Una nutrida sucesión de acontecimientos ocurridos en las últimas semanas pone de manifiesto la enorme complejidad que sigue caracterizando a la situación internacional, sin que se perfilen al mismo tiempo señales de que al menos algunas de las grandes cuestiones se encaminan hacia una solución satisfactoria. Por el contrario, cada vez se suman nuevos temas a la agenda crítica del mundo, lo que contrasta por cierto con el debilitamiento sistemático de los mecanismos y foros internacionales encargados de garantizar la paz internacional y promover el desarrollo sostenible en todas las zonas del planeta. Tal resultado debe atribuirse en buena medida a la evidente crisis de visión y liderazgo que afecta a las principales potencias mundiales, pero asimismo a la falta de iniciativas originadas en América Latina, no obstante que se trata de la región con mayores intereses objetivos en la reforma de las relaciones económicas y políticas a nivel internacional.
Basta mencionar que la reanudación de las negociaciones comerciales multilaterales en un futuro próximo es cada vez menos probable y que la propia aprobación congresal de los tratados de libre comercio de Colombia y Perú con los EEUU está en riesgo. Podría ocurrir incluso que un eventual futuro gobierno demócrata en este último país, someta a revisión los acuerdos existentes con México, Chile y Centroamérica.
Y sin embargo, la capacidad de respuesta colectiva de los países latinoamericanos ante tales perspectivas ha venido menguando en el pasado reciente, no obstante la enorme cantidad de encuentros de la más diversa índole que se han llevado a cabo, y cuyo único denominador común consiste en una preocupante dispersión de iniciativas y esfuerzos. Así, por ejemplo, con la asistencia de varios cientos de personalidades del mundo político y empresarial de Europa, Asia y América Latina se ha llevado a cabo en días pasados en Santiago de Chile un evento destinado a examinar una propuesta latinoamericana sobre temas como la seguridad energética, la infraestructura regional y las relaciones de la región con China.
Más allá del enorme contraste que ostentan China y América Latina en términos de crecimiento e inserción en el comercio mundial, las relaciones de dicho país con la región son marcadamente asimétricas, no obstante que el volumen de comercio entre ambas partes ha crecido en 26 veces entre 1990 y 2006. Mientras que China compra principalmente alimentos, minerales y energía provenientes de América del Sur, sus exportaciones consisten en manufacturas que compiten principalmente con la producción mexicana en su propio mercado y en el de EEUU. Y mientras que China tiene previsto cuadruplicar su PIB por habitante el 2020 con respecto al 2000 y cuenta con una estrategia institucionalizada de desarrollo de largo plazo que le asegura dicho logro, los países latinoamericanos carecen de algo semejante en términos de visión estratégica compartida y menos aún de mecanismos consolidados para la consulta y coordinación de sus posiciones frente a otras regiones del mundo.
La exacerbación de las disputas subjetivas por el liderazgo regional —donde se incluye también el rebautizo innecesario del mecanismo sudamericano de integración— está dando lugar a una inestabilidad cada vez mayor de las instituciones regionales, con repercusiones negativas sobre la capacidad negociadora colectiva en temas como el comercio, la energía y las migraciones, y perjuicios adicionales para los países más pequeños.
*Horst Grebe L. es economista.
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