... hoy en día la inundación es sinónimo de catástrofe. De una doble catástrofe. La del evidente daño natural y la de las limitaciones... Por paradójico que parezca, las inundaciones del Beni han dejado nuevamente su invalorable legado: una inmensa cantidad de nutrientes orgánicos y minerales contenidos en el agua que toda nuestra cuenca amazónica ha depositado en los suelos de la llanura. En efecto, después de la inundación ha quedado una generosa capa de limo o barro nutritivo arrastrada y depositada por las aguas de la inundación, limo que constituye el principal recurso para la fertilidad y reproducción de los ecosistemas naturales de la sabana, y que son la base a su vez de los procesos productivos agropecuarios y forestales propios del desarrollo de la región.
Después de la inundación, la naturaleza de las sabanas ha sido nuevamente alimentada, se diría, para ser capaz de permitir la vida de sus bosques y pasturas, proporcionándole los recursos nutritivos necesarios para permitir su reproducción en el ciclo siguiente que es de sequía. Como se sabe, luego de cada inundación llega el “tiempo seco” tan inclemente como el anterior. En el equilibrio entre ambos ciclos anuales se sustenta la vida natural beniana.
Este fenómeno fue bien conocido por los antiguos Mojos. Las culturas prehispánicas de la llanura fueron capaces de aprovechar de estas inundaciones mediante obras de ingeniería hidráulica de gran envergadura, capaces de producir excedentes agrícolas para poblaciones numerosas, como muestran los restos arqueológicos que se conservan en toda su extensión. La capacidad de adaptación de las sociedades originarias mojeñas a estas condiciones naturales —y sus inundaciones— permitió que los misioneros jesuitas del siglo XVIII no dudaran en calificarlas como “anfibias”. La vida social estaba adaptada, sin traumas, para convivir con el agua. Algunos autores sostienen con entusiasmo la existencia en Mojos de una antigua “limnocultura” entendida como un sistema de producción basado en la fertilidad del agua, más que de la tierra.
A diferencia de las culturas andinas centradas en el valor de la tierra como elemento central de su economía y cosmovisión (la Pachamama), las culturas de la sabana están centradas en el agua. En sus ciclos de inundación y sequía y sus implicaciones en la biodiversidad y la capacidad productiva que de estas relaciones y equilibrios devienen. Estos enunciados genéricos que tuvieron consecuencias y aplicaciones prácticas y eficientes en la vida de los antiguos pueblos de Mojos, dieron también el contenido central del concepto de “territorio” —más allá del andino de “tierra”— introducido por los mojeños en la marcha de 1990.
Ahora bien, pese a todo ese pasado y sus lecciones, hoy en día la inundación es sinónimo de catástrofe. De una doble catástrofe. La del evidente daño natural que produce en las actuales formas de producción y en la vida de la sociedad beniana en general por una parte, y por la otra, por poner en evidencia las limitaciones de nuestra sociedad regional y nacional contemporáneas por enfrentar este fenómeno y sus consecuencias. Un reciente editorial de este mismo medio (La Razón, 15-05-2007) llama con acierto la atención acerca de las inverosímiles vicisitudes y dificultades de organización básica por las que atraviesan los planes y organismos que intentan paliar las más elementales demandas de los damnificados de las inundaciones recientes.
Ni hablar de cómo aprovechar los nutrientes de la inundación en el desarrollo regional. Triple catástrofe. Estamos perdiendo además la memoria, el legado práctico de cómo adaptarnos a la naturaleza que nos dejaron los antiguos Mojos, que aún pervive en los saberes y prácticas de todos los hombres del campo de las pampas. La estamos perdiendo además, incluso en este preciso momento histórico.
Esta realidad da que pensar. De reflexionar sobre nuestra capacidad de lograr acuerdos políticos básicos para enfrenar situaciones de verdadera emergencia, hasta en los “huecos” de la historia y el desarrollo benianos según los más recientes y novedosos análisis sobre nuestro Estado propuestos por el PNUD (y no por nuestro sistema político, dicho sea al pasar), pasando naturalmente por nuestros entornos ambientales y la compleja relación que mantenemos con ellos.
Después de la inundación, después de reparar —lo que se pueda— las heridas ocasionadas por ella, bien haríamos en detenernos para re-conocerla y comprenderla, y emprender la construcción de nuevas visiones del desarrollo regional beniano que tomen en cuenta este importante aporte de la naturaleza y de la experiencia cultural pasada que muestra que, a partir del agua y el barro, es posible construir producción y desarrollo. La peor de todas las catástrofes sería la impotencia de enfrentarla, porque la inundación regresará.
*Jorge Cortés R. es historiador.
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