La ordeña, el pastoreo y la marca de ganado son algunos de los atractivos que ofrece esta hacienda del Chaco cruceño. La historia de cuatro generaciones se vive en cada actividad.
Redacción: Miguel Vargas Saldías • Fotos: Pedro Laguna
Solo. El paisaje chaqueño desfila por la ventanilla de su coche mientras la voz de la radio le cuenta los últimos éxitos musicales. Las horas pasan por nubes oscuras que amenazan con tormenta. Está solo. El camino lleva a Miguel Gutiérrez Boules, de 29 años, desde la ciudad de Santa Cruz hasta la hacienda Itaguazurenda, como acostumbra tantas veces al año. Su rostro se muestra serio. La ganadería y un proyecto turístico capturan por el momento su atención.
Don Miguelito para arriba, don Miguelito para abajo. Toda la gente en la región de Charagua lo conoce, lo saluda y lo trata con afecto al verlo llegar. Él es el gerente de Itaguazurenda, la hacienda ubicada al pie de monte de la serranía de Aguaragüe y la formación aluvial del río Parapetí, en la provincia Cordillera del departamento de Santa Cruz. El solitario viaje lo ha llevado hasta el pueblo de Charagua para aprovisionarse.
Itaguazurenda forma parte del proyecto turístico Haciendas del Chaco, que ha reunido a seis estancias de la región como eje para atractivos turísticos de valor histórico, natural y patrimonial.
Miguel Gutiérrez está de lleno en el proyecto, pues desde su propiedad se accede a los bañados del Isosog, la cultura guaraní, Charagua, Aguas Calientes, las colonias menonitas y mucho más.
Su vida no ha sido fácil. Tenía 18 años cuando enfermó su papá y recayó sobre él la responsabilidad de comandar la hacienda. “Murió el 17 de enero de 1997. Un año antes ya me hice cargo de la propiedad con el apoyo de mi familia. Soy el hijo mayor de mi padre y fue en familia que logramos establecer la hacienda y seguir el trabajo. Han sido años bastante complicados por la misma economía del país, pero con la unidad hemos sabido sacar adelante la hacienda y demostrar que se puede desarrollar en nuestra región la ganadería con altos índices de producción y a nivel competitivo”, comenta Miguel antes de partir.
Luego de unos minutos de viaje, el recibimiento en la hacienda es afectuoso. Mucha de la gente que le colabora lleva hasta 40 años trabajando en este lugar al que todos consideran su hogar. Claro, no siempre fue así. “Fue muy difícil empezar. De los 16 a los 18 años, en lo que uno menos piensa es en tener que hacerse cargo y adoptar grandes responsabilidades”.
Llevando algunas provisiones, llega hasta la vieja casona totalmente reparada para el turismo. Se reemplazó el techo, se adecuaron los dormitorios y las paredes lucen como en sus mejores años.
Fue cerca de aquel pozo que extrae el agua desde una profundidad de 170 metros que el joven Miguel empezó a foguearse en las lides de la ganadería, actividad principal de la estancia. “El mayor problema fue lograr que el equipo de trabajo, que es de unas 25 a 30 personas, logre creer en mí y hacerme caso, sobre todo cuando hay gente que tiene 40 ó 50 años. Es difícil que un muchacho de 18 venga y tome el mando. Los primeros cinco años fueron complicados, pero con el paso del tiempo la gente pudo ver mi capacidad”.
Tejiendo cuatro generaciones
Al ingresar a la casa, una enorme chimenea recibe al visitante. Es para combatir los días de invierno, que en el Chaco suelen atelerir al más lozano. Miguel todavía recuerda que en los días de frío, toda la familia solía reunirse en torno al fuego para conservar el calor.
Hoy, la hacienda está en plena actividad. Los trabajadores se han movido de un lado a otro para la restauración de la antigua cocina, se está trabajando para la construcción de la piscina y se tienen los ambientes listos para acomodar las mesas de billar y karaoke. La diversión es parte importante de la oferta de la hacienda.
Todo era muy diferente hace cuatro generaciones, cuando llegó el primero de los Gutiérrez a domar la zona. “No había nada cuando llegaron mis antecesores. Mi bisabuela fue la que encontró el agua para instalar el pozo. Lo más sencillo al morir mi padre hubiese sido que nos repartamos las tierras, pero no queríamos que 130 años de trabajo se vayan a la nada en cinco ó 10 años. Es una responsabilidad muy grande”.
Rodeando el verde patio de la hacienda están las habitaciones remodeladas. También se halla una vieja tinaja donde se recibía el agua de la lluvia, así como un teléfono antiguo. La quesería se levanta al final del corredor, donde diariamente se hacen productos frescos con leche recién ordeñada.
La casa está llena de recuerdos. Una habitación muestra intacto el equipo de radioaficionado del abuelo de Miguel, que mataba la soledad del campo haciendo amigos en la lejanía. Varios objetos que parecen extraviados en el tiempo sirven de adorno y de memoria familiar. El joven hacendado toma unas postales de un cajón. En sepia, se ven antiguos carretones mostrando los pueblos del Santa Cruz de antaño. Son tarjetas que su abuelo intercambiaba con los amigos que hacía a través de la radio. Junto a esas imágenes están libros de tapas de cuero que se resisten a perecer en el pasado.
Las bondades del Chaco
Es hora de almorzar y Miguel lo hace solo. La electricidad del motor mantiene los alimentos en la congeladora mientras los productos de la hacienda hacen gala en el platillo sobre la mesa. Es lo de menos. Si hay algo que a Miguel no le llama la menor atención, es comer.
Muy diferente es la reacción de los invitados y los turistas. Ellos se deleitan con los quesos frescos, el manjar blanco, la leche recién ordeñada o los frutos de la región. Tienen además la oportunidad de tomar la ambrosía —leche recién ordeñada con azúcar y alcohol— o de degustar carnes de la más alta calidad y horneados de la casa.
No sólo la tradición ata a Miguel a estas tierras. El Chaco ha sido generosos con él y ha podido disfrutar de hermosos paisajes que hoy comparte con los turistas. En la zona se han diseñado sendas de observación de flora y fauna, así como visitas guiadas a las tierras guaraníes y a los pueblos cercanos.
Sin embargo, el mayor atractivo es el trabajo ganadero. A primera hora de la mañana, el visitante puede hacer el recorrido desde la ordeña, pasando por el marcado, el engorde, la vacunación, la limpieza y el faenado de las vacas. Las emociones despiertan al ver a los intrépidos vaqueros montando a caballo y lazando a las reses.
Miguel está acostumbrado a todas esas labores y pasa largas temporadas en Itaguazurenda para supervisar no sólo el trabajo productivo, sino los avances en otro tipo de desarrollo en la región.
Tal es el caso, por ejemplo, del saneamiento de tierras. Los guaraníes de la zona estuvieron sumergidos en un proceso de cuatro años para obtener el título de Tierra Comunitaria de Origen (TCO) en el Isosog. Los ganaderos de la zona estuvieron involucrados en el tema y entre las actividades, Itaguazurenda organizó allí un día de campo para que los representantes de 17 comunidades conocieran el trabajo que se desarrolla.
Fueron más de 110 personas las que se reunieron por un día y medio para ver los procesos productivos y turísticos. Surgió entonces la idea de implementar microempresas de artesanía y crear fuentes alternativas de trabajo. Las relaciones entre los originarios y Miguel mejoraron de tal forma que las visitas a las comunidades no sólo son un atractivo para el turista, sino una actividad rentable para quienes habitan la zona. “El objetivo es salir juntos de la pobreza sin hacer a la gente dependiente, sino permitiendo que los comunarios apuesten por sí mismos”.
La honradez de los guaraníes cuando pelearon por sus derechos frente al Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) marcó fuertemente a Miguel, quien ve en estos pueblos un ejemplo para crecer y comprometerse.
Por ello el ganadero ha cedido un terreno para la investigación. Carlos Zambrano Ovando es director de la Estación Experimental Miguel Gutiérrez Velasco (nombrado así en honor del padre de don Miguelito) y trabaja en proyectos de capacitación con la gente de la zona en conocimientos técnicos del agricultor, la producción de semilla competitiva, la captación de agua y otras áreas similares para aprovechar al máximo las potencialidades de la zona.
Pero sin duda, la idea predilecta en la actualidad es el turismo. Una inversión de cerca de 950.000 dólares del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) más 500.000 de contraparte por parte de las estancias involucradas en el proyecto Haciendas del Chaco, hacen que la esperanza brille en la zona.
Las obras en servicios básicos, refacción y creación de infraestructura tienen ocupado a Miguel, quien regresa solo a Santa Cruz.
Esa soledad es aparente. Miguel tiene el apoyo constante de su familia, y cuando planifica la creación de un parque en la hacienda, lo hace pensando en que sus dos retoños jugarán en los mismos verdes campos en que él creció. “Mi esposa y mis hijas me fortalecen en las semanas enteras que paso lejos de casa”. Y pensando en retornar a los brazos de quienes lo aman, emprende otro de sus rutinarios viajes solitarios.