí es la que ha cobrado mayores proporciones a escala mundial. ¿Qué hacemos para preservar el futuro de la Tierra y la biosfera? ¿Qué desafíos hemos de afrontar? ¿Qué soluciones debemos proponer? Todas estas interrogantes se han tratado en la sesión de los Diálogos del Siglo XXI, organizada por Jérôme Bindé en la Unesco y dedicada al tema “¿Qué porvenir para la especie humana? ¿Qué futuro para el planeta?”, a la que acudieron unos quince especialistas de primer plano.
En primer lugar, tenemos el cambio climático y el calentamiento del planeta, cuya temperatura podría aumentar entre 1,5 y 5,8 grados centígrados de aquí al año 2100. Ese calentamiento puede poner en peligro a muchas regiones del mundo y provocar catástrofes como el anegamiento de algunos Estados insulares y regiones costeras por las aguas del mar, o la multiplicación de las tormentas tropicales.
En segundo lugar, tenemos que afrontar el problema de la desertificación padecida por una tercera parte de las tierras del globo. A finales del siglo XX, este fenómeno afectaba a mil millones de personas en 110 países y, de aquí a 2050, esa cifra podría duplicarse y alcanzar los dos mil millones.
Por otra parte, la deforestación sigue en aumento, aun cuando es bien sabido que los bosques primarios y tropicales albergan la mayor parte de la biodiversidad del planeta, contribuyen a contrarrestar el cambio climático y frenan el deterioro de los suelos.
La contaminación de la atmósfera, el agua, los océanos y los suelos, así como la contaminación química e invisible, ponen en peligro al conjunto de la biosfera. El Banco Mundial (BM) estima que en Asia la contaminación atmosférica se cobra cada año un tributo de 1.560.000 vidas humanas.
Tampoco podemos olvidar la crisis mundial de los recursos hídricos. El 2025, dos mil millones de habitantes de la Tierra padecerán de escasez de agua y, a mediados del presente siglo, esa cifra ascenderá a tres mil millones.
Por último, cabe señalar que la biodiversidad peligra en su conjunto. En efecto, las especies se extinguen a un ritmo cien veces más rápido que el índice natural medio y, de aquí al 2100, la mitad de ellas podrían haber desaparecido. Ahora bien, la biodiversidad es fundamental para el ciclo de la vida, la salud del ser humano y la seguridad alimentaria de la población mundial.
Esta situación puede entrañar graves riesgos de guerras o conflictos y exige soluciones a nivel mundial. El desarrollo sostenible nos atañe a todos y es la condición esencial para luchar contra la pobreza, sobre todo porque son los más desfavorecidos los que más van a padecer las consecuencias de las futuras sequías y catástrofes naturales.
Hoy, nos hemos percatado de que la guerra contra la naturaleza es una guerra mundial. Esto se pone de relieve en el reciente Informe Stern sobre las consecuencias económicas del cambio climático. Según ese informe, la humanidad tendrá que prepararse para afrontar una disminución del 5% al 20% del PIB mundial a no ser que se tomen desde ahora mismo medidas para contrarrestar el cambio climático. ¿Resulta demasiado caro, pues, el desarrollo sostenible? En realidad, lo que nos lleva a la ruina es la inercia. A este respecto, Javier Pérez de Cuéllar ha formulado en los Diálogos del Siglo XXI una advertencia clara en estos términos: “¿Cómo es posible que sepamos lo que ocurre y que no podamos ni queramos remediarlo?”.
Desde ahora mismo, es necesario que sepamos responder con osadía y clarividencia a toda una serie de problemas difíciles. En el futuro, no podrán contraponerse el desarrollo sostenible y el desarrollo a secas, o la lucha contra la pobreza y la preservación de los ecosistemas. Será necesario luchar en todos los frentes a un tiempo.
También será imprescindible encontrar nuevas modalidades, más sobrias, de desarrollo y consumo, porque la humanidad “ya no vive de las rentas de la naturaleza, sino de su capital”, como ha señalado Haroldo Mattos de Lemos. Evidentemente, no se trata de detener el crecimiento económico, sino más bien de modificarlo, tal como ha propuesto Mustafá Tolba, procediendo con la mayor rapidez posible a su “desmaterialización”, esto es, a la reducción del consumo de materias primas en cada sector de la producción. Asimismo, será necesario sensibilizar más a la opinión pública mundial a los posibles efectos devastadores del calentamiento climático, en el marco de la observancia de las medidas prescritas por el Protocolo de Kyoto.
Será conveniente también promover el derecho al acceso a agua salubre y potable. Para ello, será necesario establecer las bases éticas de una gobernanza de los recursos hídricos que permita, a la vez, controlar y administrar mejor la demanda de agua, así como economizar, tratar y reciclar este preciado elemento, mejorando su calidad.
Por su parte, la Unesco lleva a cabo una dinámica labor en múltiples frentes con vistas a promover políticas sostenibles en materia de recursos hídricos, fomentar la educación en este ámbito e impulsar la protección de la biodiversidad a escala mundial, en especial por conducto de su Red Mundial de Reservas de Biosfera. Éstas se han convertido en auténticos laboratorios de experimentación para la conservación de los ecosistemas y la utilización racional de los recursos naturales en el plano local.
Nuestra organización lleva también a cabo múltiples actividades en los países del Sur para contribuir a la formación de especialistas, habida cuenta de la escasez aguda de encargados de adoptar decisiones y de profesionales competentes con una conciencia clara de los nexos existentes entre los recursos hídricos, la pobreza, la salud, la cultura y el desarrollo. A la hora de reflexionar sobre el medio ambiente y adoptar políticas ambientales, se suelen olvidar los aspectos educativos y culturales. Sin embargo, la educación y la cultura son dos elementos clave del desarrollo sostenible.
*Koichiro Matsuura es director general de la Unesco.
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