Y llegó el fin de los viajes a Europa sin necesidad de visa. Ahora parece que España estuviera más lejos. A la distancia física hay que añadir la incomodidad de solicitar el visado. Es como pedir permiso para entrar a la casa del abuelo.
Para los que no partimos en los últimos aviones, queda una sensación algo molesta. Las escenas de los aeropuertos de Cochabamba y Santa Cruz, con los pasajeros frustrados, me hicieron recordar las que vivieron en Saigón los vietnamitas que querían huir ante la llegada del Vietcong, en 1975, tras la derrota de Estados Unidos. El grado de desesperación era parecido.
Los frustrados viajeros de la semana pasada lloraban mucho. Quizá no lloraban por el dinero que perdieron en la compra de los pasajes que no pudieron usar, sino porque tienen que quedarse aquí. La noticia de que no pueden partir les sonó como una condena, la de tener que seguir viviendo en Bolivia.
Quizá no les gusta vivir en un país con tantas revoluciones. Para los periodistas, eso sí, este es un país ideal. Pero parece que para la gente normal, es decir, todos los demás, el panorama no es muy atractivo. La gente normal odia la inestabilidad, la incertidumbre, los sobresaltos, los engaños, las mentiras, las simulaciones. Parece que a la gente normal le gustara progresar, tener ingresos, poder hacer planes, viajar por carreteras que no se derrumben ni sean bloqueadas, o escuchar discursos por lo menos coherentes. Y no les gusta que haya tantos cambios y tan frecuentes. La gente normal parece que odiara a los que sólo saben odiar. La gente normal está molesta con la realidad que existe en Bolivia.
Los que huyen de esta realidad son muchos más de los que muestra el periodismo internacional. No son solamente los que se van en avión los que huyen de Bolivia. También están los que se van en barco, cruzando las fronteras con Brasil o con Argentina, o los que toman barcos más grandes y se van a Europa desde Brasil. Pero también están los que solamente cruzan la frontera. Son 10.000 por mes los que cruzan de Villazón a La Quiaca solamente, para quedarse en Argentina.
Los del barco Sinfonía, que partieron de Salvador de Bahía hacia España eran 86, pero hicieron más noticias que los 54.000 que se fueron desde enero, por avión. La presencia de esos bolivianos convirtió al Sinfonía en un barco famoso, que no podía recalar en ningún puerto, como si llevara una carga explosiva, o sus pasajeros tuvieran la peste negra. No pudieron desembarcar en Tenerife ni en Valencia. El único lugar donde pudieron tocar tierra estos mediterráneos fue en el puerto de Génova. Del puerto fueron llevados al aeropuerto en camiones militares y puestos en un avión también militar que los sacó de Italia y volvieron a Bolivia en AeroSur. Fueron expulsados de Europa desde Génova, justo donde nació Cristóbal Colón.
Son los recursos humanos sin valor agregado que exporta Bolivia. El bajo nivel de educación que lleva la mayoría de los que huyen los condena a trabajar en los oficios más humildes. La educación no mejora a pesar de todas las revoluciones.
La muralla que los españoles han levantado no nos impide, felizmente, seguir leyendo el Quijote con el deleite de siempre. Ni seguir pensando, y soñando, en idioma español.
*Humberto Vacaflor G. es periodista.
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