Además de las impresionantes murallas de Cartagena y el tórrido mar Caribe, de la exquisita cortesía de los “paisas” de Medellín y de mis paseos —del brazo de mi mujer— por La Candelaria bogotana, lo cierto es que durante el IV Congreso de la Lengua Española, nos dimos un atracón literario y oratorio, con la presencia en Cartagena de García Márquez, Carlos Fuentes, Tomás Eloy Martínez, Muñoz Molina, y luego una corte de nombres consagrados —todos alojados en dos hoteles y topándonos en cada momento— como Skármeta, Angeles Mastreta, Aguilar Camín, Marcela Serrano, Cebrián, Roncagliolo, Ramírez y muchos más. Eso para mencionar a algunos novelistas, porque los lingüistas, empezando por el presidente de la Real Academia Española, García de la Concha, asistieron más de un centenar, que se dedicaron a desasnarnos al resto.
La asistencia de los reyes de España, siempre impecables, le dio un gran brillo a la cita que homenajeaba a Gabo, como, también, la aparición de Bill Clinton en el magnífico almuerzo para el Nobel, donde el ex presidente se despachó unas simpáticas palabras demostrando que lee libros y muchos. Horas antes habíamos oído, entusiasmados, a los grandes de la literatura actual y al propio García Márquez, que, aunque patológicamente tímido, se despachó una bella pieza oratoria sobre sus inicios literarios y su vía crucis financiera al lado de su amada Mercedes, que nunca hizo faltar la comida, en medio de una pobreza franciscana, hasta la llegada de Cien Años de Soledad. El presidente Uribe, sobrio, dejó la impresión que ya teníamos de él: un conductor nato, valiente, sin complejos, dedicado al resurgimiento de Colombia.
Si el muy merecido homenaje a García Márquez nos llenó de inmensas emociones, la visita a Colombia nos hizo pensar, por supuesto, en Bolivia. Finalmente, éramos unos pocos bolivianos invitados que lo mirábamos todo. A mí, personalmente, me sorprendió la recuperación de los colombianos, su deseo de salir adelante pese a sus desventuras internas. Me llamó la atención el orgullo que sienten por su patria y su inmenso deseo de reivindicarla ante el mundo.
Medellín, una ciudad que sólo se la citaba por las andanzas del narcotraficante Pablo Escobar y por los sicarios a sueldo o los golpes de mano de la guerrilla, tiene gente incomparable, decidida a borrar todo vestigio de crimen y descrédito en su ciudad y en su patria. Legiones de muchachos y hermosas muchachas colaboraron en los eventos culturales, como cientos y cientos colmaron las salas de conferencias en Cartagena. La juventud se identificó portando camisetas que decían: “Hablamos español”, “Todos leemos”, “La lengua nos une” y lemas por el estilo. Ciertamente, nos encontramos con una nación culta, inquieta por los libros y los autores, con gente de buena estirpe, que, pese al sufrimiento de cuatro o más décadas de guerra interna, ama la vida.
Desde la llegada al aeropuerto bogotano — como sucede en Lima también— ya se ve que uno está en otro planeta. Treinta aviones o más de todas partes del mundo, que están en las plataformas, dan la pauta del movimiento comercial y turístico en Colombia. Y desde el aire, con sólo ver los miles de viveros de flores cercanos a Bogotá —sólo flores—, se entiende el porqué de las exportaciones colombianas y de su 6,8 por ciento de crecimiento económico durante el año pasado.
Y bueno, leer los periódicos y hablar con las personas, hacen ver a las claras que Colombia va saliendo adelante sin pausa alguna. No se lee ni se oye hablar de otra cosa que no sea buscar el bienestar. Ni siquiera la guerrilla de las FARC —que es la más enconada— interrumpe el ritmo del país. Ahí no existen ni paros, ni menos bloqueos, ni gente que huye hacia Europa, ni bellacos, ni demagogos. Álvaro Uribe es un mandatario serio, que le dedica todo su tiempo a gobernar, y que, pese a su proximidad con los autócratas viejos y nuevos, no es hijito de ninguno ni menos está obligado a imitarlos. Eso más aprendimos de Colombia además de aplaudir a Gabo.
*Manfredo Kempff Suárez es escritor y diplomático.
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