En Bolivia, del total de productores de caña, asentados en Santa Cruz y Tarija, 70 por ciento lo constituyen campesinos y de éstos el 75 por ciento son migrantes del altiplano. El norte integrado de Santa Cruz, región cañera, se caracteriza por tener el mayor y más equilibrado desarrollo humano y económico del país. El crecimiento cañero se inició por los sesenta y ha convertido a la nación en autosuficiente de azúcar. Por cada hectárea de caña sembrada se genera un empleo. Si consideramos que en Bolivia actualmente hay 100 mil hectáreas en producción, podemos inferir la misma cantidad de empleos, que mantienen a más de 400 mil personas.
Lula, primer Presidente obrero de Brasil, ha decidido continuar y profundizar la producción de etanol y biocombustibles, para lo que, de tres millones de hectáreas pasará a 10 millones para su mercado y para exportar. De esta manera busca demostrar que es tarea de todo estadista dar respuestas reales a la gente que dice representar antes que discursos. Y es que no hay mejor forma de luchar contra la pobreza y la exclusión que generando trabajo sostenible para los pobres.
Bolivia, que se precia de tener el primer Presidente indígena (cosa que no es cierta porque el primero fue el Mariscal Andrés de Santa Cruz), no se ha apropiado de esta alternativa pro-pobre y ha preferido adherirse a la satanización hecha por Fidel que, paradójicamente, gracias al empleo y riqueza que genera la caña pudo imponer su revolución de cuatro décadas.
Somos ricos en gas pero pobres en diesel y gasolina, por lo que, si sólo reemplazáramos el 25 por ciento del consumo de éstos con biodiesel y etanol deberíamos sembrar 600 mil hectáreas más de caña, maíz, palma africana y soya, que significarían igual cantidad de empleos que darían sustento a dos millones de ciudadanos.
Por otro lado, el norte paceño encontraría su desarrollo, el Chapare tendría otra alternativa, Tarija dejaría de matarse por la plata del gas y la producción campesina tradicional se revalorizaría y disminuiría el subsidio que ésta da a las ciudades a través de precios bajos. Por supuesto, habría que impulsar programas de dignificación del trabajo zafrero que pasarían por normar el tamaño de las propiedades y las condiciones de contratación.
Pero esto es soñar, porque un otro poderoso ideocombustible, el indigenol, se ha apoderado de Bolivia. El indigenol que cosifica las culturas, que se nutre de la indigencia y de la exaltación de los pobres y la pobreza civiliza en el recibir, antes que en el producir. Este ideocombustible blanco es paternalista y segregacionista; atiza las diferencias pero homogeneiza a los pobres en la victimización para justificar su xenofobia. El indigenol, romantiza y mitifica la comunidad contra el individuo y los presenta como los buenos salvajes necesitados de tutelaje: semidioses, pero jamás ciudadanos.
Este poderoso indigenol evita hablar del etanol porque ha logrado que sus detractores se mimeticen, asimilen o ahoguen en su prepotencia. Así, perderemos otra oportunidad para vivir de nuestro trabajo creador y perpetuar nuestra dependencia a los sagrados recursos naturales.
*Iván Arias D. es experto en descentralización y pueblos indígenas.
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