Bolivia y los Estados Unidos compartieron un rasgo de barbarie la semana pasada. Dos ciudadanos, de ambos países, Seung-Hui Cho, el del norte, y Adelio Aruquipa, nacional, mataron a más de 30 personas.
Reportes de prensa desde Washington dan cuenta que Cho demoró nueve minutos en disparar 170 municiones en sus indefensos compañeros y maestros del Virginia Tech. Si los cálculos no me fallan Aruquipa, oficialmente el conductor de la flota El Dorado —según la primera versión policial—, debe haber demorado menos de la mitad para acabar con la vida de madres, padres, hermanos e hijos. Habían 13 niños entre las 33 víctimas mortales.
En los Estados Unidos las paranoias alentadas por los fabricantes de armas y los políticos responsables con los fondos recibidos en sus campañas y los inversionistas en las llamadas industrias de la seguridad, permiten la venta de municiones y armas en supermercados. Alentados por el derecho a la autodefensa. El resultado es que alguien que sufre un desequilibrio o pasa por un momento de furia, tiene al alcance, más que en cualquier lugar del mundo, la posibilidad de descargar sus miserias a bala.
Todos hablan de Cho, pero pocos saben quién es Aruquipa, sin embargo, en cuestión numérica Aruquipa le gana: se llevó más vidas. A pesar de ello su crimen no es de esos mundialmente impactantes habida cuenta que en Bolivia matar en las carreteras es cosa de todos los días.
Si Cho hubiese salido vivo de seguro lo condenaban a muerte. Si Aruquipa hubiera tenido la suerte de sobrevivir, tengo certeza que en unos años estaría libre. En ambos casos otro rasgo de barbarie compartida.
Siempre me he preguntado cuántos asesinos en carreteras cumplen condena en una cárcel. Seguramente pocos, sino ninguno. Ese rasgo convierte a Bolivia, también, en un país de bárbaros y desalmados: entregamos la vida de personas inocentes en las manos de irresponsables.
En ambos casos, también, no sólo las autoridades, sino los ciudadanos somos culpables: los estadounidenses por paranoicos, los bolivianos por permisivos o irresponsables. Y es que en este país ser “responsable” en el tránsito equivale a ser lunático. Aún me acuerdo que en 1992 mis amigos, educados y progresistas, se mataban de risa cuando me ponía el cinturón de seguridad.
Las autoridades estarían alentadas, ahora, a ejercer controles más estrictos. Mucho me temo que eso no vaya a evitar otra tragedia como la de El Dorado mientras las personas: pasajeros y conductores, no tomen medidas individuales.
Hay una norma básica en el caso del transporte público: un salario decente y horarios rígidos para evitar que los choferes conduzcan no sólo ebrios, sino cansados.
¿Se le habrá ocurrido a alguna flota cobrar un poco más ofreciendo servicios con seguridad, choferes sobrios y con salarios dignos? Se me hace que hay un nicho de mercado ahí, al fin y al cabo, quienes usamos flotas no queremos correr el riesgo de convertirnos en titular de periódico cuando viajamos.
Aruquipa no tenía municiones como Cho, pero los resultados nos muestran que fue igualmente peligroso. Las víctimas de Virginia Tech: heridos, testigos, están recibiendo ayuda psicológica para superar la tragedia. Las víctimas y los familiares de la tragedia de El Dorado tendrán que curar sus heridas solos, como es costumbre en Bolivia. Aquí cualquier ayuda de ese tipo es una frescura, más allá de que aquí y allá duela de igual manera.
*Mónica Machicao es ciudadana y periodista.
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