Hace algunos días el Gobierno puso en la cancha de la economía al Banco de Desarrollo Productivo. Esta entidad estatal financiará a personas individuales, micro y pequeñas unidades productivas, asociaciones comunitarias, Organizaciones Económicas Campesinas (Oecas), corporaciones agropecuarias campesinas, comunidades o cualquier organización productiva con proyectos específicos. En el pasado estos actores tenían enormes dificultades para acceder a un crédito. Éste es un buen primer paso para la creación de un aparato productivo nacional. Es una pieza importante en un enorme rompecabezas que se llama desarrollo industrial, pero no se vaya a pensar que sólo de financiamiento vive una empresa.
Para nadie es desconocido que nuestras unidades productivas, desde una perspectiva microeconómica, carecen de emprendedurismo, orientación estratégica, acceso a mercados, tecnología e innovación, capital humano calificado, cultura de cooperación productiva y trabajo en redes, para sólo mencionar algunas de las restricciones internas de los actores productivos. Tampoco sus entornos institucionales y de infraestructura son los más adecuados. Abrir una empresa es un suplicio burocrático y cerrar una firma es aún más difícil. Nuestras unidades productivas sufren horrores para tener caminos, energía y redes de comunicación. Dicho esto, no es difícil concluir que al Gobierno le hace falta una visión mucho más integral del desarrollo productivo y la competitividad. El financiamiento puede ser sólo una gota de agua dulce en un encrespado océano, en especial si se quiere llegar a mercados del ultramar.
La Corporación Andina de Fomento (CAF) organizó un excelente encuentro internacional para la competitividad y el desarrollo de redes de empresas. En el seminario se compartieron experiencias exitosas de desarrollo de cluster o cadenas productivas en varios países de América Latina que mostraron que justamente, el acceso a crédito, es apenas una parte de la compleja arquitectura social, económica y cultural que está por detrás del desarrollo productivo. De mi participación en la reunión me quedo con dos enseñanzas. Primero, que la estrategia de cluster o arreglos productivos locales puede ser muy útil y los resultados, en términos de producción y empleo, pueden ser significativos. Segundo, que la metodología sugerida por Michael Porter requiere ser complementada de una aproximación trotskista del desarrollo nacional. En concreto, como alguna vez me sugirió George Gray, a la hora de apoyar a las pequeñas y medianas empresas se debería seguir la ley del desarrollo desigual y combinado. Yo añadiría que, también siguiendo a León Trotsky, se requiere de una revolución permanente de la producción y el empleo.
Para Trotsky, “el desarrollo desigual que es la ley más general del proceso histórico, no se nos revela, en parte alguna con la evidencia y la complejidad con que lo patentiza el destino de los países atrasados. Azorados por el látigo de las necesidades materiales, los países atrasados vense obligados a andar a saltos. De esta ley del desarrollo desigual se deriva otra que, a falta de nombre más adecuado, calificaremos de ley del desarrollo combinado, aludiendo a la aproximación de las distintas etapas del camino, y a la combinación de distintas fases, a la amalgama de formas arcaicas y modernas”.
De la experiencia de cluster de las hortalizas del Perú (espárragos, alcachofa y páprika) que exportan 1.800 millones de dólares al año, o de la cadena productiva del textil de Colombia que vende al mercado mundial 1.300 millones, o de la experiencia de salmón en Chile que exporta más de 1.000 millones de verdes en un año, se concluye que es posible dar saltos cualitativos localizados y específicos en el desarrollo industrial, aunque el conjunto del país aún siga atrasado. Los cluster pueden ser las cabezas de playa en el desembarque hacia el desarrollo. La aproximación por etapas permite que en un cluster regionalizado se puede dar coordinación entre actividades de alto desarrollo técnico con prácticas tradicionales. La estrategia de las cadenas productivas permite un desarrollo desigual pero combinado y es apenas un primer momento de la revolución permanente del empleo.
La revolución productiva y del empleo concebida como permanente, significa la transformación integral del hecho productivo, es decir de todas las relaciones sociales, culturales, empresariales y productivas, denota también un cambio de perspectiva de la acción que revalorice lo específico y lo local sobre lo general y nacional. La revolución productiva requiere mucho más que plata, invita a revelar la cara emprendedora y productiva de los movimientos sociales y empresariales, requiere conectarse con el mundo de manera competitiva, invita a promover la innovación tecnológica, impulsa a promover la asociatividad y las alianzas interinstitucionales, requiere capacitación continua del capital humano, pero sobre todo impulsar la confianza entre sector público y privado. Además, la revolución es entendida como un proceso de largo aliento que la política pública debe acompañar. Si a algunos Porter les parece demasiado neoliberal en su análisis integral del desarrollo productivo, pues una relectura no dogmática de Trotsky también es una opción.
*Gonzalo Chávez es economista y cree en la revolución permanente. chavezbol@hotmail.com
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