Por curioso que parezca, dadas las características de magna y de originaria, de la Asamblea Constituyente, ésta, en los hechos, no puede cambiar un montón de cosas a riesgo de naufragar en medio de las borrascas regionales.
Es el caso de la sede de gobierno que, ya se ha dicho, no puede moverse de La Paz, sencillamente porque Bolivia no puede darse el lujo de gastar dos mil millones de dólares sólo porque a los chuquis se les ocurrió que debíamos, todos nosotros con nuestra plata, construirles una nueva ciudad.
Ya La Paz dijo su palabra: el tema ni se tocará en la Constituyente porque, de hacerlo, los representantes del departamento más poblado del país se retirarían y sin La Paz, sencillamente, no habrá Constituyente.
Lo propio ocurriría si alguien quisiera cambiar el nombre del país, los colores de la bandera, el escudo nacional, etc. E incluso si alguien quisiera crear nuevos departamentos, por más de que la mayor parte de los habitantes de esas tierras quieran el derecho a la autodeterminación.
A cada cambio de este tipo se antepone el chantaje de otro cambio que afecta al primero. Es el caso del hipotético traslado de la sede de gobierno. Las élites de la “media luna” saben que es imposible, pero encontraron una consigna con la que amenazar a los paceños para que éstos no apoyen, por ejemplo, la creación del décimo departamento que, de darse, les dejaría “más yesca que camba después del carnaval” (como dice un primo mío cruceño). Y aquí cada quien cuenta la historia a su modo. Los que gritaban al comenzar la Constituyente “nueve departamentos entramos y nueve saldremos de la Asamblea” no tienen problema en decir “con una sede de gobierno entramos, con otra saldremos”. Doble moral se llama.
Por otra parte, en el caso de Sucre, ir a pedir a los prefectos de Santa Cruz, Tarija, Beni y Pando, que apoyaran el cambio de la sede fue ir a solicitar el beso de la muerte, porque occidente (no sólo La Paz) tiene una gran sensibilidad sobre lo que propone lo que se denomina la derecha y ni qué hablar de los militantes del MAS. Fue una jugada torpe de los dirigentes de Chuquisaca.
En resumen, la Asamblea Constituyente no debe cambiar nada de lo formal para poder sobrevivir. Y el Movimiento al Socialismo lo sabe tan bien que ha acuñado un típico silogismo altoperuano: “No apoyamos ni nos oponemos a que Sucre concentre los tres poderes del Estado, tan sólo que el tema no se tratará”. Y listo, a discutir otras cosas.
Claro, todavía habrá pataleos porque es parte de nuestra naturaleza la negociación permanente. Los dirigentes de Sucre tratarán de que se les dé el “premio consuelo” de la sede del Poder Legislativo y sino, por lo menos que el Estado les dé aereopuerto, etc. Los chaqueños tratarán de conseguir otro tipo de compensaciones y la derecha del Oriente pretenderá que la Asamblea no concluya para poder aplicar el concepto de autonomía que ellos plantean, de facto.
Difícil viene la mano, pero los bolivianos hemos salido de entreveros más agudos. Como escuché decir en la presentación del Informe del Desarrollo Humano de la PNUD, lo que los bolivianos verdaderamente hacemos es “buscar soluciones hasta las últimas consecuencias”. Así lo entienden instituciones como la Fundación para la Democracia Multipartidaria que ha estrenado casa en la Arce y que se esfuerza por reunir a tirios y troyanos, porque tienen muy claro que más es lo que nos une que lo que nos separa.
*Jaime Iturri Salmón es periodista.
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