En los años 20, este estadounidense asaltó un tren en Potosí con la banda Los Smithies. Luego de siete años en la cárcel, se casó con una chola. Su familia se enteró de su pasado en ESCAPE.
Texto: Javier Badani Ruiz • Fotos: Juan Carlos Ditmeyer
Petrificado. Así se sintió Juan Carlos Ditmeyer Paredes el domingo 11 de marzo tras concluir la lectura del reportaje Los Smithies. Forajidos del western boliviano, publicado en esta revista.
La nota periodística rescata la historia de tres bandoleros extranjeros que al mejor estilo del far west estadounidense asaltaron en 1922 un tren que transportaba una remesa de 100.000 bolivianos. La locomotora se dirigía desde la localidad de Uyuni (Potosí) hasta el campamento minero de Pulacayo.
Dicho evento, que años después fue investigado por el historiador estadounidense Daniel Buck, formó parte de la trama de Los Andes no creen en Dios, el más reciente largometraje del cineasta paceño Antonio Eguino, que todavía se proyecta en las salas del país.
Adolf Ditmeyer es uno de los pistoleros mencionados en el reportaje de ESCAPE. En la nota se da cuenta de que luego de pasar varios años en una prisión potosina, el ciudadano estadounidense decidió reiniciar su vida en Bolivia.
Y para ello, Ditmeyer —que se enamoró en la localidad paceña de Viacha de una chola potosina y murió en La Paz en 1972— decidió esconder a sus nuevas amistades y familiares bolivianos todo vestigio de su pasado criminal.
Luego de 83 años, Juan Carlos, al igual que el resto de la familia Ditmeyer, descubrió en las páginas de esta revista el pasado que “el abuelo” ocultó hasta su muerte. A manera de retribución, este paceño de 46 años desempolvó la vida en Bolivia del estadounidense tras pagar su deuda ante la sociedad.
Dos vidas sin pasado El auge de la plata y del estaño atrajeron a comienzos del siglo XX a Oruro y Potosí a centenares de aventureros de todo el mundo. Entre ellos se hallaban los norteamericanos John Smith, Adolf Ditmeyer y el inglés Fred Hope, quienes asaltaron en 1922 la remesa de la empresa Huanchaca.
Los “gringos”, conocidos como Los Smithies, fueron capturados días después del robo cerca de la frontera con Argentina. Llevaban consigo 85.000 bolivianos, tal y como publicó El Diario el 22 de abril.
Los bandoleros pasaron siete años en la prisión de Uyuni acusados de robo. Una vez recuperada la libertad, Hope y Smith retornaron a Estados Unidos. Su compañero Adolf Ditmeyer, en cambio, encaminó sus pasos hasta Viacha, donde logró un puesto como calcinador en la fábrica de cemento de esa localidad paceña.
Allí también arribó la adolescente Teodosia Moreira quien, al igual que Ditmeyer, buscaba olvidar su pasado. Originaria de la población quechua de Arampampa (Potosí), la joven fue obligada a dejar su comunidad debido a que a sus 14 años era madre soltera.
“Mi abuela era hermosa y orgullosa de sus polleras. Creo que eso cautivó a mi abuelo —quien para entonces era llamado Adolfo—”, explica Juan Carlos Ditmeyer.
Pronto las miradas del “gringo” treintañero de raíces alemanas se centraron en la belleza indígena de Teodosia, quien trabajaba como empleada doméstica.
En los años 30, luego de enamorar por unos meses, ambos decidieron casarse. Ditmeyer reconoció como suyo al hijo de Moreira.
“Imagínate un gringo cowboy casado con una potola de polleras. Fue un hecho que llamó la atención de la sociedad y rompió varios paradigmas de aquella época que aún hoy en día están vigentes”, analiza el nieto de Ditmeyer.
La llamativa pareja —que no tuvo más hijos— permaneció en Viacha por 30 años. Luego se trasladó a Cochabamba y finalmente se estableció en la ciudad de La Paz.
El fanático de las sopas Todos los días, a las 5.00, Teodosia Moreira de Ditmeyer iniciaba en la cocina la preparación de la única manía de su esposo: las sopas. Ya sea wallak’e, chairo o lagua, nunca faltaba en la mesa de esta familia un sabroso plato de sopa caliente.
Mientras Moreira experimentaba en la cocina, Adolfo Ditmeyer y su hijo, Armando, trabajaban en la fabricación de zapatos y muebles para su hogar, que se hallaba en una modesta casa de la populosa calle Isaac Tamayo, en La Paz.
Jubilado de la fábrica de cemento de Viacha, Adolfo Ditmeyer no pasaba un día sin realizar alguna actividad, a pesar de que vivía atormentado tanto por sus dolores físicos como por su pasado.
Ni siquiera su hijo, Armando Ditmeyer Méndez, pudo romper el silencio de su padre. Muerto el 2001, el descendiente de este ciudadano estadounidense tuvo cinco hijos, uno de los cuales falleció. En la actualidad, tres de los hermanos se hallan en el exterior y en el país sólo queda Juan Carlos.
“Cuando éramos jóvenes (los nietos) no entendíamos, por ejemplo, por qué él rechazaba la idea de que cualquiera de nosotros viaje a Estados Unidos. La única explicación que nos daba mi abuelo Adolfo sobre su llegada al país era que había venido como un aventurero con el deseo de conocer Sudamérica y que se quedó por amor”.
Es más, “cuando falleció, en julio de 1972, no sabíamos a quién comunicarlo en ese país. Nunca conocimos ni nos contó nada sobre su familia”, lamenta Juan Carlos.
Sin embargo, la investigación del historiador estadounidense Daniel Buck —quien descubrió la historia de Los Smithies durante un estudio sobre el paso de los famosos pistoleros Butch Cassidy y The Sundance Kid en Bolivia— concluyó que Ditmeyer contaba con una hermana en Missouri.
Desde Estados Unidos, E. Wilson, como firmaba sus cartas en los años 20, intentó por varios años la liberación de su hermano.
A través de misivas dirigidas a funcionarios de su gobierno en su país como en Bolivia, Wilson se quejó del mal trato que Ditmeyer recibía en la prisión potosina.
“Mi hermano es inocente y está confinado en una cárcel que no tiene camas ni comida para los prisioneros”, escribió en 1924. A pesar de ello, Adolf Ditmeyer nunca mencionó en Bolivia nada sobre la existencia de una hermana.
“Nunca habló en inglés ni buscó registrar a su familia como ciudadanos estadounidenses”, señala Juan Carlos, padre de tres hijos.
“Ahora voy a poder completar la historia del abuelo para mis hijos. Claro que nunca imaginé que tendría que contarles la historia de un verdadero cowboy”, ironiza el ingeniero electrónico paceño.
Juan Carlos es consciente, sin embargo, que la crónica de Adolf Ditmeyer no es completa sin la presencia de Teodosia Moreira, la chola potosina que a pesar de las miradas ofensivas nunca soltó la mano de “su gringo” ni dejó de lucir sus coloridas polleras.