Hace unos días, mientras daba mi cotidiano paseo por el mundo informativo que brinda CNN, fijé más mi atención en un informe de la ONU sobre el hambre en el mundo y el creciente índice de obesidad que afecta a la población del planeta, y fue imposible que no vengan a mi mente imágenes de esos grandes shoppings que muestran desde raquíticos prototipos hasta uno que otro inmenso modelo, y al unísono recordé el permanente y reiterado asedio mediático que sufrimos en torno a la cultura de la estética y la delgadez que prima en el mundo, en general, y en Bolivia, en particular.
Es así que me detuve a reflexionar en torno a nuestro entorno alimentario —riquísimo en grasas, colmado de ansiedad y sedentarismo— y, por ende, en torno a este sistema alimenticio que dispara la hipernutrición —al mismo tiempo que incrementa el riesgo de colesterol, triglicéridos, bulimia, anorexia y una variedad de desórdenes que matan y desesperan a muchos/as que ya no son sólo jóvenes—. Curiosamente, otra de las paradojas es que varios millones de niñas mueren al año por malnutrición en los países que se encuentran en vías de desarrollo, y por si lo anteriormente citado fuera poco, los países que logran conseguir mejorar sus condiciones socio-económicas, a su vez consiguen acceder a una dieta que aumenta el riesgo de obesidad.
En un estudio aplicado en el país sobre la seguridad alimentaria y nutricional en los municipios vulnerables realizado por el Programa Mundial de Alimentos y el Gobierno nacional durante el 2005-2006, se establece que a pesar de los esfuerzos multisectoriales, en 4.525 hogares pertenecientes a 166 municipios de Santa Cruz, La Paz, Cochabamba, Sucre, Tarija, Beni y Pando, la desnutrición crónica en Bolivia no se redujo en los últimos 10 años. 1,8 millones (22% de la población) se alimentan básicamente de tubérculos, cereales, fideos, muy poca verdura y frutas, pero casi nunca productos de origen animal, provocando que niñas, mujeres e indígenas sean quienes peor se alimentan y vean afectados su normal desarrollo y rendimiento. Es decir, 2 de cada 10 personas pasan hambre y el 88% de los bolivianos/as que pasan hambre son de origen indígena.
De acuerdo a las conclusiones del informe, 1 de cada 3 habitantes urbanos no acceden a alimentos de alto contenido calórico; mientras que en el área rural son 3 de 5. Además, a pesar de que el 20% de los hogares más pobres destinan hasta el 63% de sus gastos a la alimentación, ni así pueden cubrir el requerimiento mínimo de calorías (2.167), provocando disminución de la actividad física, baja productividad y riesgo en el crecimiento infantil. Si bien el 94% de los hogares encuestados no cubren las recomendaciones mínimas de calcio —lo que incide en el débil desarrollo óseo durante la etapa de crecimiento e incrementa el riesgo de osteoporosis—, cerca del 60% de las calorías consumidas en estos hogares proviene de alimentos que las familias compran (no producen), y obvio que la calidad de las comidas es mala porque sus ingresos son muy bajos.
Si bien se pueden encontrar explicaciones a gusto y sabor, es una realidad que la población boliviana no tiene disponibilidad, acceso y no utiliza adecuadamente los alimentos de forma que el organismo pueda absorberlos apropiadamente, es decir, vivimos en una constante inseguridad alimentaria.
*Mariella Pereyra es cientista política.
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