No suenan celulares en los trenes. Un aeropuerto fue construido en medio del mar para evitar el ruido. En media conversación es mejor quedarse callado por respeto al interlocutor.
Texto y fotos: Mery Vaca
Parece increíble que a principios de los 90, Japón haya sido considerado el país más ruidoso en una lista de 30 naciones ricas que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). ¿Precisamente Japón? ¿Allá donde la disciplina, el respeto, el orden y el silencio se cultivan desde la cuna?
Sin embargo, ese poco honroso campeonato del ruido, que probablemente obedece al frenético desarrollo industrial, no tiene nada que ver con la vida cotidiana.
El respeto por el oído del prójimo ha llegado al extremo que es imposible escuchar el sonido de un teléfono celular en el tren y, mucho menos, una conversación a través del aparato. Sucede que, cuando la gente habla por teléfono, tiende a hacerlo más fuerte que de costumbre y eso molesta a los demás, dice Hiroko Ishii, traductora japonés-español de la Agencia de Cooperación para el Desarrollo (JICA). Ella, que ha guiado a innumerables grupos de latinos en Japón, sabe lo difícil que es mantenerlos en silencio, entre los pares de ojos rasgados que los miran con asombro.
Gran parte de la vida de Tokio, capital de Japón, transcurre en el tren. Es el principal medio de transporte y, como las distancias son interminables, los tokiotas pasan allí dos horas y media al día. Mientras viajan aprovechan los minutos para enviarse e-mails o mensajes de texto.
Tokio es una capital de 8,2 millones de habitantes y la densidad poblacional sobrepasa los 5.700 habitantes por kilómetro cuadrado. Todo un hormiguero y, no por eso, un caos. Pero hay más, el área metropolitana de Tokio, con cuatro prefecturas japonesas, llega a 38,8 millones de habitantes. Con esos números, es lógico que los trenes viajen abarrotados.
Empujones educados La aglomeración en el tren suele ser tal que los funcionarios de los trenes empujan “con respeto” a los pasajeros para cerrar puertas. Pese a la agitación, el funcionario da las instrucciones en voz baja y no olvida hacer la reverencia a sus apurados clientes.
Una vez dentro, los que tienen la suerte de conseguir un asiento, aprovechan para dormir, con la seguridad de que no serán despertados por acaloradas discusiones y sin temor a perder sus pertenencias, porque allá no hay carteristas, escapistas, albertos ni especies parecidas. Los demás se sostienen sobre sus pies sin perder el equilibrio.
En el viaje van pegados entre sí. No hay temor a contagios, porque los que están resfriados se cubren la nariz con un barbijo para evitar la propagación del virus. Es común ver a unas dos personas por vagón usando barbijo.
Los buenos modales, sin embargo, no siempre frenan el ímpetu de la libido de ciertos hombres, por lo que algunas compañías tuvieron que instalar vagones rosados exclusivos para “ladies”. Así, las jovencitas pueden viajar tranquilas con minifaldas o shorts.
Sin embargo, las que visten ropa pequeña son las menos, puesto que la sobriedad manda en el gusto tokiota. Colores grises, cafés y negros combinados con un abrigo marfil corren por las estaciones.
El apuro no es un impedimento para mantener el orden. Caminar a la izquierda, dejar el lado derecho para los apurados y hacer pequeñas filas para los tickets son reglas que sólo a un ciudadano occidental se le ocurriría violar.
La vida diaria, como reloj Tokio tiene 23 barrios, cada uno de ellos como una ciudad con vida propia, aunque con características únicas. Shibuya es sinónimo de movida juvenil; Shinyuku, de oficinas públicas; Ginza, de precios elevados.
Es probable que Ginza sea el único sitio donde los latinos se quedan mudos, pero no por respeto al oído ajeno, sino por los precios expuestos en las vitrinas.
Allá, un melón de dimensiones y colores perfectos puede llegar a costar más de 80 dólares. Todo un lujo que los tokiotas acostumbran regalar en ocasiones especiales. En el mismo barrio, el metro cuadrado de los más exclusivos centros comerciales puede aproximarse a 80 mil dólares.
Japón mide cerca de un tercio de la extensión de Bolivia y, por eso, cada metro cuadrado vale oro, sobre todo en Tokio. Una familia promedio vive en 60 metros cuadrados. Casi todos salen temprano a cumplir sus actividades.
Los hombres suelen almorzar solos en locales baratos cercanos a sus empleos, mientras las mujeres —muchas no trabajan— aprovechan para compartir con las amigas en un buen restaurante.
En esos locales predominantemente masculinos, no vuela una mosca durante el almuerzo. Cada uno come concentrado en lo suyo y sin charlar con el vecino.
Al final de la tarde, el tren vuelve a ser el protagonista: veloz, silencioso, limpio, seguro y puntual. El emblema del sistema ferroviario es el shinkansen o tren bala, que viaja hasta a 300 kilómetros por hora y, cuando se retrasa un minuto, el operario pide disculpas a los usuarios.
En Japón estaría muy mal vista la hora boliviana, pues la gente llega cinco minutos antes a sus citas. Caso contrario, el anfitrión empieza a ponerse nervioso.
Para el encuentro corresponde una inclinación de cabeza y cuerpo —el silencioso saludo japonés— que puede ser de 15, 45 y 90 grados, dependiendo del respeto que se prodigue a la otra persona. Se dice que los ascensoristas de grandes almacenes hacen unas 2.500 reverencias cada día.
Una vez entablada la conversación, tan importante como la palabra es el silencio. Los eternos segundos que transcurren entre una y otra intervención sirven para ordenar las ideas o, por respeto, para dejar que el interlocutor sea quien reanude la charla.
Kioto, el esplendor del ayer Es hora de salir de Tokio. Los trenes conectan las prefecturas en pocas horas. Luego de dos horas y 40 minutos sobre el tren bala aparece ante los ojos la ciudad más sofisticada de Japón: Kioto, la anterior capital del imperio.
Más de 2.000 templos budistas y sintoístas (las dos religiones que practican los japoneses) hacen las delicias de los turistas.
Pero, sin duda, la maravilla entre las maravillas en Kioto es el templo budista Kinkakuyi, más conocido como ‘pabellón dorado’. Es pequeño, en comparación a otros, pero destaca por el oro que recubre sus tres plantas y, como está situado en un pequeño lago, el brillo se replica en el agua.
Otro de los monumentos que asombra en Kioto es el castillo de Nijo, guardián de parte de la historia de Japón. Apenas se pone un pie dentro de ese patrimonio se escucha el sonido de un ruiseñor en el piso, porque está dotado de un sistema para detectar espías. Ese piar de pajarillos recuerda al cruce de las calles, donde los ciegos saben que el semáforo está en verde porque canta un ave.
Demás está decir que Japón es una potencia tecnológica, pero lo que llama la atención al caminar por sus calles es ver que la modernidad no haya logrado destruir el pasado cultural de su gente.
La máxima expresión de esa amalgama es Kioto, donde las minifaldas se mezclan con los kimonos, el sofisticado vestido japonés que recobra popularidad y que es usado en eventos especiales, como una boda o una graduación.
Las casas de tipo occidental son bienvenidas entre los jóvenes, pero no por eso se archivaron las habitaciones orientales. En cualquier establecimiento público, existen, además de los clásicos baños para hombres, mujeres y discapacitados, los baños japoneses, con el inodoro pegado al piso.
Todos estos lavabos son tan tecnológicos que intimidan al que no está acostumbrado. Una serie de comandos digitales sustituyen a la cadena para jalar y, si de silencio se trata, uno de esos botones permite simular el sonido de un río o un bosque para que el vecino no escuche otro tipo de ruidos.
Kioto es una ciudad tan exquisita que la multinacional Mac Donald\'s se vio obligada a cambiar el rojo por el café.
El siguiente destino es Osaka, la capital económica de Japón, donde la obsesión por el silencio llevó a construir un aeropuerto en medio del mar. La manera de llegar hasta allá es, cómo no, en tren y a través de un puente sobre el agua. La estación está dentro del aeropuerto, donde los aviones no interrumpen el sueño de nadie.
El avión aterriza en la hermosa isla de Okinawa, donde la gente vive más relajada y sin muchas preocupaciones por las formas ni por el silencio. Y, en todo este viaje de tres semanas, no se escuchó un solo bocinazo.