Invisibilizadas porque en su mayoría no son maderables, cerca de 10 millones de hectáreas de área forestal peligran. La solución la tienen comunidades que hoy trabajan en su manejo.
Texto: Miguel Vargas Saldías • Fotos: Probona
No existían. Hasta 1992, los bosques nativos andinos no figuraban en los mapas forestales de Bolivia. Quizá porque en su mayoría no son maderables, el término “bosque” parecía no encajar con el paisaje de los Andes. Sin embargo, hoy se tiene la conciencia de que no sólo existen, sino que están en peligro.
¿Qué es un bosque? Se trata de comunidades complejas de seres vivos, microorganismos, vegetales y animales, que se influyen y relacionan en torno al ambiente dominante de los árboles. Las especies que las conforman dependen del clima y el tipo de suelo.
Los bosques nativos andinos llevan este nombre justamente porque se encuentran sobre la Cordillera de los Andes, que atraviesa varios países del continente. Para identificarla mejor, se considera que un área forestal es andina cuando está sobre los 700 metros de altura sobre la cordillera. En Bolivia son unos 10 millones de hectáreas de los 48 millones de bosques del país. Es decir, la quinta parte de toda el área forestal.
Con tan grandes extensiones, ¿por qué se ha omitido la importancia de esta floresta? Algunas respuestas las tiene Ximena Aramayo Cuenca, coordinadora general del Programa de Bosques Nativos y Agroecosistemas Andina (Probona) en Bolivia. “El uso ha diezmado estos sitios a pequeños reductos, donde los bosques tienen distintas características a las de la Amazonía. Sin embargo, son la base de subsistencia de las poblaciones humanas porque les brindan una serie de bienes y servicios ambientales tales como madera para la construcción, leña para cocinar y forraje para el ganado; asimismo, protegen las cabeceras de cuenca, el suelo de la erosión y aprovisionan de agua a las comunidades y ciudades circundantes”, explica Aramayo.
Con el 60 por ciento de la población de Bolivia habitando en la región andina, la presión ejercida sobre estos bosques nativos y otros recursos dependientes de estos ecosistemas, así como la degradación y la desaparición de estas arboledas, son una amenaza real.
¿Por qué cuidar los bosques? La desaparición de un árbol no sólo involucra al espécimen, sino a todo su entorno. Con él se van los ecosistemas que albergaba y afecta a los pueblos que lo rodean.
Aramayo tiene varios motivos para explicar la importancia de la floresta. “Con la cantidad de pendientes en el área andina, quitar la cobertura vegetal puede provocar una serie de deslizamientos e inundaciones, pues con la erosión del suelo los bosques se convierten en zonas muy sensibles a los fenómenos climáticos”.
Ni hablar de los ecosistemas. En Yungas, por ejemplo, está una de las zonas con mayor biodiversidad del mundo, con gran concentración de especies, muchas de las cuales aún no fueron estudiadas.
La obtención de frutos, la recolección de leña para cocinar o la construcción son importantes para la economía de los pueblos, sin embargo, su valor no es registrado.
También se tienen usos culturales. Muchos pueblos sacan de allí fibras naturales, así como medicinas ancestrales. Como tampoco se contabiliza su valía, muchos pobladores creen que son sitios innecesarios, que sirven en cuanto a la posibilidad de cultivar sus suelos.
Por ello, en los 13 años de Probona —programa financiado por Cosude y ejecutado por la Fundación Suiza Intercoperation— el principal objetivo fue apoyar la conservación y manejo sostenible de los bosques andinos y aportar al diálogo político sobre la materia en Ecuador, Perú y Bolivia. De esta forma se consiguió la participación activa de las comunidades, siendo la conservación un asunto que comprometa a cada persona y a las comunidades desde su propia legislación y economía.
Diversidad en las alturas Son seis los tipos de bosque que fueron identificados en el país. En la parte más alta, seca y fría están la Puna, dominio de cóndores y montañas. Allí, árboles pequeños como la kiswara, la keñua y la kewiña reinaban el paisaje hasta que el uso de la leña fue quitándole espacio. Hoy apenas se ven algunas concentraciones en las faldas de los cerros.
En segundo lugar está la Prepuna, cuyos paisajes resguardan árboles como el palqui, los churquis, el algarrobo y el cari; albergue de varias especies de animales. Los Bosques Secos Interandinos, en cambio, se caracterizan por cactus gigantes, como el caraparí, y especies como la jarca, soto, tarco y molle. Esta área es muy presionada por la agricultura y ganadería.
El Chaco serrano, hogar de chanchos de monte, ñandús y osos bandera, alberga a lapachos, quebrachos, tajibos y cebiles. Mientras, el Bosque Tucumano Boliviano ostenta un clima cálido y vegetación tupida donde cohabitan el aliso, el pino de monte, el tajibo, el cedro y el nogal. Finalmente está la región de los Yungas, con una gran biodiversidad en torno de laureles, helechos y cori cori.
Son 13 años que Probona trabaja directamente con las comunidades para que cada quien se apropie de sus bosques y se esfuerce en mantenerlo y aprovecharlo de forma sostenible. “No puedes pedirle a alguien que no toque los árboles cuando lo que tiene es hambre”, sostiene Aramayo. De esta forma, el programa partió de incorporar el concepto de árbol en el campesino, hasta un cambio de enfoque en que se busca el manejo integral de los bosques.
Experiencias en este sentido hay varias. “Es importante ver al bosque dentro del sistema productivo de la comunidad. Por ello se planteó el canje ecológico para dejar de presionar a la floresta, pues había que plantear una alternativa que no sea dañina para el bosque, como la producción de miel, actividad económica que es ecológica y beneficia a la gente”.
Experiencias de este tipo se han vivido en diversas regiones. De muestra, un botón. En Villa Serrano, en la provincia Belisario Boero del departamento de Chuquisaca, los pobladores trabajaron en la formulación de normativas comunales para el manejo de bosques.
46 comunidades homologaron esta legislación a través del municipio y la Superintendencia de Medio Ambiente de Chuquisaca, creando un mecanismo de control cruzado entre la comunidad y el municipio, reconocido por el Gobierno. Así, el árbol pasó a ser un asunto de todos, donde su conservación y manejo no sólo beneficia al planeta, sino a cada bolsillo.