Recuerdo bien la emoción que hace diez años me embargó al ver, en imágenes televisivas, los huesos del Che Guevara exhibidos por antropólogos cubanos y argentinos. Por ese motivo, llamó mi atención la publicación realizada hace algunos días, de un artículo de Maite Rico y Bertrand de la Grange en el que se anunciaba la presentación de “pruebas irrefutables” de que aquellos restos no corresponderían a los del guerrillero.
Sin embargo, en Operación Che. Historia de una mentira de Estado, no encontré ninguna prueba de que aquellos huesos no sean los del Comandante. Resumidamente, los argumentos que los autores esgrimen a favor de su teoría son: 1) que se encontró junto a los huesos, un cinturón y una chamarra que habrían sido sustraídos antes de enterrarlo, 2) que habría “consenso” entre los militares en que el Che fue enterrado solo, 3) que “todo el mundo sabe” que su cadáver fue incinerado y 4) que los huesos hallados pudieron haber sido colocados allí por los científicos cubanos.
En respuesta a esos argumentos puedo señalar, en primer lugar, que si bien un testigo declara que tanto el cinturón como la chamarra fueron sustraídos antes del entierro del cadáver, hay que tomar en cuenta que sobre los detalles de la muerte del Che existen tantas versiones como informantes y muchas son contrarias entre sí. Por otro lado, no hay una sola persona que hubiera presenciado el entierro del Che separado de sus compañeros. La teoría de la incineración es discutible porque, al no haber entonces un horno crematorio en la zona, el proceso tendría que haber demorado varios días, y además tampoco hay testigos de ello.
Pero el cuarto y último argumento que ofrecen los autores es el más descabellado. Los periodistas sentencian: “Después de todo, si los agentes cubanos se habían llevado por valija diplomática, de Vallegrande a La Habana, el esqueleto entero de la falsa Tania, bien podían traerse una calavera desde Cuba para sembrarla en tierras bolivianas”. En respuesta hay que decir que para haber podido hacer esa hazaña, los científicos cubanos hubieran tenido que cumplir la tarea nada fácil de encontrar un cráneo de varón adulto de la misma antigüedad y con el mismo abultamiento frontal que el del Che, tendrían que haberle cambiado la dentadura para que sea igual a la de su ficha, haber cortado las manos del esqueleto, internado la osamenta al país y enterrarla en el lugar en que fue hallada. Y la última proeza hubieran tenido que hacerla rodeados no sólo por los curiosos, sino por un centenar de periodistas de todo el mundo.
El Che Guevara fue el personaje al que más páginas dediqué en mi libro Hombres que marcaron la historia. De acuerdo a mi investigación, las evidencias más importantes de que el esqueleto encontrado en 1997 sí corresponde al del Che son dos: la prominencia del hueso frontal y la ficha dental, cuya validez científica es similar a la de la prueba de ADN.
La deformación en la cabeza del Che —su prominente hueso frontal— se debe a que padeció asma desde que tenía dos años de edad y la falta de oxígeno causada por los ataques que sufrió a lo largo de su vida, obligaron a su anatomía a modificarse de esa manera. Por otro lado, no es necesario ser médico para saber que cada persona tiene características dentales particulares, con algunas piezas faltantes, otras chuecas, algunas curadas y demás datos odontológicos que resultan decisivos para la identificación de restos óseos humanos.
Aunque el artículo de Rico y De la Grange carece de rigor científico, tiene un mérito —aunque tal vez no sea el buscado por sus autores— y es el de recordar a los mayores e informar a las nuevas generaciones, de que hace muchos años, hubo un hombre que dejó sus huesos en Bolivia por tener el coraje de luchar por sus ideales.
*Patricia Montaño D. es licenciada en Historia y periodista.
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