El río Madera siempre estuvo lejos, en el corazón del continente, perdido en lo más profundo de sus selvas. Se mantuvo lejano para las huestes del Inca que bajó penosamente el Amarumayo (Madre de Dios) y alcanzó posiblemente a conocer sus nacientes, como para las decenas de expediciones españolas que desde La Paz, Cochabamba y Santa Cruz buscaron El Dorado en nuestra actual Amazonía. Nunca lo encontraron, ni llegaron al Madera. Los pueblos de las pampas y selvas mantuvieron su vida tranquila por muchos años más, mientras los españoles se posesionaron en los Andes.
En el siglo XVIII nuestra única presencia en la Amazonía fue la de las misiones jesuíticas de Mojos, que en más de un sentido constituyen un antecedente del actual proceso autonómico. Uno de sus miembros, el padre Hirschko, llegó hasta la confluencia de los ríos Mamoré y Beni, exploró las nacientes del Madera, subió el Beni hasta su confluencia con el Madre de Dios y fijó su posición. Fue el primero en hacerlo. Nunca antes un ciudadano de la Audiencia de Charcas había llegado tan lejos.
La hazaña aparece un tanto menguada cuando el propio misionero constató que el Madera, el Mamoré y el Iténez ya constituían una vía de penetración portuguesa tanto para sus propios colegas jesuitas como, especialmente, para el comercio con Cuiabá y otras poblaciones auríferas del Mato Grosso. Eran poblaciones de bandeirantes. Aquellos míticos emigrantes paulistas que llevaron sus fronteras desde la costa atlántica hasta el centro mismo del continente desde Colombia hasta la Argentina, pasando por las tierras bajas de Charcas.
Como es bien sabido, los bandeirantes presionaron sobre nuestras fronteras del Iténez. Los mojeños, indígenas y jesuitas, defendieron su territorio con gran esfuerzo militar y económico. Cuando finalmente la Audiencia de Charcas determinó el envío de tropas a esta alejada frontera, éstas terminaron expulsando … a los jesuitas.
Tal una imagen del origen del antiguo drama de nuestras relaciones con el Brasil. Un drama común en todo el continente con dos tendencias en relación a los territorios interiores. Por una parte, la de las colonias españolas enclavadas en los Andes, ignorantes de la geografía de sus tierras bajas y displicentes con sus moradores. Por otra, las portuguesas, que avanzaron siempre hacia el oeste con todos sus recursos estatales y civiles, militares y diplomáticos. Su premisa fue la conquista de los espacios vacíos, de las fronteras móviles, de los vecinos débiles, porque en ellos estaban los recursos que requería su desarrollo.
En el siglo XIX se creó la República. Heredamos los territorios de Charcas y en ellos, dilatados espacios en la Amazonía protegidos por la dudosa eficiencia de un Uti Posidetis ambiguo (Véase la tesis de Ramiro Paz al respecto). A principios de ese siglo el paceño Agustín Palacios llegó donde había llegado el padre Hirschko en el Madera, todavía muy lejos de nuestra teórica frontera al norte.
Tan interesados nos mostramos por estos espacios que ni siquiera les pusimos un nombre. Nunca supimos cómo se llamaban los territorios al norte del departamento del Beni cuando éste fue creado en 1842, ni cuando se publicó el primer mapa oficial de Bolivia durante el gobierno de Linares en 1859, ni cuando Melgarejo cedió esos territorios al Brasil en 1863, dejando en el abandono a los pocos bolivianos establecidos en las riberas del Madera o que comerciaban precariamente ya en esa época desde Trinidad con el Amazonas.
A los territorios que quedaron le pusieron nombre los emigrantes brasileños que llegaron allí atraídos por la goma mucho antes que los nuestros. Se llamó Acre. También lo perdimos. De la fragorosa campaña del Acre, cuya historia, como la de toda la región amazónica está todavía por hacerse, me permito evocar sólo un pasaje. El del asombro del presidente Pando cuando encabezando el ejército llegó al escenario del conflicto para enfrentar en combate a los revolucionarios (valga recordar que la guerra no fue contra el ejército brasileño), con el antecedente de que las incursiones previas del ejército nacional, pese a sus limitaciones, habían sido eficaces. Recibió entonces la noticia de que el conflicto ya se había zanjado por la vía diplomática y debía regresar. Posiblemente comprendió como pocos a los jesuitas de Mojos.
Cuando se firmó el Tratado de Petrópolis en 1903, éste establecía que como parte de las compensaciones por el territorio boliviano, el Brasil se obligaba a construir un ferrocarril, naturalmente en su territorio, para facilitar el tránsito de la goma boliviana por las cachuelas del Madera. Apenas estrenado, los precios internacionales de la goma cayeron al punto de quebrar esta industria y clausurar la vía.
Como fuere, el hecho es que en las riberas del Madera perdimos, en conjunto, casi 440.000 kilómetros cuadrados de territorio. La desmembración más grande en superficie de todas las que sufrimos. Pero sigue siendo un dato marginal de nuestra historia. El río Madera sigue lejos.
*Jorge Cortés Rodríguez es historiador.
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