Con cuánta frecuencia quisiera escribir algo fresco, distinto, con algo de hechizo, y olvidarme de la política en su nivel más bajo: de la Constituyente atascada, del Poder Judicial a tiro de fusil del Gobierno, de la actitud atrevida e infantil contra la Iglesia. Pero no se puede. O si se puede es como este fin de semana que ha pasado, cuando leí apenas cuatro notas en los periódicos, y en una tarde gocé con el nuevo libro de poesía que ha presentado mi amigo Mauro Bertero en el espacio cultural de la Embajada de Brasil.
Cada vez, Mauro Bertero deja de lado por unas horas sus actividades políticas y empresariales y escribe poesía. O escribe poesía, sin dejar sus otras actividades, lo que parece más difícil. Pero, en fin, la musa está a su lado —Vivi—, y su espíritu abierto a la belleza no descansa. El placer estético que producen sus versos animan y alegran. Las vertientes de agua, el mar, el color, la niebla o el sol, la penumbra, y, sobre todo, los recuerdos del amor, la pasión misma, son centrales. Mauro nos ha entregado varias obras y se encumbra en el parnaso nacional, sin duda. Aquí no se trata de amistad ni se simpatías con el vate —que existen por supuesto— sino que se rescata muchísima calidad de sus páginas.
“Eres el encanto de mares que no conozco y el secreto de la noche inocente y tierna/ Eres el agua y el anuncio de la lluvia fresca./ Eres la madrugada y el perfume de brisa y brisas./ Eres el beso y todos los besos./ Eres lo que sueño y lo que recuerdo lo que busco y siempre encuentro./ De todas, tú eres la mejor razón para no morir”.
Esto hubiera querido escribir yo; hubiera querido escribirlo hoy; porque es algo que siento. Pero ¿cómo escribir poesía? ¿Cómo describir con palabras hermosas y simples lo que embarga íntimamente? Jamás he podido escribir un verso, aunque me encanta leerlos. Así que debo conformarme con soñar lo que mi pluma no puede expresar. Y admirar a quienes pueden hacerlo. ¿Escribir sobre el amor joven? ¿Sobre el amor maduro? Ni lo intento.
Leyendo unas páginas de Filosofía del Amor de mi padre —que no tenía tampoco nada de poeta pero que era un amante del amor— me encontré con una cita de Ortega, que me escandalizó hasta hoy, porque afirma que el enamoramiento es “un estado inferior de espíritu, una especie de imbecilidad transitoria”. ¿Escribiría alguna vez poesía Ortega? La verdad es que no lo creo. ¿Imbecilidad transitoria el enamoramiento? ¡Pero eso es echar por los suelos siglos de inspiración y de pasiones!
Una cosa es el instinto sexual animal que todos conocemos. Según Ortega: “estúpidos mecanismos, prontos siempre a dispararse ciegamente”. Ahí está la diferencia entre la sensibilidad y la creatividad que juega con palabras, que crea armonía y belleza, y la de una disciplina sin concesiones, rígida, que tiene otro rumbo.
*Manfredo Kempff Suárez es escritor y diplomático.
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