“Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición para nosotros” (Gal 3, 13) En las lecturas que la Iglesia propone en la Semana Santa para recordar y meditar el misterio de la Pascua hay expresiones que pueden dejar perplejo a más de un creyente, en unos casos por su difícil comprensión, en otros por su inquietante mensaje. En esta columna me propongo comentar algunas de esas “palabras difíciles”.
En el Evangelio de Lucas, a las mujeres de Jerusalén que lloran por él, Jesús, camino al Calvario, les dice “¿Si en el leño verde se hace esto, en el seco que no se hará?”2 (Lc 23,31). Probablemente Jesús se refiere a la motivación legal de su condena por Pilato: haberse proclamado “Rey de los Judíos”, que era más o menos “jefe de un movimiento terrorista antirromano”. Si bien Jesús rehusó ser proclamado mesías político, los jefes judíos presentaron hábilmente esa acusación, la única que garantizaba la pena capital para el acusado, aun cuando muchos de ellos eran simpatizantes o militantes de movimientos, como los Zelotes, que finalmente se levantaron contra Roma el año 66 DC con consecuencias trágicas para el pueblo judío. Por tanto Jesús probablemente quiso decir: “Si a mí, que no soy un jefe guerrillero, los Romanos hacen esto, ¿qué no harán a los verdaderos subversivos (el leño seco) cuando se alzarán en armas?”
Momentos antes de morir, relata Marcos, Jesús lanza el grito: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). No se trata, como muchos creen, de un grito de desesperación de un hombre justo, abandonado por Dios a su destino. Se trata, al contrario, de una oración conocida, el Salmo 22 (21), que, lejos de ser un grito de desesperación, es un canto de confianza en Dios de un hombre aparentemente derrotado por las fuerzas del mal, pero que, por su obediencia y fidelidad en la prueba, recibe una salvación inesperada y definitiva. En suma, Jesús parece decirnos: “Si quieren entender lo que me está pasando, lo que estoy sintiendo en este momento, vayan a releer ese salmo”.
Pablo de Tarso, en sus cartas, medita el misterio de la muerte y resurrección de Jesús y utiliza expresiones chocantes para transmitir su comprensión de ese misterio.
En la Segunda Carta a los Corintios, Pablo escribe esta sorprendente frase: “A quien no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros” (2Co 5,21) y, de manera análoga afirma, en la Carta a los Gálatas: “Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición para nosotros” (Gal 3, 13). El pensamiento judío acerca del sufrimiento seguía relacionando directamente al dolor con el castigo divino, causado por el pecado personal o familiar. Por tanto, ver a Jesús morir en la cruz era para sus contemporáneos la “prueba” del castigo divino y del fracaso de su pretensión mesiánica. Para Jesús y sus discípulos, el Dios de la vida no castiga, sino que es el pecado que, en su irracionalidad, castiga indistintamente al pecador y al justo. Ahora bien, Pablo usa el lenguaje que comprenden sus contemporáneos para expresar esta verdad: Jesús derrotó al pecado en el momento en que respondió con perdón y amor a los intentos del mal para poner a prueba su confianza en la bondad y justicia del Padre.
*Francesco Zaratti es físico.
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