Hurgar los petos, traducido al colla, significa provocar a las avispas. El que se mete a hurgar los petos, lo probable es que salga a la carrera gritando enloquecido y que la picazón lo deje hinchado, afiebrado, y adolorido. En la desventurada Constituyente están hurgando los petos más de la cuenta y ya sabemos cuál va a ser el final.
Resulta que los asambleístas del oficialismo —y otros ingenuos— han tomado realmente a pecho eso de construir un nuevo país a partir del 6 de agosto próximo. Y quieren hacer un nuevo país cuando no conocieron el viejo. No es que el viejo fuera muy bueno, pero al menos, pese a todas sus desgracias, existe. Aunque es innegable que le hacía falta una remozada porque ya estaba haciendo aguas a la vista.
Ahora lo grave es que quienes quieren hacerle el cambio a la nación no están preparados para esa tarea —en su inmensa mayoría— y que, por lo tanto, de la Constituyente puede surgir un Frankenstein, hecho de mil partes, mal puestas, que lo primero que hará será tratar de ahorcar a sus autores por haberlo hecho tan feo. Y vamos derecho a esa Constitución-Frankenstein que va a estrangular, iracundo, a los que metieron sus manos en ella y a los que no.
Quieren darle la vuelta a las autonomías departamentales y descuartizar al país en 30 o más regiones, lo que significaría dejar a los departamentos disminuidos, con sólo su capital. Y ojo que son los que están hablando de la unidad nacional a toda costa. Pero, además, están empeñados en la locura de dispersar las lenguas, tratando de bajarle el tono al español —o castellano si se quiere— y obligar por ley a hablar quechua, aymara, guaraní, o una de las decenas de dialectos selváticos que ya no los habla nadie. Los tres primeros se van a seguir hablando en Bolivia, como se vienen usando desde hace centurias, pero no a costa de frenar el idioma nacional, que es el español.
Pero, asimismo, como si todo fuera una taza de leche, aparece una situación que nos va a desunir más todavía: el cambio de sede de gobierno. Ese debate va a ser interminable y agrio, porque a los derechos históricos de Chuquisaca, La Paz va a oponer los suyos también, y entonces no va a quedar títere con cabeza. Fuera de las razones que puedan tener una u otra región, ¿estaba este tema previsto en la convocatoria a la Constituyente?
El colmo, sí, es el cambio de los símbolos patrios. Al parecer quieren empezar por el escudo nacional, que es el que mayor simbolismo tiene. Ya hemos oído a algún heráldico y a una comisión que se ha creado, cosas que son de hacer parar los pelos. Quieren eliminar el olivo y el laurel —representación del heroísmo, la sabiduría y la gloria— por ser romanos y griegos, dicen, y sustituirlos por la coca, que es nuestra hoja sagrada. ¡Cocalandia! Desde ese día, delante del escudo, yo no me saco las manos de los bolsillos, porque esa no es mi hoja, ni sagrada ni nada.
Y quieren agregar wiphalas junto a las banderas nacionales. Pues yo no me saco las manos de los bolsillos, lo repito, porque no es mi bandera. Y piensan cambiar al cóndor porque además de que, dicen, que está ciego, es “k’encha”. Y arrancar la palmera, porque, dizque, es palmera colla y no camba, como debería ser para que los cambas tengamos algo en el escudo. Y sacar los cañones y los fusiles porque representan la guerra y la tiranía colonial española. Además, el gorro frigio, símbolo de la libertad en América y Europa, lo quieren borrar —afirman que por francés—. Alguien lo ha llamado bonete, de yapa. Y sostienen que las estrellas del escudo hay que dejarlas para la conclusión de la Constituyente, porque recién al final se sabrá cuántos departamentos habrá en Bolivia y entonces cuántas estrellas.
¿Qué haremos con estos jóvenes traviesos que están en Sucre? ¿Pero acaso no se están divirtiendo a costa nuestra? ¿Vamos a seguirles el juego del laurel y la coca? ¿El bonete o el ch’ullu? ¿La palma colla o la camba? ¿Y con el pobre cóndor que no ve ni un carajo?
*Manfredo Kempff Suárez es escritor y diplomático.
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