Beni luce como un pantano, del que emergen vías, casas y enseres A dos meses de la inundación, la mayor parte del agua fue absorbida por la tierra o se evaporó. No obstante, cerca del 50 por ciento de los refugiados en campamentos no regresaron a sus casas porque la humedad persiste.
CAMPAMENTO DE REFUGIADOS • Como muestra la imagen tomada el jueves, los espacios habilitados para los desplazados permanecen en las afueras de Trinidad, donde llega la ayuda.
Las consecuencias de la peor inundación de la historia del Beni, que se presentó hace dos meses como resultado del cambio climático, aún están latentes.
Una enorme extensión de territorio ha experimentado tres estados diferentes desde que el agua llegó a esa región del país.
Antes de las inundaciones, las llanuras verdes eran enormes, con exuberante vegetación y aptas para el desarrollo armónico de la vida animal, pero tras el exceso de precipitaciones que provocaron la crecida y el rebalse de cuatro ríos, estos terrenos mutaron en un enorme rosario de lagos y lagunas que mataron cuanta vida sumergieron.
Hoy, el calentamiento global ha convertido a esos 85.425 km2 (que son el 40 por ciento de la superficie total del departamento del Beni) en un enorme lodazal, con aguas estancadas, zonas poco transitables y resbaladizas y no muy aptas para la cría del ganado vacuno, la principal fuente de ingresos de esta región.
Así lo constató La Razón, que llegó el 8 de mayo a Trinidad, la capital del departamento, luego de más de dos meses de ocurrido el desastre. Allí se vio cómo persisten los campamentos de miles de refugiados que aún sobreviven al borde de las carreteras o en el campo ferial de la ciudad,
Sin embargo, esta coyuntura es menos desastrosa que la que se vivió durante el pico de las inundaciones (febrero), cuando los refugiados sumaban cerca de 20 mil; actualmente, el número se ha reducido a menos de 10 mil.
El paso del tiempo también ha transformado el terreno que, con la desaparición del agua, cada día escupe todo lo que se tragó.
Ahora que el líquido se evaporó o fue absorbido por la tierra, reaparecen casas, calles y vías pavimentadas, electrodomésticos, bicicletas, colchones y ropa, todo remojado e inutilizado.
Los afectados vuelven como cuentagotas a sus terrenos y a sus hogares que fueron deteriorados o destruidos por el fenómeno. Muchas de las casas no tienen techos, o les faltan paredes, o éstas están remojadas, haciendo inhabitables las viviendas. Según la Prefectura, son dos mil los hogares que fueron afectados.
Esto ocurre, por ejemplo, en los barrios Pantanal, Mangalito, Villa Ximena, Primero de Mayo, Villa Fátima, Pedro Ignacio Muiva, en las zonas cercanas al aeropuerto Jorge Henrich y también en inmediaciones de los puertos Almacén, Varador y Geralda, todos ubicados en los alrededores de la ciudad capital. Mientras que el centro urbano permanece casi intacto, como también lo estuvo cuando el resto se inundó.
Severo Ventura, uno de los miles de damnificados, sobrevive en una carpa al borde de la carretera. Según relata, aún no vuelve a casa, que está a sólo 500 metros del lugar que ahora ocupa, porque el inmueble sigue inundado.
Hace años que ejerce el oficio de ladrillero y ahora, mientras se reactivan estas microempresas, pasa los días con el sostén que le proporciona las donaciones.
En efecto, la ayuda continúa entregándose, aunque sin la coordinación entre el Gobierno y la Prefectura, en un escenario repleto de imágenes propias de un país del Tercer Mundo en emergencia, donde miles de personas cocinan, duermen y viven cada día en la calle, en carpas y con los pocos muebles que rescataron.
Un proyecto elaborado por la Prefectura y la municipalidad plantea a los afectados reconstruir sus viviendas, tarea que ellos mismos deberán ejecutar y por la que recibirán una paga.
A dos meses de haber empezado el desastre, el cuadro sanitario también es alarmante. Como se preveía, al desaparecer el agua, los mosquitos proliferaron y los roedores se refugiaron en los lugares secos.
De acuerdo a Epidemiología del Ministerio de Salud, hace cinco días una niña de 8 años murió, presumiblemente víctima de la malaria, mientras que unas tres mil personas, la mayoría en Guayaramerín, padecen este mal.
Otras 30 tienen leptospirosis y 70, dengue. Asimismo, hace 30 días un niño habría muerto por falta de atención médica y, según los vecinos, cientos han manifestado fiebre y diarrea.
La gente coincide en quejarse por el “abandono” de algunos de los medios de comunicación más grandes del mundo y del país que estuvieron presentes cuando las inundaciones alcanzaron su nivel más catastrófico. “Prácticamente estamos aislados, el país ya no sabe lo que sucede aquí”, dijo uno de los afectados.
La situación empeoró en los últimos días, con la llegada del surazo, considerando que aquí las temperaturas siempre están por encima de los 23 grados centígrados y que ahora marcan 10.
Esto impide a los refugiados conseguir leña para calentarse o cocinar, ahora que ya no se realizan las ollas comunes.