Emiliano Luján, el coronel de los monumentos Lo primero que esculpió fue su pie. Luego no paró de dar vida al bronce y la piedra. El Soldado desconocido es parte de su legado.
Diez días después de enterrar a Humberto, su hijo de 12 años, Emiliano Luján Sandóval tuvo que dejar el hogar para cumplir un compromiso: emplazar en Santa Cruz de la Sierra la escultura monumental de Cristo Redentor que había trabajado durante meses. Corría el año 1961, y el lugar elegido era el límite de la capital oriental, hoy del segundo anillo y salida hacia las provincias del norte.
Triste, muy triste, el artista dirigió las obras que requirieron de un helicóptero y de la habilidad de decenas de obreros para colocar la figura de bronce, de siete metros de alto, sobre su pedestal. Al volver a su casa, en la zona de San Pedro de La Paz, Emiliano contaría a su esposa, Corina Melazzini, que entre los brazos extendidos del Cristo vio el rostro del amado hijo, el primero de siete que tuvo la pareja.
“Esa pérdida le deprimió muchísimo. Durante dos años no produjo nada”, recuerda Corina. Al cabo se recuperó y con el mismo brío y disciplina de antes acometió con obras civiles y cientos de esculturas de salón. “Trabajó hasta su muerte. Dejó inconclusas algunas obras, como la estatua de Martín Cárdenas que avanzó sólo como busto, y la de Juana Azurduy de Padilla que otro artista completó y que hoy está en Sucre”.
El militar artista Emiliano Luján nació en Cochabamba el 20 de julio de 1910. “Se cree que lo primero que esculpió con algún material maleable fue su propio pie”, cuenta el hijo menor, Ramiro, también escultor.
Como soldado raso le tocó servir en la Guerra del Chaco, donde adquirió un grado militar. El escultor pudo entonces, con el soporte de un salario fijo, dar forma a sus ideas que hoy salen al paso en cuarteles, calles y plazas de ciudades y pueblos del país e incluso del extranjero. Una obra suya, que representa a San Francisco y el lobo, está en el Museo del Vaticano.
“Trabajaba intensamente. Había que llamarle para almorzar porque perdía la noción del tiempo metido en su taller”. A veces, lo alto de la calle Almirante Grau, donde aún está la casa de la familia, se convertía en taller y daba motivo de conversación a los vecinos.
En los años 50, el Ministerio de Defensa le encomendó al coronel un monumento al héroe del Topáter. De las manos de Luján nació entonces ese Eduardo Abaroa que ha marcado el imaginario nacional con su índice extendido y el ceño fruncido. La obra de bronce se emplazó el 23 de marzo de 1952.
El gobierno nacionalista de Víctor Paz Estenssoro le facilitó una beca al artista. Entre 1954 y 1955, éste aprendió en Roma (Italia) las armas para dominar el trabajo en mármol y la fundición.
La alegoría del naturalista alemán Alexander von Humboldt que está en la zona Sur de La Paz, el monumento de la Reforma Agraria que se erige en Ucureña, el de Túpac Katari que se halla en la plaza de Ayo-Ayo son algunas de las creaciones emblemáticas del mayor monumentalista boliviano.
En 1972, en presencia de dos héroes de Boquerón —Manuel Marzana y Bernardino Bilbao la Rioja— se develó una nueva obra de Luján, esta vez en la plaza del Obelisco paceño. Le habían pedido rendir homenaje al Soldado desconocido y él concibió la imagen de quien murió peleando, con el fusil en las manos, y de cuyo rostro y nombre la historia se ha olvidado. Su viuda rememora que en las charlas cotidianas, Emiliano le confiaba cómo iba tomando cuerpo una serie de recuerdos de la campaña del Chaco. “Me decía que él había visto caer soldados vencidos por el hambre, la sed; pero siempre con la idea de que estaban defendiendo algo valioso”.
La polémica se armó de inmediato. “Mi padre sufrió mucho”, recuerda Silvia Luján. “Junto a las palabras de elogio por la fuerza del monumento se oyeron voces que lo calificaban de grotesco”.
Las autoridades municipales de entonces apoyaron al artista. “Se jugaron por él”. Pero la espina estaba hincada. En 1980, cuando el gobierno militar de Luis García Meza se impuso en el país, se dio la orden de reemplazar el monumento por el de un soldado en pie.
Corina viuda de Luján suspira ambiguamente. “Por suerte mi esposo no asistió a este acto”. Un cáncer que comenzó en los riñones y que alcanzó a los pulmones cerró ojos y oídos del artista. Murió el 22 de diciembre de 1975.
La escultura, vaciada en bronce, fue escondida en el Cementerio General. “La botaron en un rincón”, lamenta quien fue compañera de Luján, esperanzada por los cambios que la actual gestión municipal hace en torno al Obelisco y que han generado el rumor de retorno del Soldado desconocido.
Memoria visual
“Estricto, pero cariñoso”. Así guardan los hijos la imagen del padre ausente. “¿Su voz? No sé, no puedo recordarla”, responde Silvia, la segunda de las hijas, luego de hacer un esfuerzo por evocar. Ramiro se excusa al señalar que tenía 13 años cuando Emiliano murió.
“Hay una corta filmación que le muestra caminando y una entrevista en radio Nueva América. Es todo”, explica Corina.
La memoria es visual. Se le ve dibujando bocetos, modelando en yeso, atento a los rasgos de las personas o estudiando el dibujo de alguna de las dos nietas que llegó a conocer para luego darle volumen.
También queda como anécdota su afición a poner apodos a los amigos y una frase con la que se definía: “Soy pintor, escultor, arregla santos y hacedor de wawas”.
Luján, evidentemente, dibujaba y pintaba. Era un caricaturista de cepa. Esa habilidad para recoger en breves trazos los rasgos humanos le sirvió también en la escultura de salón, donde más allá de la alegoría comenzó a abstraer. Un ejemplo de esto es el retrato que esculpió del pintor indigenista Cecilio Guzmán de Rojas.
Santos, hizo muchos. Un ejemplo es la Virgen India que en piedra comanche vigila desde lo alto de la iglesia de Villa Victoria, en La Paz.
Sobre los niños, hay que decir que Luján tuvo 12, cinco de un primer matrimonio, de los que sobrevive sólo una hija. Los Luján Melazzini son, además de los mencionados, Carmiña, Liliana, Eduardo y Soraya. Todos están casados y tienen un total de 18 hijos.
“Tenía sentido del humor, sin duda, para referirse a las cosas, pero también en su trabajo”, apunta Silvia. Para prueba, ahí está el batán pétreo, con sus dos morockos, que el artista llamó Naturaleza muerta y que hoy sirve para decorar una esquina del comedor.
“En nuestro poder hay unas 40 piezas. El resto está en colecciones privadas, muchas de las cuales no conocemos...”. “Porque era un baratero”, interrumpe Corina. “Venían extranjeros a comprar obras; las miraban y mi marido pedía, por ejemplo, mil dólares. \'Está caro\', le decían, y él rebajaba a 500 sin chistar, como en el mercado. Se las llevaban; nunca hicimos un registro”.
“Hemos crecido en un bosque de esculturas”, resume Ramiro Luján, el único que ha seguido los pasos artísticos del padre. “Las veíamos como algo natural; pero ya cuando se estudia su obra se descubre un trabajo matemático, anatómico; él manejaba el punto áureo que pocos utilizan”.
Pero, más allá de la técnica, está “el alma”. Luján hijo cuenta que le encomendaron una réplica pequeña de Eduardo Abaroa. “La hice. Pude copiarla, pero fue difícil darle el carácter. Hay algo que es imposible de reproducir”.
Daniel, un joven universitario que transita por las ciencias políticas, se ha dado a la tarea de aprender más de su abuelo, de recoger las anécdotas y otros detalles que por ahora están dispersos en artículos de diarios, en pocos catálogos —algunos de los cuales alimentan un álbum familiar— y como parte de la tradición oral de los Luján.
“Los chicos de mi edad, en el colegio, no tenían idea de quién era el autor de tantos monumentos de la ciudad. Inclusive un profesor de artes no supo responderme”, expresa el nieto preocupado.
Una labor que el joven y su tío Ramiro se han fijado es hacer un libro para que quede constancia de que hubo un Emiliano Luján preocupado por trabajar monumentos en un tiempo en que era más fácil importarlos. “Mientras tanto estoy orgulloso. Y no olvido que una vez que comenté a mis amigos que mi abuelo había hecho el monumento a Abaroa, uno de ellos me dijo: \'Y el mío es Superman\'”.