Hay personas capaces de leer, de mantenerse leyendo en las circunstancias más extremas. Un caso sorprendente es el del poeta Mario Santiago, que leía en la ducha. Un acto verdaderamente raro, casi de otro mundo.
El otro día tuve que renovar mi carnet de identidad, en esa oficina atestada de la calle Sucre que todos conocemos. El trámite no desmerece la reputación del Estado boliviano, es decir, puede ser calificado de absurdo, impráctico, iletrado y corrupto. Pero eso lo sabe todo el mundo y no es momento de abundar en una crítica que de todas formas resultaría inútil. Así que, con perfecta resignación, decidí que lo mejor era encarar el brete aprovechando el tiempo para hacer algo un poco incómodo pero sin embargo practicable: leer. En las colas se lee mejor que en la ducha. Los hacinados pasillos de ese edificio de la calle Sucre que es conocido por todos se prestan para este propósito.
La obtención del carnet me redituó, además del carnet, por supuesto, la lectura de El expediente H, de Ismaíl Kadaré. Debo decir, en descargo de la Policía Nacional, que la novela es breve, 177 páginas de pequeñas dimensiones.
Kadaré reviste la mayor importancia para nosotros, puesto que proviene de Albania, y desde el punto de vista del mainstreem literario no puede haber mucha diferencia entre ser albanés y ser boliviano. Debe de ser exactamente lo mismo que ser malayo, por ejemplo.
No pude elegir mejor libro para hacer cola en pos de mi carnet. El expediente H es una novelita saltarina, que se burla con elegancia esperpéntica del provincianismo, de la miseria espiritual de Albania, lo que realmente es para partirse de risa, y también es para llorar inconsolablemente, todo al mismo tiempo, y encuentra una de sus más conspicuas expresiones en la actividad intolerante, policíaca e insensata de sus autoridades políticas. Todo lo cual, por supuesto, viene como hecho a propósito para ser leído en la repartición aquella en la que me encontraba.
Uno hace cola, lee, hace cola, lee, y se dice a sí mismo: “Vivo en la Albania del sur”.
De modo que hay que tomar en cuenta a este albanés (cuyas múltiples obras están traducidas al español y varias de ellas se pueden encontrar en La Paz).
Hay sin embargo una importante diferencia entre Albania y Bolivia, y es que aquí carecemos, totalmente, de un Kadaré.
Pero podemos leerlo. En el edificio de la Sucre, mientras la larga espera torna al rebaño humano en una masa apelmazada e insensible, al borde de la extenuación, yo gozo de lo lindo, la paso a cuerpo de rey, vivo por encima de mis posibilidades con ese pequeño quehacer. Y los fatigados valientes que me rodean no pueden entender cómo puedo mantenerme tan fresco, que parece que en ese instante estuviera tomándome una ducha.
*Fernando Molina es periodista y escritor.
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