A los pocos días de caer el ominoso muro de Berlín (1989) tuve la oportunidad de visitar Alemania, con especial interés en la que, hasta entonces, llamábamos “del Este”. Una de las visitas que más me impresionó fue al centro de la Policía política (Stasi) de la ciudad de Schverin (Meklemburgo-Pomeramia). Allí tenían fichados a todos los habitantes con sus datos personales, más otras informaciones, también de la vida privada, que podían servir incluso para someterlas a chantajes ignominiosos. Se daban casos frecuentes de personas que no comulgaban con el partido comunista y que aceptaban tareas aparentemente inocuas en sí mismas pero que, sin que esas personas pudieran sospecharlo, eran involucradas entre los colaboracionistas del sistema. Por medio de este vil procedimiento las tenían agarradas del cogote si era necesario para objetivos ignominiosos del partido. Una prueba más de la violación de la privacidad, propia de los sistemas totalitarios.
No quisiera de ningún modo formular el juicio temerario de que esto mismo es lo que se propone la digitalización nocturna de los documentos de identidad de la que nos hablan los medios de comunicación social de Bolivia. El Gobierno afirma que se trata de proporcionar lo antes posible la cédula de identidad gratuita (“carnetización” ¡qué palabra tan malsonante que huele a carnicería...!) a los muchos que carecen de carnet. Si es así, no hay nada que objetar sino todo lo contrario. Lo malo es que esta labor, cuyo material de trabajo es información reservada, se haga fuera de la Dirección de Identificación Personal, que es patrimonio de la Policía, a espaldas de la Corte Nacional Electoral y, para acabarlo de agriar, que sea financiado por el “todoterreno” Hugo Chávez, experto en el arte del fraude electoral, precisamente, por medios electrónicos. No es fácil apartar del pensamiento la posible aplicación en Bolivia del sistema de computación que se utilizó en Venezuela para garantizar la victoria electoral del demagogo paracaidista, pues ese país es el que financia. Y no sólo para aumentar sufragios más que ciudadanos, sino también se utilizó para identificar, por medios cibernéticos, a los funcionarios públicos que habían tenido la sinceridad de votar en contra del caudillo. Esos funcionarios fueron puestos de patitas en la calle, quizá para demostrar que en Venezuela se respeta la libertad de pensamiento y el secreto del sufragio.
Para hacer más inquietante la tarea de la digitalización, hay que mencionar que se llega a cabo por la noche. La nocturnidad constituye una circunstancia que, en la legislación penal, constituye una agravante. Desde que se denunció esa operación nocturna, lo primero que se le vino a la mente del ciudadano común fue la sospecha de que se está preparando el fraude electrónico para las elecciones del 2008. Si esta hipótesis fuera realidad, con una maquinaria para producir documentos de identidad, manejada por personas contratadas especialmente por un partido político, se puede multiplicar por “n” el número de veces que la misma persona podrá votar. Con esta maquinita, hasta Ud. o yo podríamos ganar unas elecciones, por goleada. Es pues necesario que este asunto quede transparente.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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