Hace ya unos ocho años, luego del desfile escolar del 16 de Julio en el pueblito de Calama en la frontera entre Caranavi y Larecaja, un maestro que sabía que yo había estado escuchando sus clases cerca de las ventanas, me espetó más o menos el siguiente discurso entrecortado y envuelto en los vapores del alcohol: “— Ustedes los k’aras son muy malos; sabiendo ‘todo de todo’ en el mundo, se vienen a un lugar como éste a burlarse de nuestra pobreza. Usted puede ser muy ‘doctor’ pero… ¡nunca podrá ser un maistro sindicalizado de tercero básico como yo! Estas pocas líneas, expresadas con dificultad en el lenguaje ajeno de Pizarro, formulan toda la tragedia del reto cultural que ahora enfrenta la nación.
Luego de entrevistar y jugar con una docena de sus alumnos, encontré con la ayuda de mi asistente aymara —para evitar la barrera cultural— que esos chicos eran analfabetos funcionales, que no eran capaces de distinguir entre una superficie caliente y una fría o entre un grano de café verde y otro maduro, por más premios que ofreciera. Vegetaban en el limbo de un realismo mágico. Esos niños habían sido creados a su imagen y semejanza y el respetado maistro, como resultado eximio de la Revolución de 1952, era simplemente el dios de un mundo de tinieblas. Estoy seguro de que Avelino Siñani y Elizardo Pérez, nunca quisieron esto como resultado de su esfuerzo.
El ex ministro Patzi, producto de este sistema, en su reciente diatriba contra los maestros sindicalizados en esta misma página, acusaba a sus dirigentes de ser unos “patriarcas y capataces que amedrentan a sus bases” y a los maestros perezosos de no haber logrado construir subjetivamente su autoidentificación. ¿Cómo? ¿A partir de qué hipótesis y con qué bases, si el exponente es alguien como Patzi?
Para ser un profesor de Física en el mundo Occidental, basta con haber tenido el placer vital de haber sido un alumno entusiasmado de Feynman y encontrar el ambiente adecuado para expresar lo poco que aprendió; así él nos dijera jocosamente que “la ciencia era la creencia en la ignorancia de los expertos”.
Ser un conceptualizador de la ‘descolonización’, ciencia no descrita hasta ahora, es algo mucho más difícil que ser Feynman con su premio Nobel. Se requiere ser un Siñiani-Pachacutic, es decir, el creador de un modelo funcional del nuevo mundo. Einstein afirmaba maravillado “creamos modelos para predecir el futuro, y… asombrosamente funcionan”. ¿Dónde están los filósofos capaces de generar el modelo de la ‘descolonización’ que confrontado con la realidad cotidiana, como la ley de la gravedad o la ‘mano invisible del mercado’, predigan el futuro con certeza y permitan construir una ciencia social, económica y tecnológica, nueva y apropiada? ¿No se estará intentando crear una nación, sin más modelo que una noción?
Jorge Zapp es consultor internacional.
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