Ser viejo en Bolivia es una desgracia. Esta es una verdad del tamaño de una catedral que no necesita argumento para ser comprobada; basta mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta cuán poco le importa a la sociedad la llamada ´tercera edad´. Cierto que son pocos los que llegan a sobrepasar la barrera de los sesenta años, pero los que lo hacen sufren tanto, que con seguridad preferirían una muerte anticipada que les ahorre unos años de desprecio e indignidad. Me refiero, claro está, a la inmensa mayoría de nuestro país, no a los pocos que viven en un primer mundo ajeno al resto e incrustado en algunos enclaves urbanos de las grandes ciudades.
En las áreas rurales —ese espacio anclado en un tiempo pretérito y miserable— los viejos son tratados como desechos inservibles y sujetos a las peores discriminaciones e injusticias. La visión romántica del anciano venerable, respetado y escuchado por la comunidad del ayllu, es un invento de algún etnólogo de escritorio que nada tiene que ver con la realidad. Tanto en la pampa, como en los valles y los llanos, la escena del abuelo enfermo, arrinconado y abandonado en el fondo de alguna covacha se repite y lo único que cambia son las vestimentas y las lenguas con que se los insulta.
En las ciudades nos hemos acostumbrado al deplorable espectáculo de las infinitas, tristes y largas colas de los jubilados que bajo el sol abrasador del verano o sufriendo la inclemencia del frío invierno se forman para recibir la escuálida pensión con que el Estado retribuye el sacrificio de toda una vida. Sin embargo, éstos son los privilegiados en relación a los que no tienen nada. Si en el campo la situación de los viejos es patética, en las ciudades es sencillamente de espanto. Los que no han sido echados por sus parientes, viven del favor de los más jóvenes, recibiendo a diario el testimonio de su supuesta inutilidad. La calle suele ser el último refugio de los sobrevivientes, hasta que un día la parca se apiade y acabe con sus sufrimientos.
El Estado no sólo no se preocupa de la ancianidad, sino que arremete contra ella, consecuente con la práctica social. Cuando un gobierno anterior instituyó un bono universal para los mayores de sesenta años —rompiendo años de indiferencia— rápidamente primero se lo mediatizó y ahora se amenaza con su eliminación sin más trámite. El nuevo sistema de pensiones ha incrementado la edad de jubilación y no existen programas reales y efectivos de apoyo a los mayores.
Por contrapartida, los discursos oficiales y la hipocresía social, están repletos de frases rimbombantes, alegatos lacrimógenos y promesas extremas en relación a la ´sabiduría de los ancianos´, ´la importancia de la experiencia´, ´la herencia de los ancestros´, ´nuestros deberes para con nuestros mayores´, etc., en un ejercicio de esquizofrenia conductual que resulta francamente grotesco.
Cuando se observa toda esta cruda situación y se escuchan todas esas paradojas, uno piensa si una de las penitencias del infierno no será la de ser viejo en Bolivia. Nuestros constituyentes que en los últimos días se hallan debatiendo temas tan importantes como la carga de k\'encherio del cóndor en el escudo, podrían decirnos algo a este respecto.
*Ricardo Paz Ballivián es sociólogo y constitucionalista.
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