Comprender el cambio es un ejercicio que tiene diferentes connotaciones en los miembros de nuestra sociedad, en tanto éste representa cosas distintas para cada parte. Cambio que parece estar más allá de cómo se concibe y cómo se propone desde el poder, cambio que llegó como un vendaval desde las puertas de la historia y que nos demostró que no habíamos sido capaces de hacer que la idea de reconocimiento e igualdad pudiese plasmarse, porque en lo íntimo, quienes dominaron los espacios de las decisiones de Estado, no pudieron sustraerse a su propia mirada de las cosas, a su concepción del mundo y sobre todo, a la preservación de sus propios intereses. El error en el punto de partida estuvo en creer que los cimientos de abril de 1952 habían sido lo suficientemente profundos, y que ese salto —gigantesco, por cierto— no contemplaba algo esencial, que los objetos del cambio se convirtieran en sujetos del cambio a partir de esa transformación y sobre todo a través del máximo mecanismo de poder, el conocimiento. Con todos sus defectos, y fueron muchos, la universalización de la educación permitió un nuevo pensamiento que miraba con otros ojos y tenía otros orígenes.
Más allá de las mixtificaciones en torno a lo que es hoy la bandera multicolor de la nación, está claro que el diseño de la casa democrática de 1982 no alcanzó a comprenderlo, pero sobre todo no fue administrada con un sentido de incorporación. El cambio, en consecuencia, se planteó de un modo restringido, no por la proyección o las ambiciones de su propuesta, sino porque se desarrolló sin lograr que el brazo de la identidad, de las culturas, de la aparición cada vez más demandante de un sector de la sociedad, no era respondida adecuadamente. El argumento de que la pobreza era el verdadero problema y de que la tarea principal era superarla, enfrentaba una insuficiencia básica, la brecha para resolverla es de tal magnitud que requiere de por lo menos un par de generaciones para ver resultados, por eso, la ruta por sí sola no alcanzaba.
Pero recordemos, se hizo entonces un aporte crucial, la participación popular y el reconocimiento de las tierras comunitarias de origen, sobre el ropaje del reconocimiento de la pluriculturalidad y el multilingüismo. No alcanzó, porque los escenarios de participación en el corazón mismo del poder, se reservaron siempre para unos pocos. Un extremo del espectro dio pie al otro extremo, una exclusión mental abrió las puertas para otra exclusión. Los goznes se desquiciaron y una espesa cortina tapó las respuestas de quienes desde el Gobierno pecaron además de todo, por la negación de la ética como valor esencial e instrumento de legitimidad.
¿Por qué el cambio de los noventa se hundió tan estrepitosamente? ¿Por su orientación económica?, sólo en parte. Se hundió porque no hizo carne en la idea de compartir, en la idea de representar realmente a todos, en la idea de comprender que la interpretación de la sociedad mayoritariamente mestiza (correcta, sin duda), no podía ser el disfraz de una serie de generalidades resueltas exclusivamente a partir de medidas prácticas más o menos exitosas.
Desde la base, la sed de cambio, la demanda de participación, la exigencia de hacer verdad aquello de la soberanía del pueblo en la construcción social, comenzó a transformarse en una energía desmesurada que desbordaba su fuerza en la confusión, el desorden, la sensación cada vez más tangible de que el poder se ejercía desde las calles. Lo que estaba ocurriendo era algo terriblemente real, el Estado (su administración) se desmoronaba víctima de su propia ceguera y la sociedad se atomizaba víctima de la confusión alimentada por el radicalismo y la falsa ilusión de la democracia directa. Ese desmoronamiento impresionante, que pudimos sentir y vivir todos los días de nuestra vida en los últimos siete años, coincidiendo con el nacimiento del nuevo siglo, hundió algunas ideas sin las que la vida en comunidad se hace muy difícil de encarar: ley, deberes, derechos, aceptación explícita e implícita de que el pacto social que hemos suscrito nos protege a todos por igual y garantiza para todos el desarrollo de nuestras aspiraciones individuales y colectivas.
El cambio de los noventa devino paradójicamente en el colapso del Estado, entre otras cosas porque no fue adecuadamente simbolizado, porque se pensó equivocadamente que cuerpo y alma pueden separarse. 2006 demostró que el alma es mucho más importante de lo que parece, que nada puede construirse, por bueno y atractivo que parezca, sin alma.
Hoy, la lectura del cambio genera miedo en unos, incertidumbre en otros, pero esperanza en otros muchos. La palabra en sí misma contiene valores inconmensurables, independientemente del contenido con el que se vaya llenando, porque la avidez de terminar una historia de negaciones es mayor que la racionalidad sobre lo que quienes son hoy dueños de esa legitimidad, hacen realmente. Si no entendemos esto, cometeremos el error de creer que lo que estamos viviendo es una circunstancia más, pero a la vez nos obliga a demandar una articulación entre lo simbólico y lo real. Es legítimo, desde una mirada humanista, proponer una democracia entre iguales en las dos vertientes de nuestra historia, que pueda simultáneamente construirse sobre la base de una interculturalidad en la que la palabra mestizaje tiene un profundo valor, en la que la vocación de paz es un imperativo, en la que el respeto al otro se exprese en nuestros actos cotidianos y sobre todo en la aceptación y cumplimiento de la nueva ley que estamos escribiendo con todas sus consecuencias. El cambio no puede ser una coartada para la apropiación de ese proyecto de transformación, como patrimonio intransferible de una persona o una estructura política.
*Carlos D. Mesa Gisbert es ex presidente de Bolivia, periodista, historiador y político.
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