No se asuste amigo lector, Melgarejo no me ha visitado. Mi poca sensibilidad con los habitantes del más allá me pone a cubierto de las despedidas de mis amigos y hasta de mis familiares. Se trata de una obra que compré hace unos días en los puestos de viejo en San Francisco, donde aún se hallan cosas buenas a precios más bajos que los de los libros truchos. Por dos veces nada adquirí la primera edición de Habla Melgarejo de Thajmara, que no era otro que don Isaac Tamayo, padre de don Franz, publicada en La Paz en 1913, en su encuadernación original algo ajada, pero sin ninguna página suelta.
La obra escrita, con ánimo de defender al Hombre del Sexenio, salió en un momento en que en el país se abría una polémica, aún de actualidad, sobre la naturaleza de las dictaduras, acusadas de haber producido el desastre del Pacífico. En ella participaron además: Alberto Gutiérrez, Alcibíades Guzmán y Alcides Arguedas. Un autor actual de una novela biográfica sobre la vida de Melgarejo que no perdonó a Gutiérrez las críticas al tirano, lo hace morir grotescamente en un prostíbulo del Montículo paceño.
La narración de Tamayo describe una sesión de espiritismo de moda en La Paz en aquellos años, en la cual un grupo de amigos convoca al espíritu de Melgarejo. ¡Qué osadía! Las damas, que tenían mayores disposiciones que los varones para recibir los mensajes de ultratumba, cuando practicaban esta actividad prohibida, apenas se atrevían a llamar a sus difuntos maridos, deseosas de saber si todavía les guardaban rencor por alguna picardía que les hicieron.
Sin embargo, la mayoría de las abuelas tenía horror del espiritismo. Esas cosas traen fantasmas a la casa, solían decir. Los aparecidos una vez vueltos al mundo se negaban a dejarlo. Armaban ruidosos bochinches, proferían obscenidades en los sitios que frecuentaban. Las pobres familias a la vez apenadas por el reencuentro con el finado y espantadas por su díscola conducta intentaban librarse del visitante poniendo la casa pesadas en venta. Nadie quería comprarla, salvo algún descreído que la tomaba por cuatro reales, capaz de actuar con mayor grosería que la del espectro, quien harto del mal trato regresaba a su morada eterna.
El médium de la sesión de marras pertenecía a la categoría de los materializantes, aptos para hacer venir al espíritu. Y éste se reveló locuaz. Habían médiums: golpeadores que transmitían a puño los mensajes del aparecido. Otros, los transportadores, movían sillas, mesas, baúles, los psicógrafos se servían de la escritura, los improvisadores recibían recados de cualquier tema: erótico, científico o político. Ciertos médiums eran intuitivos, proféticos o inspirados. Los espíritus también tenían temperamentos distintos.
Melgarejo se presentó al grupo de espiritistas precedido de un soplo frío, precursor de amenazas, haciendo escuchar una carcajada burlona y sarcástica. El médium preguntó a la sombra o lo que sea ¿qué hacía en la eternidad? “Yo soy, respondió, ella, uno de esos espíritus vagabundos condenado a no tener sitio seguro: soy la sombra; una de esas nubes preñadas de tempestad que vagan arrastrada por el viento y los huracanes”. Mas contra todo lo previsto, el espíritu se mostró facundo. Hizo una justificación de sus actos en el gobierno llena de sagacidad y buen sentido. Melgarejo había adquirido una cultura cosmopolita que no tuvo en vida. Podía hablar con ironía, informado de ciencias financieras, como pocos banqueros lugareños, de arqueología con las últimas teorías, de reuniones de expertos en París o Filadelfia, de la importancia de conocer el Japón, no a través de las lecturas de P. Loti o Gómez Carrillo, sino de los sabios japoneses, traducidos al inglés, alemán, francés.
Después de la larga charla con los apabullados y sorprendidos contertulios clavados alrededor de la mesa de rigor en esas reuniones, el espíritu, enriquecido por la sabiduría de los siglos con tono cortante pidió irse, no sin antes prevenir a su audiencia de la inconveniencia de mencionar su manifestación porque los prejuicios en su contra quedaban en pie y su verdadera historia aún no se había hecho. Decid que lo habéis soñado, les dijo antes de desaparecer. Se sabe de oídas de su participación en otras sesiones en las cuales exhibió la torpeza, la brutalidad que las crónicas afirman eran propias de su carácter.
Ahora los que buscan mensajes del más allá practican poco el espiritismo, demasiadas prevenciones y ritos rodean el acto. Las viejas damas severas, vestidas de colores oscuros, entre las que se reclutaban las médiums más sensibles, ya no existen. Los jóvenes prefieren consultar a la ouija que tolera tenidas ligeras.
Allí los espíritus se expresan moviendo letras para dejar los mensajes que resultan a menudo tan difíciles de interpretar como los de los oráculos, que confundían a quienes los interrogaban. Así la historia cuenta el caso de Darío, rey de Persia, que recurrió al oráculo para saber si convenía emprender la guerra contra los griegos. Éste respondió que en esa guerra un poderoso rey moriría. Darío supuso que se trataba de su adversario. Pero, no. La profecía se refería a él.
Las actitudes actuales de los bolivianos llevan a los que desean consultar sobre los secretos ultramundanos a donde los yatiris, versados en la lectura de la hoja de coca. ¿Esa morena oscura de pómulos salientes con ojos de princesa mojeña me tirará pelota? ¿Me haré rico jugando a las loterías? Sin embargo, algunos temen acercarse a ellos. No sea que la Embajada los deje sin visa. Mejor ir donde los adivinos que descubren el destino interpretando las figuras que quedan del plomo fundido. El callejón en las Alasitas donde se asentaron los clarividentes, intocados por las acechanzas del saturnismo, estuvo repleto de público. Pero ahí Melgarejo no se manifiesta. Quizá ya nadie lo llama más.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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