En la novela policial negra todo se narra como si nadie pensara, soñara, imaginara, como si los hombres sólo hiciéramos, sin proyectar o evaluar. Un tipo conversa con una mujer, digamos en un café. Le mira las piernas. Se las mira insistentemente. De pronto, sin que sepamos más que eso, la mujer se levanta y lo golpea con su bolso. Inmediatamente sale del café, mientras el tipo, que ahora sonríe, la sigue con la mirada, con los ojos todavía puestos en sus piernas… Este es el modelo anglosajón, empirista como las filosofías que predominan dentro de esta cultura.
En Javier Marías ocurre exactamente lo contrario: la objetividad se echa de menos. Todo lo que ocurre en sus novelas pasa por el filtro de una o más conciencias, las cuales, además, no se contentan con contarlo, sino que lo observan como bajo un microscopio, de muy cerca, con la ayuda de lentes y contrastes, poniéndolo del derecho y del revés; o como si se tratara de una cinta de video, que se puede ver una y otra vez, avanzando y haciendo pausas, ralentizando la marcha, pasando cuadro por cuadro. La prosa de Marías retorcida y audaz, incluso temeraria (hasta el punto en que uno se pregunta por su corrección gramatical, por su pertenencia a la sintaxis española), es ideal para eso.
Con ella ha construido una narrativa fascinante, que cuando conocí —admito que para ello tuvo que intervenir e insistir una mujer— convirtió a Marías en mi escritor favorito, en el único que quería leer. Ahora ya no es así. Lo que deslumbra de entrada no necesariamente convence por mucho tiempo, la observación demasiado cercana de las cosas, el uso excesivo del rewind terminan por marear; uno se pregunta si todo ese retorcimiento (heredado de Juan Benet) no será más bien retórico, es decir, un poco arbitrario. Y, entonces, ahí están mis dos Marías: el que me subyugó y el que, en determinado momento, para oprobio de esa mujer que ya se sabe, me costó seguir leyendo.
La lectura es una arena de amores locos, que rápidamente se convierten en traiciones, infidelidades y olvidos.
Pero, al igual que en la vida, donde hubo fuego… Para preparar este artículo, y a instancias de un ranking sobre las mejores novelas hispanas después de Cien años de soledad, volví a leer Corazón tan blanco (Alfaguara) y, como quizá era previsible, caí nuevamente en el embrujo. Ya lo dijo Bolaño, ´Marías es un escritorazo´. Solamente que, como con la comida mexicana, hay que evitar empacharse con él.
Un escritorazo que, a diferencia de tantos empiristas por ahí sueltos, sabe muy bien —porque lo decía su padre, el filósofo Julián Marías— que solamente podemos acceder a la realidad a través y a partir de nuestras vidas; lo cual, si ustedes lo piensan, es decir y saber mucho.
*Fernando Molina es periodista y escritor.
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