Secuestros, explosiones, búsqueda de alimentos... El Centro Argentino de Entrenamiento Conjunto para Operaciones de Paz (Caecopaz) enseña las destrezas necesarias para actuar frente a situaciones bélicas.
Texto: Raquel Otálora Pérez • Fotos: Andrés Rojas
Gas, gas!”, gritaba el fotógrafo cordobés. Mientras algunos trataban de ponerse las máscaras de gas, los más incrédulos observaban por la ventana del bus. De repente, el sonido de los disparos aterrorizó a todos y nos dejó inmóviles. “¡No te muevas! ¡No me mires si querés seguir vivo, baja tu cabeza!”. En adelante, sólo escuchábamos las órdenes de los secuestradores que, luego de quitarnos nuestras pertenencias, taparnos el rostro, maniatarnos, golpearnos y acosarnos, nos llevaron a un lugar desconocido.
La oscuridad de la noche era su cómplice y los 30 periodistas que estábamos ahí no podíamos creer que esta vez seamos los protagonistas de la noticia, en este caso, las víctimas de los delincuentes.
Un campo desolado —y hasta que llegamos, silencioso— era el lugar donde permanecimos secuestrados. Nos botaron al piso húmedo y lleno de barro. Un ejército de mosquitos eran cómplices de los secuestrados, con la peor tortura al que podían someternos, pues teníamos que sufrir dolorosas e insoportables picazones.
En el campo de concentración se escuchaban gritos y disparos. De rato en rato venía alguien que revisaba si las manos seguían atadas y torturaban sicológicamente. A muchos hasta nos orinaron.
El tiempo no pasaba, miles de ideas surgían en la mente para salir de esa situación que se hacía insostenible con todo el barullo que armaban los captores.
De repente vino uno de los secuestradores que, con amenazas, nos llevó donde un hombre que pensábamos era el jefe. La hora había llegado: teníamos que negociar nuestras vidas. “¿De dónde sos vos?”, “¿tenés familia?”, “¿tú crees que si les mando este dedito, me daría mucha plata?”, preguntó con su acento gaucho. En la respuesta no podías equivocarte. Sólo tenías dos opciones: un lugar donde había balazos de rato en rato y otro donde siempre escuchabas gritos y movimientos. Si te interesaba sobrevivir, era mejor ir donde aún había resquicios de vida.
Nos llevaron ahí, pidieron que gritemos “¡Mamá, te quiero mucho!”. Luego fuimos nuevamente al piso y allí permanecimos mucho tiempo. De repente empezaron a sonar las sirenas de la Policía. Fin de todo. Retornamos a Caecopaz y dormimos. La mayoría se fue a ahogar el susto en la cantina.
Este entrenamiento que hasta la feliz llegada de los militares era real, fue parte del curso para periodistas en zonas hostiles, auspiciado por la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y realizado en el Centro Argentino de Entrenamiento Conjunto para Operaciones de Paz (Caecopaz).
Fueron seis días en los que periodistas de Bolivia, Paraguay, Argentina, Perú y Chile vivieron en medio de una guerra simulada. El objetivo de los cursos que imparte Caecopaz es que las prácticas sean las más cercanas a la realidad que le tocaría vivir a cualquiera que debe desempeñar una labor en zonas de conflicto armado.
Preparación bajo presión
Caecopaz fue fundado el 27 de junio de 1995 como un instrumento para brindar entrenamiento del más alto nivel de capacitación al personal argentino que fuese designado para participar en una operación de paz en regiones como Haití, Kosovo o Chipre. El centro está ubicado en Buenos Aires (Argentina) en el denominado Campo de Mayo, que es uno de los centros militares más grandes e importantes de este país.
Tiene una extensión de 4.400 hectáreas, donde están instaladas 14 unidades militares. En 10 hectáreas funciona la Caecopaz. Su director, el coronel Carlos Pissolito, explicó que este centro tiene capacidad para albergar a 340 personas. Aquí se entrenan tropas militares que van a cumplir tareas de paz a zonas de conflicto, aunque también se dictan cursos para otros profesionales que deben trabajar en este tipo de misiones, como abogados, médicos y periodistas, entre otros.
Caecopaz tiene los profesionales, instrumentos y espacios necesarios para que todo curso que se dicte allí se asemeje mucho a la realidad de un conflicto armado.
La simulación de ese secuestro es el más claro ejemplo de lo real que tratan de ser los cursos como el de periodismo en zonas hostiles, donde el objetivo era dotar de conocimientos y destrezas básicas para desempeñar la labor periodística en conflictos armados con profesionalismo y preservando la seguridad física y emocional.
En los seis días que duró el curso se impartieron clases de preservación de salud, primeros auxilios, negociación, manejo de estrés, descripción de armamento, cartografía, secuestro y supervivencia como rehén, guiado de helicópteros, y más. Pero a esta currícula se sumaron las destrezas y secretos que contaron los militares para hacer más llevadera la vida en una zona de conflicto armado.
Bajo la batuta de un boliviano
Un boliviano destaca entre los instructores. Se trata del capitán Roberto Ruiz, quien forma parte del staff de profesionales que imparten cursos en Caecopaz. Ruiz es un beniano que llegó a este centro hace seis meses y que se quedará por dos años. Es uno de los seis instructores bolivianos que se formaron y contribuyeron con su experiencia en este centro.
Ruiz dio clases de cartografía, lectura de mapas y ubicación. La clase teórica no fue muy amena, pero la práctica fue exitosa.
Las tres patrullas de periodistas fueron llevadas a un lugar desconocido. Los insumos que teníamos para volver a nuestro punto de encuentro eran un mapa y una brújula, suficientes para llegar a donde deseáramos, repetía el instructor que se convirtió en un fantasma mientras duraba la práctica, pues aunque estaba ahí no respondía preguntas y simplemente sonreía ante las largas argumentaciones que daban los periodistas que creían tener la razón. Cada patrulla fue aprendiendo que es mejor escuchar y trabajar en equipo para llegar a la meta.
Las normas del curso eran respetar los horarios y cumplir estrictamente las órdenes. “No te debes salir de la fila, no debes dejar el grupo durante un ataque armado y mucho menos intentar hacer una foto con flash”, recomendaban siempre los instructores.
De repente escuchábamos los gritos histéricos de “Kiko” (teniente coronel Francisco Baleiron, responsable del curso): “Al suelo, no te muevas de allí. ¿Crees que me voy a bancar tu muerte, periodista?”.
Y es que siempre uno de los siete fotoperiodistas que participaron en el curso aparecían en medio del conflicto graficando las escenas. Un ataque armado en la base del curso sorprendió a todos y fueron justamente los reporteros gráficos los que aprovecharon aquella oportunidad para sacar su flash en medio del gas, los disparos, los gritos y los golpes.
Nuevamente, todo el grupo tenía que poner en práctica lo aprendido en las clases teóricas. En las afueras esperaban los vehículos blindados en los cuales se trasladaban a los periodistas a un lugar seguro y desconocido.
Después del violento rescate del ataque armado, venía la supervivencia. Ahora nos tocaba buscar un resguardo seguro, agua limpia, comida y, sobre todo, mantener la calma y dejar la paranoia que para entonces ya perseguía a muchos.
No era raro escuchar al jefe de grupo decir: “Cuidado, pueden ser las tropas enemigas, así que yo me quedo a vigilar y ustedes preparen la comida”. Constatamos que los varones eran los mejores cocineros del grupo; luego de matar a una gallina y a un conejo, hicieron el mejor platillo de todo el curso.
Como la paranoia seguía, cuando llegaron a rescatarnos del campo desolado, hubo un fotógrafo boliviano y una periodista paraguaya que treparon a un árbol para evitar ser alcanzados por quienes creían tropas enemigas. Por dejar el grupo, volvieron a pie. Llegaron cansados y embarrados.
Los avisos parroquiales eran constantes en el curso. De repente se escuchaba a “Kiko” gritar: “Atención a los avisos parroquiales, en cinco minutos deben estar listos para salir a un entrenamiento”.
“Nunca voy a olvidar cómo se salta de una altura de 10 metros al agua porque tu barco se hunde, tampoco cómo cruzar un río nadando con tu equipo fotográfico sin más protección que una bolsa, o cómo salir de un vehículo blindado si explota una mina”, decía Jair Ramírez, editor gráfico de un medio peruano.
De todos modos, siempre hubo una pausa. Matear en las clases teóricas se hizo un rito impuesto por los paraguayos, al igual que la sorpresa cotidiana a la que nos acostumbraron a vivir en el curso.
Si algo será difícil de olvidar es haber visto a nuestros compañeros con las tripas salidas, ensangrentados en medio de un humo que ahogaba a todos, incluidos los fotógrafos que no dejaban de apretar el gatillo de sus cámaras antes de ayudar a las víctimas de una explosión. Las anécdotas son interminables de contar, al igual que los planes de venganza. Al final, el curso terminó con un secuestro al instructor que se limitó a sonreír con la última travesura de sus periodistas y con la promesa de que el próximo curso en Caecopaz traerá aún más y nuevas sorpresas.