El escritor Stefan Zweig alerta sobre los males que puede acarrearle la impaciencia del corazón a los humanos anhelos de felicidad. Y aunque otro autor, esta vez poeta, nos dijo que “Paciencia tuvo Cristo, y lo mataron”, parece ser que la impaciencia va a contramano de la prudencia, decisiones sensatas y logros seguros. Si en asuntos del corazón la impaciencia nos juega esas malas pasadas, imaginen las que nos juega en política.
La semana pasada, producto de la impaciencia y la intolerancia durante el Encuentro Territorial de la Asamblea Constituyente en Santa Cruz, hubo desencuentros y malos encuentros, cuyos no-resultados nos dañan a todos por igual y de inmediato.
Administramos de mala manera nuestras diferencias, diciendo que queremos resolverlas, pero saltándonos uno de los pasos imprescindibles para llegar a ese deseo: dialogar. Y escucharnos… En un acto de loco homenaje a la impaciencia, reconocemos nuestras diferencias pero queremos, sobre el pucho, que desaparezcan, a cuenta de cargarse del lado de nuestras posiciones, claro.
En el asunto de la descentralización, por ejemplo, una voz tan sensata como la de María Teresa Zegada nos dice, una y otra vez, que su trabajo sistemático de recopilación y análisis de las propuestas sobre descentralización en agenda le muestran que todas abominan del centralismo; quieren descentralización, mientras más profunda, mejor; parten de lo que ya está reconocido en la actual Constitución respecto a nuestra condición multiétnica y pluricultural, y reconocen la necesidad de reformar el reordenamiento territorial y lo que esto implica en lo administrativo, jurídico e institucional (Ventana Ciudadana, marzo 2007). El otro asunto la pregunta del millón ¿Cómo? Parece que seguir la discusión por los nombres o etiquetas no ayuda mucho, entonces ¿por qué no seguir tratando de responder a esa preguntita?
De la impaciencia salieron dos engendros: la Coordinadora Nacional para el Cambio y los delegados prefecturales, que ahora tienen nombre y apellido, pero no funciones ni recursos ni normas de funcionamiento, más allá de que deberían hacer lo que hasta hoy no pueden, aunque deberían, el Presidente y los prefectos: coordinar y ejecutar políticas de Estado desde sus respectivas competencias y ámbito de mandato territorial. La impaciencia, esa mala consejera, viene de varios lados y está metiéndonos en sacos ajenos.
Es la misma impaciencia la que, de tanto exigir, está terminando por agostar nuestro ejercicio democrático. En un loco afán (falso afán, dirían en Sucre) queremos eliminar de golpe y por acto de magia nuestras diferencias y confrontaciones, mientras el mundo a nuestro alrededor se polariza y lo resuelve o al menos, sabiamente “huye hacia delante” como México (¿recuerdan los resultados de las últimas elecciones y el bollo 50 a 50 que se armó?), Estados Unidos (¿y las maquinitas sospechosas que le dieron una sospechosa victoria al señor Bush?) e Italia (van por no se qué número de primer ministro depuesto).
La impaciencia nos hace olvidar que de las diferencias no tienen que salir desastres, sino un impulso para ponernos de acuerdo en cosas mínimas: que históricamente y desde varias regiones del país no queremos más centralismo en el Gobierno por ejemplo.
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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