Hay que caminar sonando Este es un fragmento de la ponencia presentada por el autor en las mesas de debate con motivo del centenario del Conservatorio Nacional de Música. El texto completo está en http://www.oein.org.
Qué sucede con la cultura en el nuevo orden social, político y económico que Bolivia se propone de manera tan sorprendente como esperanzadora? Mucho de lo que estamos viviendo alude a los paradigmas que nos movilizaron generacionalmente y, casi sin poder creerlo, propicia una inmejorable circunstancia para aportar a una construcción coherente y viable.
Desde lejos hemos venido
No pocas revoluciones en el mundo (y en nuestro propio país) han dejado de serlo sólo por su incapacidad de comprender la trascendencia de la cultura. La falta de lucidez en este tema, frecuentemente ha terminado ahogando a las grandes transformaciones de la superestructura. Los errores conceptuales han perpetuado la dependencia y acentuado el colonialismo. No nos podemos dar el lujo de equivocarnos ni de argumentar banalidades, y menos de no mirar con claridad el peso de la cultura en el espacio que esta Bolivia se ha abierto en luchas de hace meses apenas, que son en realidad de hace siglos.
La música es un fenómeno social de connotaciones políticas. Es —de una y otra manera— un campo que refleja las relaciones de poder. Y si lo que está cambiando hoy son las relaciones de poder, deberían cambiar las relaciones culturales, o sea, el contexto en que la música tiene lugar. Por eso creo que tenemos derecho a ocupar los espacios donde inventar los imaginarios representativos de la nueva sociedad, a un mismo nivel de importancia que los avances hechos en materia de fortalecimiento del Estado o de democratización de la riqueza y el poder. Porque se trata de aprender a mirarnos unos con otros sin temernos, con el fin de crear una cultura renovada por la multiplicidad de sus agregados, y no más por la imposición de uno sobre otros.
La mayor parte de la gente nace en esta Bolivia siglo XXI, rodeada de músicas originadas en formas diversas de pensamiento, acordes con estructuras lingüísticas de idiomas ancestrales, o derivados de mixturas culturales de órdenes variables. Si escuchamos con atención la multiplicidad de voces que cantan, vibran, suenan y resuenan en el amplio ámbito de nuestra geografía, veremos que somos efectivamente un país diverso, como diverso es el continente y diverso es el planeta.
Pero, aquí cabe otra pregunta, ¿estamos reproduciendo esta diversidad? Normalmente los mecanismos de supervivencia del pensamiento y el espíritu humanos, se establecen en las estructuras educativas. La educación es el sexo de la sociedad. Sin embargo las instituciones encargadas de educar son disfuncionales al entorno. La amplitud de nuestra diversidad no tiene lugar en la educación musical formal, y está deliberadamente relegada. No se está educando para reproducir nuestra realidad sino para suplantarla, y consecuentemente para perpetuar un orden dependiente. Si tomamos la metáfora de la educación como sexo social, tenemos que en Bolivia (y en toda la América Latina) nos venimos reproduciendo por inseminación artificial, o por “matrimonio armado”, y frecuentemente por violación. Algo no anda bien.
La educación musical (y no sólo musical) nos debe coherencia con lo que somos de verdad, y nos debe trabajo para dejar de hacer de nosotros lo que otros quisieran que seamos, y nos debe respuestas a la pregunta sobre qué es lo que debe hacer. Ésa será su misión titánica en estos tiempos. Para ese magno objetivo hará falta destrozar estructuras, inventar modelos, incorporar nuevas fuentes, cruzar conocimientos, y así finalmente parir músicos (seres humanos) amplios de saber, múltiples de pensamiento y de espíritu, tan sensibles a su arte como a la geografía, a la sociedad y a la historia que los circunda.
Ahora, ¿qué tenemos?
Pero la educación está encadenada a otras formas de reproducción social. Mencionábamos los entornos sonoros de tropas, bandas, instrumentos, conjuntos, cantares, bailares. Pero éstos casi nunca encuentran representación en los medios de comunicación, salvo como hechos marginales o subalternos. La relación realidad sonora-medios masivos es completamente falaz, porque en ella se sustituye el papel de la representación por el papel del control. Y todo a nombre de “libertades democráticas”. Algo aquí tampoco anda bien.
Un caso puntual. Bolivia es un país en el que la relación entre música popular y música culta es abismal. La música popular, entendida como un subcódigo del lenguaje musical occidental, sumada a las músicas tradicionales de raíz india, sumadas todas éstas a una inagotable gama de músicas mezcladas en tiempo y espacio, abruman en su producción y consumo frente a la producción-consumo de la música culta. Es una realidad incontrastable que trasciende sus propios orígenes históricos.
Frente a ello, ¿cómo actúa el Estado? No en consecuencia, por cierto. La única subvención que el Estado hace a la difusión musical en Bolivia la tiene la Orquesta Sinfónica Nacional, una institución disfuncional en extremo. Entre otras cosas, porque sus términos de calidad están muy por debajo de lo que hace a una orquesta sinfónica; porque —además— ha tomado posición de espaldas a la propia música culta boliviana; porque tampoco cumple el rol educativo que la justificaría en su condición estatal, y finalmente porque ha sido convertida al rango de “capitalizada”, en el peor de los sentidos, en cuanto a que el Estado tiene con ella obligaciones pero ningún derecho.
Y no dé pie esta observación a conclusiones fundamentalistas. Una orquesta sinfónica, una compañía de ballet, un teatro de representaciones, serán altamente funcionales a la sociedad, sin dejar de ser lo que son, bajo premisas de calidad estética, relación con el medio y sentido educativo. De eso se trata. El título alude a “Hay que caminar soñando”, del compositor Luigi Tono.