Con el tema de la recuperación de las refinerías de Petrobras, una vez más, el Presidente de la República ha demostrado ser un avezado y hábil político, en parte, gracias a su poderoso aparato de comunicación, pero también gracias al efecto que tienen sus propios mensajes, que lo convierten en un gran comunicador social de las acciones políticas que toma su gobierno.
En efecto, a pesar de que Petrobras ha aclarado públicamente que el Gobierno de Bolivia es el que ha aceptado la oferta presentada por esa empresa y no a la inversa —además dentro de las escasas cuarenta y ocho horas exigidas por esta empresa—, la población boliviana ha interpretado estas negociaciones y sus resultados como una gran victoria para el país y le ha dado todo el crédito de las mismas al Primer Mandatario, como si se tratara de una especie de pugna entre el joven David y el gigante Goliat.
Y, claro, para un país que ha estado sumido durante muchísimos años en una bajísima autoestima, el hecho de que Bolivia haya golpeado la mesa del poderoso Gobierno del Brasil se interpreta como un notable acto de coraje, particularmente del Primer Mandatario de la nación quien, en la percepción popular, fue el único gobernante capaz de recuperar las refinerías privatizadas en el pasado, por algún partido de la oposición.
Por supuesto, el gran perdedor de este episodio político es precisamente ese partido de oposición que, al parecer, tuvo además el desatino de apoyar implícitamente las acciones del Gobierno, cuando lo que más le convenía era quedarse callado en siete idiomas.
Una vez más, el Presidente de la República —como le gusta así decirlo— ha “apostado” a la política y esta apuesta le ha redituado una altísima rentabilidad de corto plazo que, sin lugar a dudas, lo ayudará en su próxima campaña electoral, que él mismo y su partido han anunciado.
Sin embargo, desde el punto de vista económico y, sobre todo, si no se toman acciones destinadas a sanar las heridas dejadas por esta confrontación con el Brasil, también podría decirse que el verdadero perdedor de esta “apuesta” es el propio país y sus ciudadanos que, en el largo plazo, podrían tener que lamentar las consecuencias económicas de estos acto políticos de alta rentabilidad.
En efecto, en opinión de más de un analista, parece que no cabe duda que las determinaciones tomadas por el Gobierno en materia de hidrocarburos y las negociaciones por la compra de las refinerías tendrán, en el largo plazo, un grave efecto en las relaciones existentes entre Bolivia y su principal socio de comercio exterior. Asimismo, no cabe duda que dichas determinaciones también afectarán el interés que podrían tener los principales inversionistas brasileños en el sector de hidrocarburos y, más importante aún, las perspectivas que tiene Bolivia en el gran mercado brasileño para la venta del gas que, como se sabe, es el mercado natural para el gas que tenemos en ingentes cantidades.
Para nadie es secreto que el futuro económico de Bolivia está íntimamente ligado al del Brasil. Asimismo, tampoco para nadie es secreto que requerimos de sus inversiones para exportar hidrocarburos a Brasil y otros países, y que su monumental mercado, que duplicaría su actual consumo de gas en el año 2011, lamentablemente, podría no ser para el gas producido en Bolivia, a pesar de que nuestro país es su proveedor natural.
Creo que éstos son temas sobre los cuales los bolivianos debemos reflexionar profundamente. Las altas rentabilidades políticas son del corto plazo y tienen una efímera duración. El país necesita de acciones económicas y no políticas, que permitan su crecimiento, su desarrollo, y la conclusión de la desesperada lucha contra la pobreza.
El Gobierno tiene que entender que, si bien la pobreza es digna, los bolivianos también queremos ser ricos y más poderosos. El querer ser más rico no es ningún pecado. Sin embargo, esto no podrá ser así, si tomamos acciones políticas de alta rentabilidad en el corto plazo, que conflictúen con políticas económicas que tienen alta rentabilidad en el largo plazo.
*Juan L. Cariaga es economista y escritor.
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