Hace unos días concurrí a la presentación del libro “Buscando el porvenir en el pasado”, que reúne tres textos críticos respecto al Plan Nacional de Desarrollo, la estrategia gubernamental cuya maduración requiere al menos quince años para alcanzar las metas que se propone; probablemente esta variable sea una de las que impele a los generadores del mismo a forzar mecanismos de prórroga presidencial que posibiliten su implementación sin mayores disensos. Esquemáticamente se sabe que el objetivo teleológico es el de construir el “Estado social y comunitario” al que se arribará luego de un largo proceso de descolonización. “El nuevo Estado subordinará el interés individual a los intereses sociales” reza el plan, para lo que se apoya en el factor étnico como matriz del cambio. Cabe preguntarse si la clase media emergente compuesta por comerciantes, pequeños productores, transportistas, urbano populares, etc. lo aceptarán a la hora en que vean afectado su proceso de ascenso social; llegado el momento, quienes diseñaron el plan podrían verse frente a un brete inviolable, el de la vocación de mercado marcadamente presente en estos agentes económicos. Este es mi juicio a priori, que ojalá sirva para morigerar ciertos entusiasmos próximos al fundamentalismo.
El caso es que, retomando la presentación del libro, con buen criterio, sus autores consideraron la pertinencia de invitar como uno de los comentaristas a un representante de la visión interpelada en la obra. Con el riesgo que entrañaba, así se lo hizo con la persona del ex ministro de Educación, Félix Patzi. Evidentemente y de entrada, Patzi descalificó el contenido de los ensayos aunque recurriendo a simplismos -algunos extremadamente gráficos- que el auditorio escuchó algo perplejo. El comentarista que intervino a continuación, Carlos Toranzo, no fue condescendiente, ni mucho menos, con sus anfitriones pero no cayó en el desdén en el que Patzi se esforzó, artificialmente, me animo a calificar, en mostrar.
Hasta aquí la crónica. Donde quiero detenerme es en una “provocación” –lo pongo entrecomillas porque me pareció muy obvia la intención- del ex ministro quien, prácticamente al comienzo de su intervención descalificó los términos “Desarrollo” y “reducción de la pobreza” por tratarse de conceptos occidentales. Me queda la sensación de que, por el mismo motivo, descalifica la democracia, aunque no se animó a decirlo.
A decir de Patzi, etimológicamente, “desarrollo” viene de los rollos de una mujer gorda -cosa que graficó apretando los dedos en el abdomen-. He querido corroborar esta versión y no he encontrado que tenga respaldo; más bien parece más plausible la explicación de que la palabra se forma por la inversión (“des”) de “arrollar” o sea, en la definición de la RAE, “extender lo que está arrollado, deshacer un rollo”. Desarrollar (se): Dicho de una comunidad humana: Progresar, crecer económica, social, cultural o políticamente.
¿Puede alguien tener miedo al desarrollo entendido de esta manera? ¿tiene alguna relevancia el hecho de que sea un concepto “occidental” ergo una expresión de la modernidad vinculado, además, a la democracia? ¿optaremos por arrollarnos?