Wilson se fue a Brasil cuando tenía 18 años. Su padre, albañil y con cuatro hijos más, no podía ya pagar sus estudios. Tres años después, Wilson se fue a Francia y desde entonces vive en un pueblo del sur. Hoy tiene 38 años. Gracias al oficio que le enseñó su padre, le envía unos pesos cada mes. Pero ahora, “por el lío ese de las visas”, ese cochabambino querendón de la Llajta y la familia no sabe si podrá seguir ayudando a educar a sus hermanos porque él, como los miles de bolivianos que peregrinan por Europa, se convirtió en “ilegal”, porque alguien dispuso que desde el primero de abril deben tener visa para trabajar.
Wilson es sólo botón de muestra de la situación de “nuestros ilegales” por el mundo. Otro es la pareja cruceña de recién casados que escondió en el armario de su cuartito en Barcelona el cadáver del primer hijo y que la Policía descubrió cuando a la mujer de Jesús la tuvieron que atender de urgencia a raíz de una hemorragia.
Están también Irineo, el potosino que perdió un año de vida en una cárcel argentina porque un día de marzo del 2006 la Policía encontró en su casa 5 kilos de hojas de coca, o los 173 compatriotas recién rescatados de su vida de esclavos en talleres clandestinos de confección en Buenos Aires y nuestro paisanito de nueve años capturado en el aeropuerto de Madrid con 5,5 kilos de cocaína entre sus juguetes.
Según datos oficiales, en Argentina, Estados Unidos, Brasil y España, en ese orden, viven hoy 3.300.000 bolivianos. Calculemos en el resto del mundo. Casi todos se fueron porque no tenían aquí posibilidad de salir de pobres pese a su capacidad y voluntad de trabajo, tal vez las mejores. Por eso su aporte a nuestra economía, como el de Wilson cuando puede, es el tercer rubro de ingresos del país, que aunque nadie contabiliza, es el de mayor impacto y mejor distribución social.
Es la exportación diaria, sin pausa y silenciosa, de nuestro recurso natural más valioso y menos cuidado. Del que hablamos sólo cuando la crónica, siempre circunstancial, rescata como curiosidad noticiosa, aunque es casi la mitad de nuestra población la que anda por ahí, sin visa por el mundo.
Hoy que interesa el voto de los desarraigados para inflar el padrón, esperemos que interese también su situación. Y que la nueva Constitución incluya no sólo reelección, sino también obligación estatal de respetar y hacer respetar los derechos de los bolivianos allí donde estén, pues los de afuera hacen tanto o tal vez más que los de adentro.
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