Los avances en el proceso de integración en Sudamérica, en los últimos años, han sido significativos en comparación con los escasos logros previos. La agenda de la integración sudamericana actual tiene la virtud de incorporar temas trascendentes como el desarrollo de la infraestructura, la integración energética, modalidades nuevas de financiamiento y de coordinación macroeconómica, entre otros temas, superando una concentración excesiva en comercio y sincerando el proceso, en la perspectiva de construir un mercado único.
La coincidencia de una mayoría de gobernantes de tendencia izquierdista en Sudamérica puede haber constituido el marco político necesario para que estos avances se hayan registrado. En las últimas semanas, varios eventos han matizado el escenario con referencias coincidentes sobre la necesidad de profundizar el proceso integrador pero, también, han mostrado el surgimiento de tensiones, en torno a una competencia de liderazgos y de visiones geopolíticas entre Brasil y Venezuela. Veamos algo de eso.
En el tema energético, Brasil muestra interés por desarrollar los biocombustibles, donde cuenta con una ventaja tecnológica. La suscripción con el Presidente de EEUU de un acuerdo para la cooperación bilateral en este rubro, fue el inicio de una alianza estratégica entre los más grandes de América. Las críticas y oposición de Hugo Chávez a los biocombustibles fue en el fondo críticas a esa alianza, generando tensiones. Asimismo, la pretendida creación de una “OPEP del Gas”, impulsada por Venezuela, Argentina y Bolivia, tuvo la oposición de Brasil bajo el argumento de que implicaba una visión parcial, cuando lo que debía lograrse es una visión compartida entre productores y consumidores. Seguidamente, el Presidente de Brasil está realizando visitas a países sudamericanos para lograr aliados en el programa de desarrollo de los biocombustibles.
En torno a los mecanismos financieros y monetarios se pretende desarrollar una nueva arquitectura financiera para Sudamérica. El proyecto en debate es el del Banco Sudamericano, que fue inicialmente planteado por Venezuela y Argentina, con la adhesión de Bolivia y Ecuador. La propuesta ha recibido críticas desde Brasil, en torno a las definiciones de si será un fondo de estabilización o un banco de desarrollo, también sobre la necesidad de implementar un mecanismo de manejo bancario moderno y evaluar la posibilidad de que las instituciones que cumplen funciones financieras y monetarias en Sudamérica —como son la CAF, Fonplata, FLAR— se complementen y funcionalicen al nuevo esquema. En el Brasil, se ha manifestado que el mecanismo debería acompañarse por la armonización de políticas macroeconómicas y que no se convierta en un mecanismo de financiamiento de proyectos, que evita adoptar condicionamientos y disciplinas, sumamente politizado.
Considerando lo anterior, se podría decir que el panorama estratégico o geopolítico en la región se está modificando. En efecto, al lograr el acuerdo sobre los biocombustibles con Brasil, EEUU retoma un espacio en Sudamérica. Asimismo, Brasil reformula alianzas con los gobiernos sudamericanos más moderados, de izquierda o derecha, conformando una especie de bloque de países que promueven la integración sudamericana, pero que entienden que ello no implica una confrontación con los EEUU. Del otro lado, el Presidente de Venezuela promueve la integración y desarrolla el ALBA como “el núcleo duro” de la integración, en el que los países que reciben la cooperación de Venezuela desarrollan un discurso de confrontación con el capital extranjero, particularmente de EEUU, y promueven el socialismo del siglo XXI.
El Gobierno de Bolivia está alineado con la propuesta más confrontacionista hacia EEUU y hacia la inversión extranjera, mientras los países vecinos de Bolivia comparten una orientación de mayor moderación hacia las relaciones con el país del norte y buscan atraer la inversión.
*Alfredo Seoane F. es economista y profesor del CIDES – UMSA.
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