Y pensar que se nos prometió un cambio total y profundo, una revolución cultural y moral, una honda transformación de la estructura política y social de nuestro país; mas, al parecer, nada de ello se ha de cumplir. ¿Será que una vez más fueron sólo promesas? Con mucha razón alguien dijo que en Bolivia todo pasa, pero, en definitiva, no pasa nada.
Lo cierto es que este Gobierno, con aires de redentor, no es más que lo mismo de siempre, aquello que tanto criticó; y quién sabe, hasta podría llegar a ser peor, pues recién ha pasado un año desde que asumió el poder y los casos de corrupción, negligencia y nepotismo retumban casi semanalmente en los medios de comunicación. Y no es que se trate de un complot urdido por las oligarquías cruceñas, como delira nuestro Primer Mandatario, sino que simplemente el Estado, nuestro Estado, sigue manejándose a base de las sórdidas y mezquinas prácticas del pasado. Es difícil, mejor dicho imposible, tratar de tapar el sol con un dedo. Lo que se hizo mal, se hizo mal y punto.
Pero bien, tampoco podemos ser muy rigurosos con el actual Gobierno y atribuirle la responsabilidad de que un buen número de sus militantes se dediquen a actividades ilegales, como vender avales políticos o financiar sus vacaciones en Cuba con recursos del tesoro nacional o, en fin, realizar otros tantos actos pérfidos y corruptos como los denunciados en el último tiempo.
La verdad es que los “inocentes” masistas y sus arrogantes seudointelectuales no consideraron algo muy importante a la hora de plantear sus teorías revolucionarias y propugnar un cambio que, para mí, no tiene ni pies ni cabeza. Ese algo importante es, pues, la invariable visión y el característico comportamiento que tenemos la mayoría de los bolivianos; o sea, el ser del boliviano que, vale decir, está rodeado de vicios y defectos que van desde el patológico irrespeto a la ley y al prójimo hasta la total falta de organización y disciplina en ciertos aspectos.
Desde luego, con esta afirmación no quiero decir que como sociedad estemos sufriendo una aguda decadencia de valores, tal cual sucede en algunos países del llamado primer mundo. No, amable lector, tanto usted como yo sabemos que los bolivianos tenemos grandes cualidades humanas que no se las puede desconocer, empero, hay también grandes falencias; y precisamente son estas falencias las que nos conducen a grandes problemas.
De hecho, para graficar un poco la exposición de ideas planteada líneas atrás, debo comentarle que en varias oportunidades reflexioné sobre cuán ineficiente, conflictivo, y por qué no decirlo, corrupto es nuestro Parlamento. Y en realidad arribé a la conclusión de que el Parlamento como tal no es el problema, debido a que es algo que carece de vida propia; es sólo un concepto abstracto, por así decirlo. En todo caso, son los parlamentarios, es decir, las personas que ostentan ese cargo, las ineptas, conflictivas y corruptas. Pero tampoco se reduce ahí el asunto, pues los congresales no surgen por generación espontánea en sus “curules”, ni tampoco aprenden sus malos hábitos en la plaza Murillo o en el hemiciclo, sino que su modo de actuar es un reflejo de los mismos patrones de conducta en el que se desenvuelve cotidianamente la sociedad boliviana. Esto queda más que demostrado con el hecho de que hasta el momento el foro congresal ha sufrido constantes renovaciones pero continúa sumergido en la misma lógica prebendal, deshonesta y oportunista. ¡Con indígenas y con socialistas la cosa sigue igual nomás!
Así pues, el punto central del cambio al que tanto aspiran los actuales gobernantes, no debe enfocarse ingenuamente en proscribir modelos económicos, ni tampoco en trastocar el sistema legal, reformar los símbolos patrios o erradicar nuestra dizque corrompida y perversa cultura occidental; éstas son simplemente soluciones superficiales, panaceas, incoherencias si vale el término. Más bien, lo que debe hacerse es crear una cultura de progreso basada en el potenciamiento de los más altos valores humanos; y eso sí, jamás pero jamás culpar al prójimo de nuestros defectos o crear chivos expiatorios para justificar nuestro infortunio, como erradamente se ha hecho hasta ahora.
Si Bolivia es un país subdesarrollado y que vive en un permanente estado de crisis, no es por causa de los “gringos”, de las transnacionales u otros. En todo caso, lo justo e hidalgo sería reconocer que la culpa de los aciagos momentos que vivimos es entera y absolutamente nuestra. Un principio universalmente reconocido es aquel que reza que cada persona labra su propio destino; y, señores, exactamente lo mismo, sucede con las naciones.
*Álvaro R. Munguía Romero es abogado.
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