Con distintos matices, las familias de cuatro personalidades del país narran cómo sobrellevan el legado de sus antepasados en su vida diaria.
Texto: Javier Badani Ruiz Fotos: Patricio Crooker
Prefiere respirar el anonimato y huir despavorido ante la presencia del lente de una cámara. Para el descendiente de uno de los artífices de la independencia de Bolivia, ése es el precio autoimpuesto que debe pagar por llevar un apellido histórico.
Murillo, Muñoz Reyes, Ballivián... son nombres que adornan calles, avenidas, plazas y otras infraestructuras del país gracias a actos destacables. Pero con distintos matices, son los descendientes de estas personalidades los que aquilatan día a día el legado histórico que cargan esos apellidos.
El peso de esa memoria se muestra, por ejemplo, en la necesidad de mantener una conducta a la altura de aquella existencia vivida por sus famosos antepasados.
Otros, en cambio, descubren la importancia de sus antecesores en su propia existencia de forma casual. Es el caso del artista nacional Roberto Borda, quien lleva en su sangre la esencia del pintor y escritor paceño Arturo Borda.
“Como una forma de legado recibí una maleta donde se hallaba la paleta y la caja de pintura de Borda. Cuando abrí la petaca sentí una sensación inenarrable. Era como si hubiera liberado su espíritu que estaba encerrado dentro de la maleta”. Y aunque no lo reconoce, lo más probable es que ese espíritu haya impulsado la vena artística de este destacado músico.
Los Peres Velasco
un legado de armas y leyes
A sus 92 años, Luis Peres Salmón tiene un escondite que de tanta visita ya se ganó un nombre propio. Es el “escritorio de los recuerdos”, un espacio en su hogar donde este paceño mantiene intacta la memoria de sus antepasados: las familias Peres Velasco y Salmón.
Pistolas de duelo, muebles coloniales, fotografías... Una infinidad de objetos se muestran en este rincón donde el ex presidente de la Corte Superior de Justicia se atrinchera para soltar las ataduras de la memoria.
“Nací en la calle Batallón Colorados Nº 32. Allí nació mi tío abuelo, el general Juan José Peres, héroe de la batalla del Alto de Alianza —combate que en 1880 selló el rumbo de la Guerra del Pacífico— y uno de los fundadores del Regimiento Colorados de Bolivia. En esa contienda, el General cayó con un tiro en la frente y otro en la pierna. Fue preso y el comandante del Ejército chileno, al verlo moribundo, le ofreció un vaso de agua. Pero mi abuelo le respondió: \'del enemigo, ni agua\'. Luego murió”.
Un busto y el nombre de una calle —la J.J. Peres (con el apellido modificado como Pérez), en la zona de Sopocachi— anidan hoy las glorias de este militar. Y a pesar de la infinidad de veces que Peres Salmón ha deambulado esta vía, nunca deja de cerrar los ojos para ver al General en el campo de batalla, arengando a sus soldados desde el caballo.
Pero la J.J. Peres no es el único lugar donde su memoria se alborota. “En mis años mozos el sitio de encuentro era la \'Pérez Velasco\'. Siempre sonreía cuando mis amigos elegían ese lugar que recuerda a otro de mis antepasados. Ahora, mi piel se estremece cuando escucho a los voceadores corear desde el minibús su apellido: “¡A la Pérez!, ¡a la Pérez!”.
Las palabras del benemérito de la Guerra del Chaco reviven la figura del general Lucio Peres Velasco. En 1899, al estallar el conflicto del Acre —que enfrentó a bolivianos y brasileños—, este militar fue uno de los expedicionarios que acompañó al presidente Pando hasta la desconocida Amazonía. Ahora, el busto de este personaje se disputa la visibilidad del peatón con los toldos de plástico de las vendedoras callejeras, algo que acongoja al único hijo con vida de la familia Peres Salmón.
“Es una pena que los paceños no cuidemos la memoria de nuestros personajes”, lamenta. Su mirada se pierde en los pentagramas de otro de sus reconocidos antepasados, Eloy Salmón. Compositor entre otros de la música del Himno a La Paz, su nombre adorna otra vena paceña: la populosa “calle de los electrodomésticos”.
Pero antes que las armas o la música, en la vida de Peres Salmón influyeron más aquellos personajes que estudiaron las leyes. Entre ellos su abuelo, José Guillermo Peres, fiscal del presidente Mariano Melgarejo, y su padre, el abogado y juez José Guillermo Peres Valdez.
“Simplemente no puedo borrar de mi mente el comportamiento de mis padres y abuelos. Tanto es así que nunca intenté cometer ilegalidades o injusticias por temor a manchar su memoria. Su apellido es mi orgullo y mi bandera”, masculla el abogado jubilado, ya con el peso de la edad apagando su voz.
Los santa cruz
agitan la historia oficial
Las clases de historia dejaban un gusto agridulce en Clemencia. Bisnieta de Andrés de Santa Cruz y Calahumana —Presidente de Bolivia (1829-1939) y pilar fundamental de las luchas independentistas del siglo XIX—, la niña entraba en conflicto cada vez que repasaba en el texto oficial la biografía de su antepasado.
“Un hijo bastardo que nació en Huarina”, leía ella entonces. Irritado, y armado de documentos históricos, su progenitor, Andrés de Santa Cruz, reescribió en el mismo libro la vida del que fuera general de las fuerzas libertarias de Simón Bolívar.
“Tu bisabuelo nació en La Paz en 1792, en la esquina de las calles Mercado y Socabaya. Fue hijo de un oficial español y de una noble inca, y fue actor de las páginas más bellas de la historia de la República”, memorizó desde ese día la pequeña.
La amena remembranza de Clemencia Santa Cruz de Siles Salinas —quien esquiva con una sonrisa cualquier pregunta sobre su edad— se transforma en un incómodo silencio cuando sus cansinos pasos ingresan al mausoleo que anida los restos de su bisabuelo, ubicado en la Catedral de La Paz.
Un arreglo floral marchito y las palabras “Ma iscal nta Cruz” (originalmente Mariscal Santa Cruz) —colocadas sobre el mármol que adorna la tumba— la reciben a ella y a sus hermanos, Andrés y Carmiña.
“Su nombre está entre los 100 personajes más importantes de la historia universal, pero en el país no somos capaces de mantener digna su última morada”, se lamenta Carmiña, mientras su hermano, impetuoso, relata con las canas al viento a los pocos curiosos que visitan el mausoleo las 13 victorias militares del Mariscal de Zepita.
Hasta el más minúsculo detalle de cada combate es expulsado con vehemencia desde los agrietados labios del bisnieto.
Lejos están los días cuando su padre le narraba con la misma intensidad la vida y obra del que fuera impulsor de la Confederación Perú-Boliviana. Las heroicas páginas escritas por Santa Cruz, sin embargo, se mezclan en la memoria de sus descendientes con los lamentos de su final.
En 1839, luego de la derrota de Yungay ante las fuerzas chilenas, Santa Cruz fue condenado al exilio, el que cumplió hasta su muerte (1865). Sus pertenencias materiales fueron confiscadas y su hogar —hoy colegio San Calixto—, saqueado. “Se llevaron hasta las puertas. Mi bisabuela tuvo que refugiarse con sus hijos en un convento”, narra Carmiña.
Décadas después, “mi abuelo Óscar —el menor de los nueve hijos de Santa Cruz— se propuso recobrar sus pertenencias. Incluso tuvo que vender una propiedad para comprar uno de los retratos del Mariscal”.
Pero la tarea más ambiciosa fue el de recopilar la correspondencia de Santa Cruz, con el objetivo de que las nuevas generaciones juzgaran su obra en su real magnitud. “Esa misión fue continuada por mi padre. Y, finalmente, nosotros (los bisnietos) publicamos en cinco tomos las más de 6.000 cartas”, se enorgullece Clemencia, quien personalmente se encargó de presentar el trabajo en varias instituciones académicas.
Paradójicamente, la esposa del desaparecido Luis Adolfo Siles Salinas, presidente de Bolivia en los años 60, y madre de cinco hijos, vivió en carne propia las penurias experimentadas en el siglo XIX por la familia Santa Cruz, luego de que su esposo fuera derrocado por un golpe militar.
“De pronto las palabras escritas en los textos históricos y las cartas de mi bisabuelo cobraron vida en mi existencia”, confiesa.
La visita al mausoleo del Mariscal de Zepita concluye, al igual que los recuerdos. La marchita ofrenda floral termina en el basurero, impulsada por las vehementes quejas de Andrés de Santa Cruz a los custodios de la tumba. En cambio, la reposición de las letras faltantes en el mármol que adorna su tumba necesitará más que el solitario lamento de sus bisnietos.
LANZA
herederos de un castigo colonial
Ivica Tadic Pereira y su familia están “malditos”. Esa es la penitencia que generación tras generación cargan desde la Colonia los descendientes de Gregorio y Manuel Victorio García de la Lanza, luego de que la Iglesia los excomulgara y les impusiera una anatema (maldición) hasta su séptima generación.
Pero no fueron los únicos en recibir la más alta sanción de la fe católica, ya que ese castigo recayó sobre todos los revolucionarios —y sus familias— que el 16 de julio de 1809 desafiaron desde la ciudad de La Paz a la gran potencia europea: España.
“Tengo entendido que algunas familias ya han iniciado el petitorio ante la Iglesia para revertir esta medida colonial”. Tadic (54), sexta generación de Gregorio García de la Lanza, lo explica con los ojos vidriosos y un cigarrillo Big Ben en los labios. Después de 198 años, los resabios de la luchas emancipadoras sacuden su piel, pero se filtran gracias al orgullo que siente al llevar la sangre de aquellos revolucionarios que abrieron las puertas del continente a las ideas libertarias.
Ese sentimiento lo irradia también José Lanza Salazar, descendiente de ambos protomártires paceños. Seis años antes de conocer a su esposa, por ejemplo, este reconocido músico decidió que su primer hijo varón llevaría por nombre José Miguel. Esto en honor a José Miguel García de la Lanza y Aparicio, el único de los hermanos Lanza en ver coronados sus esfuerzos independentistas, tras 15 años de lucha guerrillera.
Así, desde su nacimiento, los miembros de las distintas ramas que descienden de los guerrilleros Lanza llevan marcado su legado en su propia vida.
“¿No te da vergüenza lo que pensaría \'el abuelo\' si supiera que le quitaste el lápiz a tu compañero?”, es, por ejemplo, la llamada de atención común dentro de la familia Pereira Lanza, donde Gregorio de la Lanza es conocido como “el abuelo”.
“Cuando era niña su presencia en nuestro hogar era casi física, como si viviera con nosotros”, explica Ivica Tadic, quien confiesa que fue por ese motivo que llegó a aborrecer las clases de Historia en la escuela.
“Me peleaba con los maestros. De pronto lo que para mi familia era algo tan vivencial, para ellos se reducía a simples nombres y fechas, olvidándose de la condición humana de los protomártires, sus pasiones, sus motivaciones, sus familias”.
Paradójicamente, la segunda profesión de la actual encargada de la Biblioteca Costa de la Torre, ubicada en la Casa de la Cultura, es Historia. Y es a través de ella que la también economista reconstruye el trágico final de los hermanos Lanza.
Conocida la insurrección paceña, un ejército de 5.000 hombres arribó a La Paz para poner fin al sueño impulsado por los Lanza, quienes desecharon el apellido García, como una forma de repudio a su origen español.
El primero en caer, luego de librar dos batallas en los Yungas, fue Manuel Victorio. Su cabeza, cercenada, fue trasladada a La Paz y exhibida casi podrida en la puerta de la carceleta paceña —hoy Plaza de los Héroes—. Allí se hallaban presos los demás revolucionarios. Entre ellos su hermano Gregorio, quien días después murió en la horca.
Mientras tanto, “las familias sufrían con la confiscación de haciendas, casas y toda pertenencia. La ayuda a las viudas la realizaban a escondidas los franciscanos, esto bajo el riesgo de ser excomulgados”, revive Tadic.
Gregorio de la Lanza, sin embargo, era consciente del fatal desenlace. Un día antes de la revuelta del 16 de julio escribió una carta a su esposa e hijos donde les pide perdón por su muerte. Desde entonces, generación tras generación, sus palabras se oyen con fuerza: “De qué vale terminar los días apoltronado cómodamente en el solar familiar, cuando tienes la conciencia clara de cuál es tu deber para con tu patria”.
Patria que se muestra desagradecida con el sacrificio de sus antepasados, lamenta José Lanza. “En las venas más importantes de la ciudad sobresalen bustos de extranjeros”, se lamenta, mientras busca infructuosamente alguna placa en la plaza de José Miguel Lanza, en Miraflores.
BORELLI
a la sombra de un quijote
Los domingos para Julio José Borelli Geldrez no eran los del típico niño. Con los oídos pegados a un radio transistor, el pequeño debía cumplir una importante misión: anotar los resultados del fútbol mundial. Luego, sus anotaciones cobraban vida en la voz de su padre, el periodista deportivo Julio Borelli Viteritto, quien los transmitía por las ondas de radio Fides a todos los amantes del balompié.
Hoy, Julio José (61) —el único varón de los cuatro hijos de Borelli Viteritto—, confiesa que carga una frustración en su vida: no haber logrado continuar el legado radial de su padre, un uruguayo que llegó al país en 1938 para entrenar a los atletas bolivianos que participarían en los primeros Juegos Bolivarianos, desarrollados en Colombia.
“Cuando murió, busqué continuar su programa radial. Para mí era un orgullo. Lo intenté, pero la voz nunca me ayudó para ser radialista. Con mucho dolor lo tuve que dejar. Allí descubrí que mi padre fue un Quijote del deporte”, esgrime. Las aventuras de tono quijotesco de Borelli Viteritto tocaron a toda la familia cuando la pasión por el fútbol llevó a este árbitro de profesión a dirigir al equipo Always Ready, al que sacó campeón nacional.
“Mi padre volvía de los entrenamientos con las bolsas llenas de las camisetas, las medias y los cortos sucios de los jugadores. Mi madre los lavaba y nosotros, pequeños, le ayudábamos”, narra envuelto en sonrisas el ingeniero sanitario, quien ya parece acostumbrado a la reacción de la gente cuando conocen su nombre y apellido por vez primera.
“¿Borelli, como el Coliseo?”, interrogan con ironía al referirse al coliseo Julio Borelli Viteritto, ubicado en la calle México, y cuya construcción fue impulsada a finales de los años 40 por Borelli desde la mesa de redacción del periódico El Diario.
“Durante la edificación del coliseo mi padre llegó a hipotecar nuestra propia casa para poder concluir el techado de la infraestructura”, recuerda Gilda Borelli Geldrez (56), la más parecida físicamente a su padre.
Las ausencias de Borelli también eran frecuentes. Emprendió proyectos para la construcción de canchas deportivas a lo largo del país, trabajos que iba a inspeccionar personalmente y que lo alejaban de nuestro hogar.
Con todo, Gilda descubrió el peso moral que construyó Borelli a lo largo de su vida en la parte trasera de un trufi. “El pasajero de la parte delantera conversaba con el chofer sobre la corrupción de la administración pública. En medio de la charla, sin embargo, el chofer aseguró conocer una excepción: \'Yo conocí a don Julio Borelli. Él jamás levantó un centavo cuando administró el coliseo\'. Al bajar del trufi yo me sentí gigante”, asegura emocionada.
Y motivos para ello sobran. En las salas de redacción de los diarios paceños, por ejemplo, siempre está presente la anécdota del día cuando Borelli Viteritto —honrado con el Cóndor de los Andes— prefirió perder el empleo de editor deportivo antes que culpar a un árbitro de fútbol por la derrota de Always Ready, tal y como ordenó el director del medio impreso.