Tendremos que estar atentos al “diluvio de discursos triunfalistas” a que se ha referido nuestro colega columnista, Carlos Miranda, en este 1º de mayo que se aproxima. Y no es para menos. Bien o mal, los bolivianos hemos vuelto a hacer historia.
Además del impacto político y popular que ha traído la mal llamada nacionalización de los hidrocarburos en Bolivia, hace ya un año, nadie que no sea del oficialismo y su entorno, puede decir que exista una absoluta complacencia con la medida, y, peor, se presentan serias dudas sobre el futuro —principalmente del gas— debido a la poca destreza, a la improvisación, con que los responsables de la medida llevan a cabo su trabajo.
No es poca cosa afirmar que, desde el 1º de mayo último, hayan pasado una decena de personajes entre ministros de hidrocarburos, superintendentes del ramo y presidentes de la resucitada empresa estatal del petróleo. Además de que con su reposición —la de YPFB— se ha reflotado un monstruo de la corrupción, la ineficiencia y el botín partidario, que ya está mostrando su cara fea.
Ahora bien, la firma de los nuevos contratos de operación con las empresas extranjeras (eso ha sucedido en vez de “nacionalización”) era inevitable, en vista de que las anteriores administraciones fueron incapaces de exigir mayores impuestos y regalías a las compañías petroleras que se quedaban con el santo y la limosna. Fue tal la desproporción en el negocio que se puede afirmar que el gas ha sido el anzuelo decisivo para el triunfo de Evo Morales en las elecciones del 2005.
Pero una cosa ha sido la acción del Gobierno con la firma de los nuevos contratos y otra sus resultados hasta hoy. Si la reformulación de la política energética era necesaria —como parece que no hay lugar a equívoco— la ignorancia y la prepotencia gubernamentales han hecho espantar las inversiones, al extremo de que durante el 2006, en exploración y explotación sólo se llegó a 197 millones de dólares, comparados con los 604 millones del año 1998.
Nuevas señales de modificaciones en la ley de hidrocarburos, el anuncio de probables elecciones para el año 2008, y los pobrísimos —por no decir nulos— resultados de la Constituyente, han producido una severa inseguridad jurídica entre los capitalistas. Pero, sobre todo, el manejo político e internacional, ha sido deplorable. Las relaciones con Brasil se han deteriorado a raíz de los diferendos con Petrobras, y hasta el presidente Lula da Silva, amigo de Morales, ha perdido la paciencia y el último encuentro entre los mandatarios ha sido “ríspido”. Y es que Evo Morales, además de otras cosas, quiere imponer un precio a dos refinerías de Petrobras, que, para los brasileños, valen el triple. Ya sabrán cómo arreglárselas y ojalá que no sea a mordiscos.
Pero eso no es todo para este primer aniversario de la “nacionalización”, sino que Venezuela está haciendo con Brasil jugosos negocios a costa de la adormilada Bolivia. Es el arte de hacer negocios. El “hermano” Chávez dona algunos millones de dólares al “hermano” Morales, envía técnicos de PDVSA, médicos, y expertos en identificación (¿electoral?), pero, simultáneamente, convence a Brasil, sin mucho esfuerzo, que no invierta al fósforo, de que, pese a la distancia, será mejor socio que Bolivia. Tan buen socio como es con los EEUU. Y Brasil comienza a creerlo así, porque, además, Bolivia le da razones para convencerlo.
Con Brasil buscando nuevas fuentes de energía, Argentina que espera tácticamente, y Chile que no quiere saber nada del gas condicionado molecularmente a una salida al mar, Bolivia tiene que apurar la protocolización de los contratos con las empresas extranjeras para no seguir gastándose la plata por adelantado.
Es fácil afirmar que al haber menor inversión, hay menos producción, bajan las reservas, se esfuman los mercados, pasa a la historia el LNG y se impone la burocracia corrupta. La operación que se hizo con coraje y apoyo general, se pierde en medio de la nulidad de quienes ahora habitan el Palacio Quemado.
*Manfredo Kempff Suárez es escritor y diplomático.
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