Confieso. Yo también estuve en la maravillosa playa de Varadero. Hace muchos años fui con recursos propios a Cuba. Imperdible. Claro que debe ser mejor visitar la Isla con el patrocinio público y teniendo como anfitriones a los compañeros del partido. Al culebrón de los contratos petroleros no le podía faltar el condimento de sexo, ron y rock and roll. Ahora la tragicomedia está completa. No pongo en duda que los ahora conocidos como Rugrats crecidos fueron a un curso sobre fiscalización petrolera. En retribución, nuestro Gobierno podría organizar un curso, para los compañeros (as) cubanos, sobre Oceanografía en el lago Titicaca. Tampoco creo que sea pecado que después de sesudas sesiones de economía petrolera, se hayan dado una pasada a la playa y tomado unas cubas libres. Ahora, los Rugrats no tenían por qué hacer una conferencia de prensa, para que todo el mundo los conozca, para justificar su juventud.
Muchachos, alguien se los está usando y fumando en kullo pipa. Si alguien va a Cuba a trabajar estaría loco si no se da un tiempito para zambullir de pechito en las playas. Los organismos internacionales son especialistas en organizar seminarios y cursos en lugares paradisíacos. Niñez y desnutrición en Cancún. Violencia y pobreza en Río de Janeiro. Así que aquí nadie puede tirar la primera piedra del puritanismo. Además, el mar y la arena tienen una especial atracción para los bolis mediterráneos, pero pueden producir el síndrome de las bolas de arena. Me referiré a sólo tres causas de este fenómeno, contando experiencias personales para no herir los sentimientos marítimos de nadie.
Como ustedes saben, soy de Villazón, una de las ciudades más cosmopolitas del Sur de Bolivia. Debido al frío, los de esta parte de Bolivia nos bañamos de medio cuerpo y en un fuentón calentado al sol. El agua es un elemento relativamente extraño para los villonenses. Las pocas veces que fui a la piscina corrí riesgo de vida, razón por la cual mis progenitores se convencieron que era mejor bucear en bañador y pescar en retrete. Cerca de mi ciudad existe un vallecito llamado Matancillas. Su río es seco casi durante todo el año, pero en verano uno puede aprender a nadar en sus aguas y después descansar en la sombra quebrada y melosa del sauce llorón. Cuando fui a vivir a La Paz mis incursiones acuáticas continuaron en la recién inaugurada piscina olímpica del barrio de Obrajes, en la que por dos bolivianos uno se sumergía en una sopa de gente. En cada brazada, en estilo pechito de huminta, se sentía el peso de la humanidad altiplánica que se había remojado, e inclusive algunos kakorado en el recinto balneario. Fue en esta piscina que vi por primera vez a alguien jabonarse con un Palmolive verde antes de una clavada de abdomen, sin decir Jesús o aguas van.
Con todas estas experiencias acuáticas pensé que estaba preparado para enfrentar al mar en la sensual playa de Ipanema. Como un buen paceño de vocación y no de origen que se preste, la primera vez fui vestido a la playa con las infaltables medias Textilón y mi camiseta Lolas que me llegaba casi hasta las rodillas.
La primera forma de adquirir bolas de arena se produce en el momento de colocarse la malla. Cerca del mediodía cuando el sol partía el alma, decidí cambiarme en plena playa. No hay problema, me dije, porque para quien se probó decenas de pantalones en el mercado negro de La Paz, en un vestidor de un metro por un metro, colocarse un calzón de baño echado, a cuarenta grados calor y debajo de una toalla era una tarea sencilla. Sin embargo, el problema no era mi flexibilidad de charquekán orureño, sino la forma que reaccionaron algunas personas que estaban a mi lado en la playa. Todas creyeron que estaba teniendo un ataque epiléptico y se lanzaron desesperadas a colocarme un pañuelo en la boca para que no me coma la lengua. La sorpresa superó con creces el susto de mis benefactores cuando descubrieron que sólo me estaba poniendo un short tamaño baño, recién entrado de moda en la piscina del Automóvil Club. En la confusión me puse la malla con medio kilo de arena entre las piernas. Salí de este primer inconveniente rosqueando como jugador argentino de fútbol después de perder un penal. Me fui pisando fuerte para que con los golpes de talón saliera la arena. Tuve éxito, pero nadie entendió por qué después de mi acrobacia debajo de la toalla camine 500 metros sin parar.
La segunda manera de tener bolas de arena es enterrarse hasta el cuello en la playa, metodología seguida por nuestros Rugrats de YPFB en Varadero. Para esto uno primero cava un hueco de tamaño natural en la playa. Se echa mirando al sol, y se empuja la arena con las dos manos hasta cubrirse totalmente. En Brasil, se conoce a este método como el síndrome del bife a la milanesa y al grupo que practica este ritual, se los llama farofeiros. La palabra viene de la farofa, o harina de yuca que acompaña a la fejoada. La arena va penetrando lentamente en todos los orificios del cuerpo. Después de este baño de arena, las bolas son gigantes y deshacerse de ellas puede tomar semanas, pero al final uno se libera del peso.
La tercera forma de adquirir bolas de arena es cuando uno entra al mar. Toda una experiencia cultural y física. Un boliviano pico amarillo debe enfrentar de pecho abierto a las olas, al final desde chicos nos convencen que tenemos tórax de bronce. El resultado de la incursión desinformada es que las corrientes del Atlántico a uno lo revuelcan sin medida ni clemencia. Entretanto, la salida debe ser digna y heroica, mentón a 60 grados y paso de llamero trovador, aunque uno salga como si le hubieran licuado con piedra pomes. El problema es que uno además de cuadriculado sale con las famosas bolas de arena mojadas, con las cuales no se puede volver a casa sin correr el serio riesgo de perder la masculinidad, e inclusive comprometer la descendencia.
Por lo tanto, se requiere observación, conocimiento local y adaptación para salir airoso de esta situación. El principio es muy sencillo: lo que el mar introdujo también debe sacarlo. La solución es sumergirse de nuevo, pararse de ladito, ponerse de cuclillas, estirar suavemente la malla a la altura de las bolas de arena y dejar que las corrientes marítimas hagan su trabajo de limpieza. El alivio es inmediato.
Qué se concluye del ensayo, que hay varias formas de librarse de la maldición de las bolas de arena que persigue a los bolis por las playas del mundo, lo que puede ser más complicado y, a veces, no tiene remedio es ser bolas a secas, técnicamente conocido también como bolas tristes, esto ocurre cuando se mezcla soberbia con ingenuidad en las playas del Choqueyapu.
*Gonzalo Chávez es economista y surfista amateur.
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