El reciente homenaje efectuado en Calama por las Fuerzas Armadas chilenas a nuestro héroe, don Eduardo Abaroa, ha provocado un fuerte entusiasmo en las esferas gubernamentales a favor de un pronto restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Chile.
Es evidente que el único modo de obtener una salida al mar propia y soberana para el país, es mediante una negociación franca y amistosa con Chile. La experiencia ha demostrado que las resoluciones de la OEA, o las palabras de apoyo del Secretario General de la ONU o de los primeros mandatarios de los distintos países del continente americano, sólo sirven para que Chile no se olvide que existe el problema marítimo nacional, pero no pueden obligarle a solucionarlo.
Pero es menester recalcar que no es necesario para tratar la cuestión marítima con Chile, restablecer las relaciones diplomáticas suspendidas desde el fracaso de la negociación iniciada en Charaña, en marzo de 1978. Actualmente, mantenemos muy cordiales relaciones con ese país, y un fluido comercio. Por lo tanto, el restablecerlas no aumentará en nada la capacidad negociadora de nuestro país sobre la cuestión marítima.
Cabe destacar que la relación diplomática con Chile está íntimamente ligada con el problema marítimo nacional desde hace cuatro décadas, cuando se produjo la ruptura de relaciones por el desvío del río Lauca y por la negativa chilena a tratar dicho problema. Desde esa época, para llegar a una reanudación de relaciones diplomáticas, todos los gobiernos que se sucedieron a partir de 1962, fecha de la ruptura, asumieron el compromiso de exigir a Chile el previo tratamiento del tema.
Siguiendo esa corriente que ya se hizo tradicional, el restablecimiento diplomático determinado en el Acta de Charaña de 1975, tuvo como base el acuerdo de negociar la adquisición de una costa marítima. Y precisamente allí se vio lo inconveniente que fue haber tomado tal determinación, porque cuando el gobierno de entonces consideró que las negociaciones respectivas se habían estancado, estimó pertinente suspenderlas nuevamente.
Es importante señalar al respecto, que el gobierno del general Pinochet no había exigido la reanudación de relaciones diplomáticas para estudiar la cuestión marítima. Fue el gobierno de Banzer quien, embargado de un ingenuo entusiasmo, se precipitó en proponer el restablecimiento pleno de esas relaciones. Recordando ese hecho, el propio general Banzer confesó públicamente que él había sido quien lo propuso al presidente chileno. Y el comentario de Pinochet, muy sincero, fue el siguiente: “Tenemos que encontrar una solución para que no me hagan a mí una estatua y a usted lo ahorquen”.
El haber restablecido las relaciones sólo perjudicó a las negociaciones que se iniciaron en Charaña. El gobierno quedó muy presionado por la opinión pública nacional que exigía resultados concretos y a la mayor brevedad posible. Y durante los tres años que duró la negociación, el gobierno de Banzer vivió una verdadera pesadilla. Es por ello que intempestivamente y sin ninguna razón valedera, éste se apresuró en romper nuevamente las relaciones y dar con ello fin a la negociación más importante que se llevó a cabo sobre la cuestión marítima, en todo el siglo pasado. Si la negociación de Charaña se hubiese efectuado sin presiones y sin las acerbas críticas de la oposición, todo ello por culpa de la reanudación de relaciones, quizás en este momento Bolivia estuviese contando con la anhelada salida al mar.
Hay que tomar en cuenta además, que la ruptura de relaciones entre Bolivia y Chile se ha convertido en un símbolo para el ámbito internacional, porque es una prueba de que en este sector del continente americano todavía existen dos países que mantienen una situación injusta que afecta grandemente a una de las partes; situación que la comunidad internacional tiene la obligación de cooperar en su arreglo.
En consecuencia, debemos mantener una relación amistosa con Chile, sin precipitaciones ni entusiasmos infantiles, insistiendo permanentemente en la cuestión marítima, para que en un tiempo no lejano lleguemos a solucionar dignamente ese magno problema nacional.
*Ramiro Prudencio Lizón es diplomático e historiador.
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