La forma en que se encara la publicidad sobre la vacuna contra la fiebre amarilla resulta absolutamente llama- tiva, y ciertamente sugerente. Se trata de un hecho fortuito y quizás sin demasiada trascendencia; sin embargo, su breve descripción le otorgará sentido a esta preocupación. La campaña gubernamental que tiene la finalidad de difundir el plan de vacunación y motivar a la población para acudir a este servicio de salud pública señala en su texto principal: “Una sola dosis es para siempre, y es gratis”. Esta afirmación, más allá de cumplir con su cometido, que es animar a la población a vacunarse, no deja de sorprender por su contundencia y motiva la consulta a profesionales del área quienes en general coinciden en que en realidad no existe una vacuna que cubra la enfermedad “para siempre”, sino sólo por un tiempo limitado, que varía entre 5 y 10 años. No obstante, la duda persiste, y no se nos ocurre una mejor idea que llamar al propio Servicio Departamental de Salud para confirmar esta información. La respuesta es aún más sorprendente que la propia publicidad, pues la persona encargada de responder al teléfono afirma, con
absoluta soltura, que sí, evidentemente la vacuna es temporal; sin embargo, el carnet que se entrega al individuo vacunado es para toda la vida. No caben mayores comentarios al solo imaginar que, si bien en pocos años la vacuna deja de ser efectiva, el incauto vacunado sentirá que está protegido por el resto de la vida sólo por portar un carnet en el que además se especifica textualmente en la parte superior en letras rojas y entre comillas: “Una dosis protege toda la vida”.
Es verdad que el peso de los elementos simbólicos resulta determinante para el éxito de la gestión política. Una administración gubernamental, por muy eficiente que resulte en términos de administración de recursos, planificación o ejecución de programas u obras, resulta limitada en su éxito político si no es además acompañada por la demostración de dichos resultados, la emisión de discursos adecuados, en el momento oportuno y en el lugar preciso; y finalmente, con el acompañamiento mediático para llegar a la población “una gestión no sólo debe ser, sino parecer”.
Lo inverso, es decir una gestión sólo basada en elementos simbólicos, no está condenada al fracaso, al menos no en el corto y mediano plazo. Todo lo contrario, tiene condiciones suficientes para mantener la popularidad gubernamental durante un periodo medianamente prolongado; sin embargo, se verá en verdaderos conflictos si a la larga no logra sustentarse en resultados concretos, los anuncios u ofrecimientos van perdiendo fuerza discursiva a medida que pasa el tiempo y se revierten en contra de quien los enunció, más aún en gobiernos como el nuestro sobre el cual existe una gran expectativa social.
Ante el manejo de un tema que aparentemente es trivial —aunque no lo es, ya que se trata de la salud de la población—, queda la sombra de la duda sobre las publicidades oficiales y discursos y su asidero en la realidad. No nos parece una manera seria y comprometida de encarar los problemas y múltiples necesidades sociales, cuando precisamente la expectativa social en las elecciones demandó marcar una diferencia con cuestionadas gestiones anteriores. Hay necesidad de no perder la brújula en medio del camino.
*María Teresa Zegada es socióloga.
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