Hacía tiempo que se esperaba la censura del ministro de Relaciones Exteriores, David Choquehuanca, por una sola razón: porque no tiene idea de para qué lo han designado en ese cargo. No es su culpa, lo dijo desde el primer momento. Afirmó que no le gustaba leer y que sus conocimientos los obtenía mirando las arrugas de los ancianos. Como ya se ha hecho una pésima costumbre —y dado el talante autoritario de SE— es muy probable que Choquehuanca sea ratificado; no porque SE ignore que no sirve, sino para no darle gusto a la oposición de que le obligue a echar a uno de sus ministros.
Allá el Presidente, pero lo cierto es que nuestra diplomacia está pasando por uno de los peores momentos de su historia. Mejor dicho, ha dejado de existir. Todo el tema internacional se cocina en el Palacio, y en el Ministerio de RREE ha quedado Choquehuanca, rodeado del viceministro Hugo Fernández, de los embajadores Cancio Mamani y Ticona, y de uno, al parecer el Tayllerand de la nueva diplomacia revolucionaria, el “embajador plenipotenciario” Pablo Solón. La Cancillería, casi en su integridad, procede ahora de las ONG en vez de la vapuleada y acuchillada Academia Diplomática.
¿Cómo SE va a poder echar mano de sus diplomáticos así? ¿Quiénes le pueden aconsejar sobre lo que es la política exterior? De ahí que SE, creyendo que está en el Chapare, lanza unos exabruptos intolerables en diplomacia, que el presidente Lula da Silva ha calificado de “radicalidad oral incompatible con el sentido común de quien gobierna”. Hablar con un jefe de Estado con el tono con el que se habla a un achachila, un yatiri, o un cocalero, es caer en un profundo error. Y creer que ser presidente de las seis federaciones de cocaleros del Chapare da poder en la comunidad internacional, sólo se le ocurriría a su portavoz.
El Presidente nos apabulla con cifras sobre lo que antes recibían Aiquile, Tomatas o Porongo y lo que recibirán a partir de los nuevos contratos. Y seguramente que es cierto. Pero no está mirando la situación geopolítica en grande con Brasil. Finalmente, Brasil no es sólo Petrobras y las refinerías. Brasil es una potencia mundial emergente, amiga tradicional de Bolivia y hasta garante de su estatuto territorial, a la que no se la puede maltratar. Sutilmente, sin estridencias, ya lo dijo el presidente Lula para el que quiera entenderlo: que hay que respetar los acuerdos contraídos; que se debe gobernar para todos, no sólo para los indios; Bolivia hostiliza a unos cuantos brasileños asentados en Pando a tiempo que Brasil hace esfuerzos por legalizar a 100 mil bolivianos en su territorio; y la cereza en la torta, para que entiendan el mensaje los cráneos de la Cancillería revolucionaria: que siente —el presidente Lula— “un profundo respeto” por Chávez, y “una relación personal muy sincera y muy fuerte”, porque es “un gran aliado”, según la agencia EFE.
Ante toda esta carencia de conducción internacional, SE sigue alabando el ALBA y el TCP y acosando a los que hacen negocios con EEUU. Y llama a otras naciones a seguirlo en su retiro del Centro Internacional de Arreglo de Diferencias (CIADI). Y el “embajador plenipotenciario” Solón —acompañante asiduo de SE
a las reuniones presidenciales— anuncia la revisión de los tratados sobre protección recíproca a las inversiones que Bolivia tiene suscritos con 22 países, y, por supuesto, la modificación de la Ley de Inversiones, dice que por ser neoliberal. Así, claro, vendrán miles de millones de dólares a Bolivia. ¿Esa es la seguridad jurídica de que habla SE?
Por su parte —según nos cuenta el analista Carlos Valverde— nuestro embajador en EEUU, señor Guzmán, a falta de poder extraditar a Goni, está queriendo soliviantar a las empleadas domésticas de los diplomáticos latinoamericanos en Washington, llamándolas a participar en un acto el Día de la Trabajadora del Hogar. El novel y exótico diplomático quiere revolucionar a las “chachas” de sus colegas al estilo masista, con lo que se va a ganar el odio de sus esposas, que mejor lo encuentren confesado.
*Manfredo Kempff Suárez es escritor y diplomático
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