Cuando alguien me preguntó de qué equipo era, le tuve que confesar que del tigre, me miró con cierta compasión, e intuyó que yo era un inviable o que poseía una suerte de masoquismo por pertenecer a un equipo que, aunque tuvo pequeñas glorias, casi siempre pierde; claro que no descendió como otros, pero es usual que gane poco, que pocas veces esté en la cima. Es que para estar en las alturas, de lo que sea, hay que crear capital humano, como ese que crea la Tahuichi, pero que lamentablemente se pierde al momento en que esos chicos pasan al fútbol profesional. Si en algo tiene déficit Bolivia es en capital humano, y eso es más intenso en el fútbol, pues no vemos dónde están las escuelas de tradición de Bolívar, de Strongest, de Oriente, de Wilster, de Aurora. Los equipos no le dan importancia a la formación de jugadores en sus inferiores. Por eso cuando un “chico” de 21 ó 22 juega bien, los comentaristas dicen que ésa es una gran promesa del fútbol nacional, sin advertir que en Europa, Argentina u otros países, los jugadores se curten asistiendo a los campeonatos de las divisiones de los 9, 10, 11 o más años. La formación de ese capital humano no es valorizada en Bolivia. No tiene mucho sentido que la ley prohíba a más de 4 ó 5 extranjeros jugar al mismo tiempo en un equipo, eso no generará un buen fútbol.
Algunos intelectuales, como mi amigo René Zavaleta, eran antifútbol, pero otros, quizás los más, y está a la cabeza de Cachín Antezana y Fernando Mayorga, son futboleros a morir. Ellos me dan el aliciente para no quedar solo en estas estepas futboleras. Pero, lo que no siento es que del fútbol se saquen otras lecciones; en 1994 la identidad de los bolivianos no estaba en torno a la wiphala o los pueblos originarios, antes bien, estaba en derredor del equipo nacional. Cuando se pregunta a muchos jóvenes paceños sobre la identidad de un paceño, no saben cómo responder, pero muchos de ellos la identifican con Strongest y Bolívar. Por tanto, tras del fútbol, tras de esas instituciones, lo que hay es un gran capital cultural, ligado a la formación de identidades locales, regionales o de otro tipo. Por eso, el tigre en estos sus 99 años de vida, ya a un paso de la centuria, no sólo debería pensar en las 12 yardas, en un zaguero y un delantero, sino debería reflexionar en cómo ayudar a construir la paceñidad, en cómo podría contribuir a generar un movimiento cultural que apunte a valorar la identidad de los paceños. Pero, eso no se hace sólo con fútbol, pero éste es un capital de cien años que puede permitir dar un salto a crear cultura paceña, que puede dar paso a crear capital social de paceñidad. Pero, está claro que éste último no puede existir sin la creación de capital humano, sin la creación de escuelas, sin la penetración en los barrios paceños y, además, no podrá ser posible sin ver las experiencias de desarrollo cultural y barrial del Real Madrid, Barcelona o Boca Juniors. La identidad no es una cosa sólo de tierra adentro, sino que es una cuestión cultural moderna, pues implica la creación de una existencia competitiva en un mundo globalizado. Felicidades Tigre.
*Carlos Toranzo R. es economista y analista político.
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