Ayer, 27 de marzo, la Unión Europea celebró los 50 años de su nacimiento, cuando unos pocos países fundadores, con una historia de continuas guerras, y gracias a un puñado de hombres visionarios, lograron crear un modelo ejemplar de integración, económica y política. El Papa celebró aquel aniversario mediosecular con un discurso en el que aplaudió la reconciliación “de dos pulmones —Oriente y Occidente— arbitrariamente separados por el telón de la injusticia”. Una clara mención a la llamada cortina de hierro que dividió a Europa en los años de la inicua “guerra fría”.
El ejemplo europeo merece ser imitado por países como los de América Latina, en donde se contrastan las enormes riquezas de la naturaleza, con la pobreza de millones de habitantes. Los nuevos tiempos exigen la creación de un conjunto de naciones en justa paz, complementariedad económica, común prosperidad y política armonía. Pero las varias iniciativas integracionistas quedaron a medio camino o toparon con nacionalismos estrechos que van quedando al margen de la historia, o en ambiciones hegemónicas de caudillos demagogos o en laberintos administrativos inoperantes.
Hecha esta digresión, paso a otras sabias advertencias que hizo el Papa, como hombre sabio y alerta vigía de los derechos de las personas y de los grandes valores que conforman el patrimonio espiritual y cultural de Europa y celebró también la próspera integración de los países, con tal de que no se haga “a costa de la degradación social o la injusticia contra los más débiles”. Lamentó, sin embargo, que esos grandes valores morales se estén diluyendo en las confusas aguas del relativismo y el vacío espiritual. Lo dicho a los europeos vale también para gran parte del mundo.
Una de las preocupaciones del viejo continente —hecho que en América sólo suele producirse entre las clases medias y altas, y no tanto en las populares— es el grave descenso de la natalidad “que podría llevar a Europa [¡oigan esto!] a despedirse de la Historia”, perdiendo el protagonismo que ha mantenido a lo largo de los siglos. Resulta paradójico que la Europa rica necesite de los inmigrantes pobres.
Habrá pues que convenir en que el Papa mantiene bien firme su misión de diligente portavoz del patrimonio moral de la humanidad. Cumple esta misión con un tono afectuoso que conmueve, aunque con las exigencias a veces difíciles de la recta doctrina. Por eso hizo hincapié en los derechos de las personas, refiriéndose, aunque sin mencionarlos en forma explícita, al aborto criminal y a la eutanasia por puro pragmatismo. A lo que agregó una postura clara de la Iglesia “cuando en este pragmatismo se introducen tendencias laicistas o relativistas, de negar a los cristianos el derecho mismo de intervenir como cristianos en el debate público o, al menos, se descalifica su contribución, con la acusación de que buscan defender injustificados privilegios”. Yo diría que ésta es la desviación que algunos laicistas quieren dar a las relaciones entre el Estado y la Iglesia en los debates de la Constituyente que se desarrolla en Sucre. Y los católicos tenemos mucho que aportar en la fraterna reconstrucción de Bolivia. Hay que hacerse escuchar.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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