Ya no es raro encontrar en la prensa chilena, alusiones a la Guerra del Pacífico, desde una óptica revisionista del devenir de nuestros pueblos. La revista The Clinic, editada en Santiago, en su entrega Nº 196, intentando mostrar el carácter imperialista de Chile, se sumerge en las profundidades de la historia política de Bolivia, casi siempre convertida, interesadamente, en una ensalada de anécdotas, de pasajes pintorescos, de revueltas y asonadas cívico militares, casi con ribetes folklóricos.
Leyendo el artículo de Gonzalo Peralta, “Historia Nacional de la Infamia”, se evidencia que la dictadura de Mariano Melgarejo actuó como quinta columna de los intereses geopolíticos chilenos, al conceder el monopolio de la explotación del guano y el salitre en las costas marítimas bolivianas, a empresas chilenas solventadas por capitales ingleses.
Una vez derrocado Melgarejo por Agustín Morales en 1870, el general de ejército y secretario general del tirano, Quintín Quevedo, se refugió en el país vecino, conjuntamente Mariano Donato, ministro de Hacienda y hábil operador financiero de la dictadura, con la intención de convertir a Chile en el santuario y retaguardia política militar, desde donde emprender la rebelión en contra del nuevo gobierno. Aviezo empeño puesto en práctica desde el primer día de su exilio, organizando grupos rebeldes, para desembarcar en Antofagasta, provocar un alzamiento y, por ende, la caída de la primera autoridad altiplánica.
Dada la gravedad del hecho, el gobierno boliviano encaró el tema con mucha seriedad, nombrando ministro plenipotenciario en Santiago a Rafael Bustillo, experimentado político y diplomático, quien advirtió de la intentona subversiva a las autoridades chilenas, impelidas a actuar y promover el aborto de la aventura en su primera versión.
No contento con su fracaso, Quintín Quevedo propició una nueva arremetida en contra de Morales. Es así que el intendente de Valparaíso, Francisco Echaurren, descubrió dentro del vapor Tomé a 100 ex soldados bolivianos fuertemente armados rumbo a Antofagasta, al mando del capitán Mac Iver, quedando así desbaratada otra intentona.
A la postre la agrupación punitiva se rearmó, pero ya con el apoyo de los mandos políticos y empresarios chilenos, a partir de los contactos que Quevedo consiguió a través de Nicómedes Ossa, representante del empresario Enrique Meiggs, propietario de la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta.
El mismo Ossa vinculó al cabecilla de la conspiración con el presidente chileno Federico Errázuriz Echaurren, quien condicionó el apoyo chileno a los planes melgarejistas, a la entrega del litoral boliviano a Chile, una vez logrado el objetivo central de la conjura. Concretado el acuerdo el mandatario de aquel país ordenó al canciller chileno Ibáñez y el intendente de Valparaíso, hacer la vista gorda de cualquier apresto de Quevedo, lo que evidentemente sucedió. Es así que este último en julio de 1872, con los vapores Paquete de los Vilos y María Luisa, ataca y captura la ciudad de Antofagasta con un nutrido grupo de mercenarios, pretendiendo avanzar hasta Tocopilla, meta frenada por la aguerrida respuesta de tropas de línea de Bolivia, encabezadas por el prefecto de Cobija.
El gobierno de Bolivia sospechó que detrás del movimiento de Quevedo estaba Chile, que ante los justos reclamos de La Paz, dispuso el despliegue de dos buques de guerra en la costa de Antofagasta, presuntamente para resguardar intereses chilenos. Obvio. Desde la década de 1860, el país trasandino tenía marcada presencia en la costa boliviana, con una pujante industria salitrera monopólica, cuyas concesiones fueron revertidas por el Congreso boliviano, una vez derrocado Melgarejo, en un acto de dignidad y soberanía, que afectaba indudablemente los intereses de los Ossa, los Gibbs y los Edwards, además los de sus firmes aliados al interior de la estructura de poder en nuestro país.
La sospecha boliviana no era infundada. Se estaba empezando a escribir la página más cruel de la historia latinoamericana. Siete años más tarde, la nación era agredida y empujada por Chile a una guerra desigual de despojo, cuyas consecuencias se sienten a diario, pese al tiempo transcurrido.
Esta historia nos enseña cuidar la patria de tanto Quevedo suelto.
*Miguel Ángel Martínez P.
es periodista.
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